sábado, 7 de agosto de 2010

Cap. XX


E
l frío acuciaba cuando las luces del alba comenzaron a colarse por las minúsculas rendijas del techo. El silencio de la noche seguía mandando en el exterior y apenas algún ladrido lejano anunciaba el día. Pocas veces se ha explicado la razón del intenso placer que se experimenta llevando el cuerpo de un lado a otro de la cama, cuando aún la decisión de levantarse no ha sido tomada.
Quizás no exista o sea completamente innecesario contar lo que todo el mundo sabe. Incorporado al fin, comprobé que las nubes altas habían dado la alternativa al sol de días pasados. No parecía haber en el local nada que permitiera siquiera un ligero aseo. Metí un trozo de queso en la boca y tras éste otro de un pan oscuro y consistente. Una vez apagado el hambre de alguna manera, y después de comprobar que nadie curioseaba en el exterior, se impuso la tarea de desentrañar los secretos de la bodega.
La luz del candil reveló la presencia de un grifo enmohecido del que brotaba una mínima corriente de agua que serpenteaba por una estrecho conducto pegado a la pared para terminar su curso en un pequeño depósito que alguien había dispuesto en el sitio justo para almacenar el líquido cantarín.
El tonel, de un tamaño importante, se encontraba en la esquina más lejana, encajado entre la pared y dos gruesas cuñas que impedían que se moviera. Con ayuda de un pequeño rastrillo examiné el espacio entre las cuñas debajo de las maderas teñidas de ocre por efecto del polvo y la humedad. La tierra estaba increíblemente dura y no había rastro de la trampilla que el hombre había mencionado. Era lógico no dejarla en el sitio más evidente, lo cual sugería de inmediato la zona más próxima a la pared.

Los dientes del rastrillo engancharon inmediatamente el perfil de una tapa de madera que ascendió haciendo que se deslizara la capa de tierra que la cubría. Pequeños escalones escarbados directamente en la tierra se adentraban en las entrañas de un pasaje angosto y casi claustrofóbico por el que sin embargo se podía avanzar casi completamente erguido.
El túnel se adentraba en la oscuridad siguiendo un curso caprichoso que seguramente venía marcado por la dureza de la roca granítica, aunque en determinados tramos no se veía más que el rastro rojizo de la arcilla y la altura del paso era más escasa. En esas zonas surgían raíces casi poseídas de vida, con formas extrañas y un color blanquecino espectral.
La travesía se hacía larga y los tramos más angostos acentuaban la fatiga creciente. El silencio reinaba de una manera extraña, absoluta, como si no existiera otra cosa. Hasta que un rumor continuo se filtró en un recodo. El río debía estar próximo. Al cabo de un rato, una luz lejana anunció el fin de la aventura.
La luz blanca multiplicada por las nubes lejanas llenó poco a poco el espacio de salida del túnel, obstruido por restos diversos y una masa vegetal que tamizaba la escena en tonos verdes. El rumor del río llegó claro, aliviando la sensación claustrofóbica que el silencio agudizaba. Costó trabajo salir al exterior, pero aquello tenía la valiosa contrapartida de que el agujero era prácticamente invisible.
Los efectos de la corriente del río se manifestaban claramente. Un pequeño promontorio hasta el que llegaban los cantos rodados arrastrados por el río se levantaba enfrente, tras el los restos de un camino carretero. Ni rastro de presencia humana, edificaciones o puentes. Todo indicaba que el río registraba crecidas importantes y era muy probable que llegara a inundar parcialmente el pasaje que conducía al nuevo refugio.
El resto de la mañana fue empleado en adecentar someramente el local, sin muchas exquisiteces y asearse con tranquilidad. Un mansa llovizna levantaba aromas dormidos en las hierbas. Cuando la luz del sol parecía estar en lo más alto, la cocina reclamó un examen más atento. Tenía una gruesa barra dorada a lo largo de la chapa pare evitar el contacto con el hierro una vez caliente, y un pequeño artefacto metálico colgado en el extremo, con la punta doblada y ennegrecida.
Retiré las arandelas que tapaban el fogón, hurgando enérgicamente hasta que los restos cayeron al pequeño depósito de abajo, que hubo de ser limpiado. Si aquello funcionaba bien podría tener hasta la compañía del calor en las noches frías, lo cual suponía un avance más que importante, por más que el lujo hubiera de limitarse a las noches. Al lado de la leña había un montón de periódicos viejos en el que destacaba en letra negra el rótulo de "El Bierzo".
Arderían bien y para comprobar si el tiro funcionaba adecuadamente sería más que suficiente. Apenas comenzaron a crepitar bajo las chapas de la vieja cocina, salí afuera. La estrecha chimenea dejó salir una pequeña humareda blanca que no duró más allá de unos pocos segundos. Un par de vasos de vino acompañaron después una comida austera hasta el extremo y cuando un cierto sopor amenazaba con hacerse con el control, me puse de nuevo en marcha.
No había nadie en los caminos, quizás porque el frío comenzaba a mostrar sus poderes y la proximidad del río incrementaba más la sensación. La casi invisible lluvia había cesado después de dejar un rastro húmedo en las sendas y un olor a loza recién lavada.
Superada la cumbre de la cuesta, la casa de Damián apareció a la vista, con la puerta entreabierta y la chimenea liberando una cortinilla de humo que la brisa zarandeaba a uno y otro lado. Después de golpear la puerta brevemente con los nudillos, entré. No había nadie a la vista.
- ¿Damián?
Se entreabrió brevemente una puerta al fondo de la estancia sin que el hombre respondiera. Estaba sentado en la taza del váter con una mirada curiosa que la puerta ocultó cuando cerró de nuevo. Sobre la mesa permanecían un plato con restos de lentejas, el extremo rojizo de un chorizo, y un vaso de vino mediado todavía.
Me arriesgué a que otro vaso le hiciera compañía, mientras dejaba descansar el peso del cuerpo en una silla de madera de aspecto recio. El líquido cayó espeso dentro del vaso de cristal produciendo un eco de fuente, justo en el momento en que él salía del baño ajustándose aún el cinturón.
- Así me gusta, hombre...
- Disculpa la confianza.
Mientras se acercaba a la mesa, observé con cuidado su expresión. Tenía las ojeras acentuadas pero no parecía muy afectado por el incidente del día anterior. Señalé el lugar donde había brotado el hematoma y pregunté.
- ¿Cómo va?
- Negro, que es como tiene que ir. No tienes que preocuparte, que ya he salido de otras peores.
Cambiamos algunos comentarios intrascendentes que sirvieron para verificar que su estado de ánimo seguía razonablemente bien. Poco después estaba de nuevo en la calle, decidido a hurgar en la existencia aparentemente tranquila de la ciudad. Los escaparates que rara vez llamaban mi atención aconsejaban ahora una visita de cuando en cuando para que la condición de pacífico ciudadano que había adoptado tuviera cierta verosimilitud. No todos los comercios abrían sus puertas con normalidad.

Algunos productos habían adquirido la condición de artículos de lujo y no atraían más que a la gente sobrada de recursos. En las tiendas de alimentación siempre había alguna visita, pero la afluencia de otros tiempos parecía cosa del pasado. Dos señoras de porte distinguido cruzaron la calle con el cuello de los abrigos levantado. El aire dejaba un rastro frío en la piel, pero no molestaba. Quizás tanto monte había dado lugar a algunos cambios en el modo en que el cuerpo se relacionaba con el entorno.
Al doblar una esquina en una de aquellas calles que mostraban al final la plaza de Las Eras, un grupo de gente se destacó en la atmósfera cenicienta de la tarde. Había camisas azules y algún uniforme entre la masa, y una bandera rojigualda colgando desmañadamente de un balcón. Enfrente de donde me encontraba, un par de paisanos contemplaban la pequeña concentración con gesto difícil de interpretar.
En el bar de al lado, el rumor de las partidas de cartas llegaba a la calle como con timidez. Continué caminando con la atención puesta en los dos puntos y examinando el interior del bar. No había mucha gente, todos hombres con aspecto de ganarse la vida en el campo. Levantaron la vista cuando entré.
El piso de madera hacía sonar los zapatos con cierta teatralidad. Me acomodé en un taburete desde el que se dominaba la calle. Qué va a ser, dijo desde detrás del mostrador un hombre entrado ya en años, de esos que gustan de conservar sobre la lisa calva algún grupo de pelos que trasladan desde una oreja a la otra y que milagrosamente nunca se salen de su sitio. Desde el aparato de radio, la voz de un cantante inundaba el espacio con un aire orgulloso.
Barrio, barrio, que tenés el alma inquieta de un gorrión sentimental... Llamaba la atención aquella curiosa declaración.

Algunos de los acodados en la barra acompañaban la tonadilla del aparato de radio con los labios cuando no tenían conversación de sus acompañantes. En una de las mesas del fondo alguien levantaba la voz recriminando al compañero alguna mala jugada. Seguía notando como mi presencia atraía las miradas. Cuando empezaron a hacerse molestas, pagué y marché sin despedirme.
El grupo seguía concentrado bajo la bandera. Un tipo de uniforme les hablaba desde la altura de un par de escalones. Alguien enfiló la calle en mi dirección mientras intentaba identificar alguna palabra del orador. Poco después apareció otro por la acera de enfrente. El que caminaba frente a mí bajó de la acera, me miró, echó la vista después hacia el grupo de atrás y cruzó la calle a media carrera para reunirse con el otro. Continuaron en la misma dirección sin mirarse. Es fácil llamar la atención cuando se pretende justo lo contrario. Decidí seguir sus pasos.
Los rayos del sol caían tras los edificios dejando en el aire de la tarde el anuncio de un día que ha de acabar, como todos. Los dos caminantes desaparecieron de la vista en una décima de segundo, tragados por la tierra. Mantuve la vista en aquel lugar mientras la gente que caminaba delante impedía una visión cabal de aquel rincón.
Después alguien surgió del mismo sitio, se paró al nivel de la calle, extrajo un fósforo y lo aplicó a un cigarrillo antes de echar a andar. Un cierto murmullo de voces se hizo más y más claro a medida que me acercaba. Había una pequeña barandilla metálica pintada de verde y un letrero con fondo blanco sobre el que se había pintado una sola palabra en letras negras. Cantina. La escalera daba acceso a un pequeño patio con un pozo en medio. Al fondo, una puerta de madera pintada de verde, con ventanas del mismo color a ambos lados.

La clientela hablaba con el sonsonete contenido que parecía haberse hecho dueño de todo. Seguí caminando. La tarde tenía el color plomizo de los días de invierno y el frío prometía adueñarse del paisaje sin hacerse esperar. Desde el cruce se divisaban los campos lejanos. Desandando lo andado llegué de nuevo a la cantina y sin más bajé las escaleras de entrada al local.
Algunas caras se volvieron mientras me acomodaba en una esquina del mostrador y pedía un vaso de vino. Apenas lo había llevado a los labios cuando entraron dos hombre con expresión de urgencia en la mirada. Se dirigieron al fondo del local situándose a ambos lados de un tipo de mirada dura y pelo rizado, crespo, que permanecía concentrado en las fichas de dominó que sostenía en las manos. Las patas de algunas sillas arrancaron una queja de la madera del suelo al ser arrastradas por quienes se levantaban.
Salió el de pelo rizado mientras uno de sus acompañantes pasaba por la barra a satisfacer su deuda. Quienes habían traído la noticia se fueron tras él y alguno de los presentes pasó a pagar también lo suyo y luego siguió sus pasos. Un nombre se abría paso entre las voces acobardadas. Jerónima. El chaval también. Alguien dejó un juramento en la atmósfera cargada del humo del tabaco.
Un viejo se levantó de su silla y sacó unos billetes del bolsillo del pantalón meneando la cabeza, incrédulo. Poco a poco la gente fue saliendo del local en el que sólo quedaron los más aguerridos de los naipes.
Las monedas cayeron sobre el mostrador llamando la atención del barman, que se cobró lo que le debía y me trajo las vueltas mientras murmuraba algo. Apenas a un paso de la puerta, un pequeño grupo conversaba en voz baja sin poder evitar que el eco de sus palabras llegara débilmente al interior del bar.

Y qué culpa tendría la mujer ni el pobre chaval... La discreción impedía hacer preguntas y los tiempos no estaban para confidencias. Lo más fácil era seguir a los que habían salido. En la calle, un reguerillo de gente se apresuraba y doblaba la esquina indicando el camino a seguir. Se levantó el viento cuando llegaba al final de la calle contigua, desde la que se divisaba la carretera que iba hacia Galicia.
Un enorme plátano servía de punto de reunión a los que marchaban hacia allá. Curiosamente nadie permanecía allí demasiado tiempo, como si algo les invitara a desprenderse repentinamente de la curiosidad. Cuando se retiraron los que acababan de llegar, los cuerpos de una mujer y un crío que no debía sobrepasar los nueve o diez años, se destacaron sobre la tierra ocre.
Aún desmadejada, con la cabeza ladeaba extrañamente sobre el contorno de la cuneta, parecía intentar proteger al chaval, caído de espaldas sobre su pecho.
Jerónima, la mujer de Isaac. El nombre estaba en todas las bocas. Una mujer y un crío, despachados en cualquier cuneta por alguna tenebrosa razón. Issac, el escapado... La breve explicación salió de la boca de una mujer enlutada que hablaba con las vecinas mirando hacia el enorme plátano como hipnotizada. Una represalia o una invitación a la rendición, lo que era de esperar.
Las pocas esperanzas que podían tenerse se desmoronaban cada día que pasaba mientras una rabia sorda se iba acumulando en algún lugar desconocido. Caminé un largo rato sopesando posibilidades, analizando estrategias, sin llegar a ninguna conclusión clara. La casa de Damián quedó atrás, en lo alto de la cuesta. Traspasados aquellos límites, todos los senderos llevaban hacia el río.

La corriente viajaba espesa, parsimoniosamente, produciendo un rumor que hacía recordar quizás la infancia, los juegos infantiles en el agua de Agosto. Algún rayo de sol atravesaba las nubes transformando el lugar en un espacio preñado de tonos dorados donde parecía imposible que nada de todo aquel horror pudiera llegar a ocurrir. La belleza encerrada en el ruin círculo del abuso. El rumor pacífico del río no era suficiente para poner orden en los pensamientos.
Súbitamente, recortándose sobre el fondo grisáceo del cielo al otro lado de la corriente, varias figuras internándose veloces entre la arboleda, seguramente en dirección a la ciudad. La memoria escarbó entre los recuerdos. Estarías más seguro dentro de un grupo... A veces llegaba a torturarme aquella irrefrenable tendencia al aislamiento.
En lo alto de la cuesta, a punta de llegar a la casa de Damián, un silencio sobrecogedor. De las chimeneas salían los acostumbrados penachos de humo que en otros tiempos se asociarían con la tranquilidad pacífica del hogar. Adiviné las conversaciones en voz tenue, las miradas acobardadas, o indignadas, furiosas. De bien poco sirve la furia a falta de planes mejores.
La puerta de Damián estaba cerrada a cal y canto pero la contraventana dejaba escapar un rastro de luz. Extraña tanta precaución en aquel hombre. La madera de la puerta devolvió un eco sordo cuando los nudillos la hicieron sonar. No hubo ningún tipo de reacción.
Ya me disponía a marchar cuando las bisagras anunciaron que el hombre me franqueaba la entrada. Hizo un gesto urgente y volvió a cerrar apenas estuve dentro. Tenía una expresión misteriosa y deambulaba por la sala absurdamente. Un instante después algo cayó sobre algo, ocasionando un ruido metálico imposible de disimular.

Se le dibujó la expresión que nace en el rostro de quien asiste por centésima vez a la travesura de un crío, tras lo cual caminó con aire teatral hacia una puerta y la abrió.
– Ven. Es de confianza.
Se oyó un leve cuchicheo mientras permanecía sujetando la puerta un rato más con aquel gesto de fastidio petrificado en la expresión.
– Si yo digo que es de confianza, es de confianza, cojones.
Se imponía una discreta retirada que inicié con un simple gesto de la mano hasta que la voz del hombre lo prohibió sin margen de discusión.
– Ni se te ocurra volver a abrir esa puerta, que no está el horno para bollos.
De la habitación emergió un hombre fuerte, de barba negra y espesa, con todos los síntomas de no estar de muy buen humor. Se movió por la cocina con el aire de quien conoce bien el lugar hasta hacerse con unos bocados de algo que no llegué a distinguir y se apostó ante la ventana. Iba a dar el primer bocado cuando se dio cuenta de que estaba mirando a la superficie indiferente de la contraventana.
Una vez abierta, hincó el diente en la comida y se quedó mirando hacia el exterior. Damián apagó la vela que ardía en un soporte de madera en la pared, se acomodó en la mesa y me invitó a acompañarle con un gesto. Me interesé por su hematoma mientras del inesperado huésped nacían los sonidos esperados en quien no come a placer desde hace tiempo. Era obligado hablar de la pobre mujer y el chaval.
Se me quedó mirando como quien ve a un fantasma. El huésped detuvo los ruidos mandibulares unos instantes y luego reinició la tarea. Damián meneó la cabeza una y otra vez, incrédulamente y se recostó en el respaldo de la silla con un gesto abatido.

Después se levantó y volvió a la mesa con una botella del vino y dos vasos. Miró al otro comensal un instante, como si olvidara algo, y luego escanció en los vasos el líquido espeso.
– Tenía que pasar un día u otro.
– ¿Tenía que pasar?
El huésped había cobrado vida. Soltó aquella observación y luego una risa amarga que no supimos interpretar. No parecía tener mucho interés en caer simpático, así que seguimos a lo nuestro sin hacerle mucho caso. En un momento dado Damián decidió hablar de mi situación. Expliqué que no era difícil pasar desapercibido entre tanta gente, pero él no parecía muy convencido.
– No creas que son sólo los de azul. La miseria convierte a los tontos en criminales. Te delatarían por un vaso de vino.
– Estoy aquí mejor que en medio del monte. Y no tengo ni idea de donde anda la gente de Camilo.
El huésped miró hacia atrás y esta vez se fijó bien. Cuando me harté de su observación continuada cruzamos las miradas. Se levantó, encendió de nuevo la vela, cerró la contraventana y se acomodó en la mesa sentándose en la silla del revés, con el antebrazo izquierdo apoyado en el respaldo y la otra mano ocupada en liquidar lo que le quedaba de alimento.
– Y cómo es que conoces tú a Camilo...
La proximidad de sus facciones hizo que se encendiera una lucecita en mi cabeza. Enseguida asocié su estatura con uno de aquellos hombres que acompañaban a la partida del asturiano. Él me miraba también como si no le fuera enteramente desconocido.
– Creo que tendrás que imaginarme con otro aspecto.
Repasó cada rasgo con cuidado y asió la botella después de hacerse con un vaso de mediano tamaño que llenó hasta los bordes.
– El de Vega, vaya, vaya... ¿Y cómo te ha ido?
– Podría haberme ido peor. ¿Y vosotros?
No contestó. Cerró los ojos mientras el líquido bajaba por el esófago y la nuez bailaba en la atmósfera espectral creada por la vela en la pared.






  * 

viernes, 6 de agosto de 2010

Cap. XXI


D
urante varios días la única tarea consistió en percibir el pulso de la ciudad yendo de un barrio a otro sin llamar la atención, escuchando atentamente las conversaciones pero sin participar en ellas. La noticia de la muerte de la mujer y el crío corrió por las callejas como si el viento mismo la propagara.
Se comentaba que los cadáveres habían permanecido tres días tirados en la cuneta sin que nadie se hiciera cargo de ellos. Mucha gente conocía al marido, un tal Isaac, huido a los montes de la zona. Comenzaba a afianzarse la postura de quienes consideraban que la suerte estaba echada y no valía la pena correr riesgos inútiles. Volvía con una cierta frecuencia a la cantina donde me había enterado del suceso.
El cantinero empezó intercambiando alguna frase amable y terminó por comentar algunas cosas que indicaban que sus fuentes de información no se limitaban a los comentarios del vecindario.
Un día apareció un rostro familiar en las mesas del fondo. Fue más el hecho de que él mirara con curiosidad en un par de ocasiones lo que ayudó a confirmar su identidad, porque aquella fisonomía no se parecía mucho a la del Camilo que había conocido.
Una vez que su acompañante lo abandonó, me puse a la expectativa. El hombrón se levantó de la mesa y se compuso la ropa con tranquilidad. Momento adecuado para liquidar mi deuda. Llenó el espacio su corpachón, más magro ahora, mientras se acercaba al mostrador, depositaba un billete y señalaba apenas con la cabeza hacia fuera.
Caía la tarde y sobre las cumbres de los montes próximos asomaban los primeros indicios de nieve. Caminaba en dirección al poniente sin mirar hacia atrás.


Intercambió una mirada con un tipo rechoncho que ocupaba su tiempo con las manetas de una vieja bicicleta al otro lado de la calle sin mucho entusiasmo.
Al doblar una esquina su brazo tiró de mí para cambiar de dirección e internarnos por un estrecho pasillo sin luz al fondo del cual se elevaban algunas voces. Salimos a un pequeño patio presidido por una higuera de buen tamaño, algunos de cuyos frutos adornaban el piso de tierra apisonada. Una puerta acristalada pintada de un color indefinible, traspasada la cual nos encontramos en medio de una enorme cocina. Dos personas en torno a una mesa de madera basta y una mujer atendiendo al fuego.
- Este es Lito.
No dio más explicaciones. Los otros dos se levantaron y uno de ellos desapareció para volver al rato con una botella de vino y unos vasos. La mujer abrió una alacena silenciosamente, extrajo una fuente y desapareció sin más por la puerta que daba acceso al resto de la casa. Extrañaba aquel silencio pero el hecho de que no se me presentara a aquellos dos hombres suponía que no era una reunión de cumplido. El más alto habló entonces. Daba vueltas al vaso mientras mantenía la vista fija en las evoluciones del oscuro líquido. Tenía una voz gangosa y melancólica.
- Ya sabrás lo que ha pasado con la mujer de Issac.
Camilo se acercó al fuego sin responder, atrajo una silla y se sentó a horcajadas, apoyando los brazos sobre el respaldo. Inclinó el vaso varias veces jugando con los brillos que nacían del espeso líquido y se pensó la respuesta.
- Están muy envalentonados.
Los otros dos asintieron con la cabeza y bebieron un trago casi al mismo tiempo. El carbón despedía un tufillo grasiento y calentaba el ambiente haciendo asomar unas orlitas rojas por las juntas de las arandelas del fogón.


La mujer entró de nuevo en la cocina, cortó unos trozos de pan de una hogaza de tono oscuro, las depositó en una cestita de mimbre y salió de nuevo. Camilo permanecía pensativo. El otro acompañante, un hombre que debía rondar la cincuentena, habló con voz nerviosa.
- No vendría mal dejar claro que no estamos tan indefensos como piensan.
Camilo lo miró y dejó la vista vagando por sus ropas, hasta que de nuevo recaló en los brillos que la lámpara arrancaba del vaso de vino que sujetaba con la mano derecha. Después se levantó y se llevó al que había hablado primero hacia el pasillo por el que habíamos entrado. Hablaron en voz baja unos instantes y después se despidieron con la mirada.
El vino sabía ácido y pasaba por el paladar encendiendo una llamita de calor que luego recalaba en el estómago despertando una cierta sensación de hambre. Arrastró una de las sillas que habían quedado vacías. La ocupé mientras él volvía a cabalgar la suya y permanecía en silencio unos instantes. Después olvidó sus cavilaciones y se fijó en mi aspecto liberando una pequeña sonrisa.
- Me ha costado reconocerte.
- Todas las ayudas son pocas.
- ¿Cómo te ha ido?
- No me quejo. A otros les ha ido peor por lo que oigo.
- De eso quería hablarte. Supongo que sabes que las cosas no han ido nada bien. Estamos muy a la defensiva por no decir cosas peores. ¿Cómo has venido a dar aquí?
- He tenido la sensación de que el monte ya no es muy aconsejable como refugio. Aquí hay mucha gente y es más fácil pasar desapercibido.
- Ya...
Sorbió brevemente del vaso mientras la luz de la bombilla hacía pasear los destellos del vino por su cara. Cuando volvió a hablar la voz se le tiñó de gravedad y una sensación de inseguridad creciente me subió por las piernas hasta el estómago.
- Esto no va bien. Lo peor de todo es que estamos desunidos y perdemos el tiempo en charlas inútiles mientras tendríamos que estar haciendo cosas muy concretas y muy necesarias. Y necesitamos gente.
Se quedó mirándome para comprobar cómo asimilaba aquella frase, dio otro traguito al espeso vino y continuó con su declaración.
- Tampoco te conviene a ti seguir solo más tiempo. Hasta ahora te enfrentabas a grupos pequeños no muy organizados. A partir de ahora eso va a cambiar. Mejor dicho, ya ha cambiado. Aquí no han tenido grandes problemas y no necesitaban un gran contingente para controlar la situación, pero ahora persiguen objetivos más ambiciosos y no van a seguir improvisando. Aparte de todo necesitamos gente que tenga la cabeza en su sitio y sepa mandar. Nos vendrías bien.
- ¿Cuál es el plan?
- Lo primero es dejar claro que no estamos vencidos y obligarlos a pensar que no pueden dedicarse a reprimir impunemente. Es imposible que la gente nos apoye si no se siente defendida de alguna manera. Lo que ha pasado con esa mujer y su chaval debe tener una respuesta contundente y lo más rápida posible. Ya se hace tarde.
- Me ha costado organizar mis cosas y...
Había algo en mi forma de ver la vida que nunca había encajado con los demás. Una especie de celo irremediable por las cosas propias que era imposible de entender para quien no fuera yo mismo.


Y algunas cosas no podían decirse con demasiada franqueza. Se me quedó mirando fijamente mientras terminaba la frase con los ojos fijos en los bordes del vaso de vino.
-... no me gusta mandar. Pero tampoco recibir órdenes.
No pareció impresionarse lo más mínimo. Seguramente habría escuchado miles de declaraciones como aquella. Vació lo que le quedaba en el vaso y comenzó a hablar pausadamente mientras el recipiente de vidrio bailaba entre sus dedos trasladando los posos violetas sobre el contorno del fondo.
- Todo lo que te pido es que participes en algunas reuniones, no muchas. No te diremos lo que has de hacer, pero sí lo que no debes hacer en según qué momentos. Por lo demás nos da lo mismo que vayas o vengas. Es posible que en alguna ocasión necesitemos que participes con nosotros en algunas cosas.
- ¿Cómo nos comunicaremos?
- No habrá comunicación por tu parte. Nosotros nos encargamos de contactar contigo. Siempre que estés aquí, claro.
- Bueno. Se puede intentar y a ver qué pasa.
Se enderezó en la silla y luego se levantó como si hubiera resuelto algún problema. Caminó frente a la cocina recorriendo la larga pared, dándome la espalda. La escasa luz producía extraños efectos sobre las paredes encaladas. Observé sus pasos relajados mientras giraba y hablaba con la vista fija en el suelo.
- Sabemos quién ha sido. Me refiero a lo de esa mujer y su chaval. Es extremadamente grave y requiere una respuesta proporcional. ¿Estarías dispuesto?
- Necesito saber de qué se trata.
- Eso no puedes saberlo. Lo siento pero esto funciona así. Hay una cadena de mando y cuanto menos sepas, mejor para ti y para todos.
- ¿Cuándo?
- Ya mismo.
- De acuerdo.
- Vuelve por aquí mañana en cuanto anochezca. Fíjate que el de la bicicleta siga donde estaba hoy. Si no está, sigue tu camino.
No nos despedimos. Se internó en el oscuro pasillo y volvió la vista mientras yo liquidaba el contenido del vaso y me ponía en marcha. Sus pasos producían un eco apagado sobre el suelo y el escaso resplandor de la cocina producía sombras que se alargaban sobre la pared oscilando a uno y otro lado.
Fuera no había nadie. Salí sin mirar atrás y desanduve el camino con el paso casual de quien sencillamente deambula por dejar pasar el tiempo. La luz que se escapaba por las rendijas de la contraventana revelaba la presencia de Damián en la casa. Ascendí la cuesta sin detenerme, dejando que los ojos se fueran acostumbrando poco a poco a la oscuridad hasta alcanzar las formas familiares del refugio.
El murmullo del río acariciaba los oídos mientras un vientecillo aconsejaba levantar el cuello de la chaqueta. Algo me aconsejó permitir aquella fría sensación en el rostro y el cuello, dejarla expresarse libremente sobre la piel provocando un fuerte escalofrío que demostraba que seguía vivo.
Unos restos de caldo que Damián me había regalado fueron suficientes para entrar en calor. Después de apagar la vela, abrí la contraventana para disfrutar del tenue resplandor de la ciudad al contraluz de las lomas de enfrente. Una manta para combatir el frío creciente, un vaso de vino para ayudar a fantasear en aquel espacio casi fantasmagórico, los recuerdos y una sensación de vértigo creciendo por momentos.
Aquella sensación de no saber con pelos y señales lo que iba a ocurrir ocasionaba un malestar profundo que la idea de la colaboración no conseguía compensar de ninguna manera. Ladraba un perro afuera con pocas ansias.


Insistió en su mensaje vacío hasta que de repente calló. Las nubes corrieron hasta que un resplandor lunar inundó el camino y enseguida las sombras se hicieron dueñas de nuevo de la noche. Desperté con el vaso a punto de caer de la mano apenas cerrada, y me fui a la cama. La noche se convirtió en un desfile figuras esquivas, perros ladradores y despertares más o menos imprevistos. Sólo la proximidad del alba consiguió que conciliara por fin un sueño casi efímero.
La claridad que se colaba por la contraventana que había quedado abierta puso fin a la noche. El sol andaba ya alto, pero unos jirones de niebla recorrían despacio la tierra sobre el camino. Ni un testimonio de vida que no fueran las columnitas de humo de las chimeneas, a lo lejos.
Pasó el día lentamente, como si los minutos se negaran a recorrer el camino hasta el punto en que el tiempo habría de ocuparse en cosas más concretas. Apenas anochecía cuando avisté la bicicleta patas arriba en medio de la calle. El hombre se inclinaba de cuando en vez con desgana sobre los viejos hierros y simulaba enredar con alguna de aquellas piezas mientras dirigía alguna breve mirada hacia los lados.
Un hombre enjuto y cabizbajo se puso a mi altura y me echó el brazo por los hombros como podría hacer un viejo amigo. Quizás azorado por la necesidad de abrazar a quien no conocía se aventuró a soltar un par de frases que tomaron un tono casi surrealista en aquella atmósfera de tarde vencida.
- Bueno, hombre, pues vamos a ver qué pasa.
Cuando juzgó que nuestra supuesta amistad estaba más que demostrada retiró el brazo obligado a ascender por encima de sus hombros, lo cual tenía que provocarle una incomodidad cierta. Dos siluetas se habían puesto en marcha un poco más lejos, una a cada lado de la calle.


Caminamos durante un rato tomando algunas callejas que no conocía hasta que comenzamos a acercarnos a la estación. El alumbrado era muy escaso y el suelo estaba plagado de pequeños socavones, obligando a caminar con cierta prudencia. Al poco llegamos al pie de una casa en ruinas con la puerta desvencijada e invadida de restos de ladrillos rotos y pizarras caídas desde la cubierta.
A su lado se levantaba un antiguo lavadero que alguien debía utilizar todavía a juzgar los el olor a jabón que flotaba en el ambiente. Mi acompañante se adentró en los restos del casetucho sorteando los restos esparcidos por el suelo y desde dentro hizo una señal.
- Dentro de poco llegará una pareja y se irán derechos al almacén. Si vieras a alguien detrás de ellos o vieras cualquier cosa que te resultara sospechosa, coges la piedra y la tiras al lavadero procurando hacer todo el ruido que puedas, ¿entendido?
Se agachó y recogió una de las piedras que debían haber formado parte de la pared, de forma aplanada y con algún resto de cal. La declaración me pilló de sorpresa. ¿Aquello era todo? No había previsto que mi aportación se limitara a la simple vigilancia, pero cuando me repuse ya no había nadie a quien hacer la reclamación. En el fondo del cielo quedaba algún rescoldo del paso del sol sobre los montes que guardaban el paso al horizonte.
Ni un sólo ruido desmentía la tremenda soledad del lugar. Los restos del ladrillo crujieron apenas bajo mis pies cuando cambiaba de posición. Transcurridos algunos minutos el eco de alguna voz lejana se hizo presente y fue acercándose más y más. La pareja transitaba bajo una de aquellas luces míseras, con los brazos enlazados por las cinturas.


Se detuvieron un poco más cerca, ella con la espalda apoyada en la pared y él en actitud de acoso a la boca de la muchacha que no aceptaba el intercambio sin una cierta resistencia. En un momento dado se separó de él soltando una risita e inició una leve carrera que la acercó al escondite más de lo que me gustaba. Casi se oían sus respiraciones agitadas cuando él la alcanzó de nuevo e hizo más franco el asedio. Esta vez no hubo resistencia. Las manos de él buscaron bajo las ropas, mientras las bocas se perseguían con avidez.
- Vamos, ven, no seas así...
La había tomado de la mano sin disimular su urgencia y la arrastraba hacia el almacén, tal como se me había anunciado. Finalmente se oyó el murmullo metálico de la llave en la puerta y la oscuridad se los tragó. Ni un sólo ruido en los alrededores. Las exánimes luces arrojaban un haz amarillento sobre la tierra a medida que la oscuridad se hacía más y más densa.
Se levantó un vientecillo que trajo aromas frescos desde el río. Desde dentro del almacén llegó el rumor que suele nacer de algún movimiento involuntario, rotundo e intempestivo, seguido de alguna voz airada que no llegó apenas a nacer. Una de las puertas de la planta superior se deslizó sobre su carrilera mostrando le negrura del interior sobre la que destacaban un par de figuras. Una gruesa viga sobresalía entre la pared y la puerta que acababa de abrirse.
El cuerpo salió proyectado de las tinieblas y quedó bailando en al aire casi irreal de la noche, mientras las piernas se agitaban frenéticamente y el tramo de cuerda que se internaba en la oscuridad del almacén se tensaba violentamente bajo su peso, levantando un siniestro quejido en la madera. Golpeó la pared y giró sobre sí mismo, mostrando a la débil luz reinante las manos atadas a la espalda.


Desvié la vista, horrorizado, y luego volví a fijarla en la escena, una vez recuperado de la tremenda impresión.
- ¡Vámonos!
La silueta menuda de mi acompañante pasó veloz entre las sombras, apresurando el paso. Al empezar a andar, las piernas delataron una súbita debilidad. Aquello no respondía ni con mucho a lo que había imaginado. La cuerda seguía levantando quejidos en la madera, con una cadencia cada vez más lenta. Miré hacia atrás a tiempo de contemplar por última vez la escalofriante danza del péndulo humano.
El de la bicicleta ya no se molestaba en disimular. El trasto había sido abandonado en el suelo sin más contemplaciones. Hizo una señal con la cabeza en dirección a lo que debía ser mi destino, que no era otra que el de la noche anterior. Al final del pasillo en penumbras esperaba otra hombre que me indicó una de las puertas al final de la cocina.
Recorrí un patio exterior y un par de callejas antes de que otro vigía, esta vez una mujer, me indicara una apertura en la pared. Otro corto pasillo conducía a unas escaleras que descendían vertiginosamente hacia el fondo de la tierra. Una voz se encargó de evitar que la falta absoluta de luz me obligara a detenerme. Finalmente, un claustrofóbico espacio de apenas un metro de ancho por tres de largo.
El que había sido mi acompañante apoyaba la espalda en la pared y consumía un cigarrillo con ansiedad. Un estrecho hueco practicado entre las piedras de la pared daba cobijo a una vela cuya llama se alzaba produciendo una pequeña mancha oscura en las piedras que la cubrían. Esperamos en silencio. En un cierto momento se oyeron voces airadas aunque contenidas. Finalmente reconocí la voz de Camilo poniendo fin a alguna disputa con un golpe seco sobre la madera.
Su corpachón apareció de pronto en el agobiante habitáculo y habló sin entretenerse. Respiraba agitadamente y llevaba la furia pintada en la cara. Dio instrucciones al otro para procurarme un sitio donde dormir y se dirigió sin más a la salida. La perspectiva de dejar el tema para otro momento no me gustó, así que simplemente dije lo que tenía que decir.
- No me gusta eso que habéis hecho.
Se inclinaba apenas en un movimiento seguramente instintivo ante la escasa distancia entre la bóveda de las escaleras y su enorme humanidad, pero al escuchar aquello apoyó la mano en la pared y se dio la vuelta mirando hacia el suelo. No me gustó aquel silencio.
- Yo mato a las alimañas antes de colgarlas. Eso que acabo de ver es más propio de uno de esos camisas azules.
La última observación hizo nacer en su rostro casi una amenaza. Resoplaba como una yegua en pleno esfuerzo, pero no me dejé impresionar. Volvió a girarse en dirección a las escaleras y a punto de desaparecer se permitió una respuesta que no me pareció satisfactoria.
- No hay tiempo para debates.
En cuanto desapareció en la oscuridad de las escaleras, el del cigarrillo se agachó y levantó algo del suelo. La tierra húmeda se deslizó por las tablas que emergían del suelo descubriendo un nuevo pasadizo. Me interné en él a tiempo de ver la silueta de la mujer aparecer en el escueto espacio dispuesta a dejar la trampilla disimulada nuevamente.
El leve resplandor de un fósforo nos guió entre sombras hasta la salida, tapiada por dos gruesos tablones que el hombre apartó apenas para dejarlos reposar de nuevo una vez estuvimos en el exterior. Apenas un leve resplandor lunar iluminaba un senderillo que transcurría entre altos matorrales y alguna roca pizarrosa.


El rumor del río acrecentaba la sensación de frío cuando nos internamos en un pequeño bosquecillo y tras unos minutos de camino alcanzamos un claro alrededor del que se acomodaban un par de casas. Ya dentro de una de ellas recibí un mendrugo de pan y un vaso de vino por todo saludo.
Mi compañero se deslizó por una de aquellas puertas, después de indicarme con la mano el catre sobre el que descansaban un par de mantas y desapareció. Salí al exterior y di una vuelta a la casa hasta localizar un pequeño tronco al abrigo de cualquier mirada indiscreta, seguramente dispuesto en aquel lugar para el descanso.
El pan estaba húmedo y el vino denunciaba que la botella había permanecido abierta más tiempo del que le convenía, pero calentaba el estómago, que era más de lo que podía esperarse en según qué circunstancias. Algún insecto rompía apenas el silencio nocturno al abrigo del débil reflejo lunar. Después alguna gruesa nube se atravesó en los cielos, ante lo cual consideré que la cama era el mejor lugar posible.





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jueves, 5 de agosto de 2010

Cap. XXII


L
os sueños de aquella noche giraron en torno a la terrible figura del ahorcado. Luces de velas a punto de extinguirse bailaban en la imaginación componiendo un cuadro muy poco tranquilizador. Caminaba sin fin por interminables callejones al final de los cuales esperaba la oscilante figura del ejecutado. Aún no había luz cuando alguien me sacudió los hombros. Apenas estuve listo nos precipitamos fuera y caminamos apresuradamente por una serie de senderos que discurrían cerca del río, hasta alcanzar finalmente lo que parecía un secadero de hojas de tabaco.
El frío cortaba la piel de la cara viajando a lomos de una brisilla que traía el olor franco y bravío del campo. Rodeamos las paredes blancas y penetramos en el recinto por una puerta posterior vigilados por la mirada de un tipo encaramado en lo alto de la cubierta. Dentro había no más de cuatro personas. Enseguida reconocí la barba hirsuta de Venancio, que me saludó con un apretón de manos silencioso.
Los otros dos conversaban en voz muy baja en un rincón de la amplia y desolada estancia. Un hombre y una mujer. Imposible no reconocer el trasero redondo y proporcionado de Merche. No pareció sorprendida cuando me vio. Debió dibujárseme una sonrisa en el rostro.
- Vaya, no esperaba encontrarte tan pronto.
- Si un día te da una ceguera no sé qué será de ti.
Había olvidado aquella extraña habilidad de la mujer, pero ella se encargaba de recordármela sin demora. Estaba ojerosa y seguramente más delgada. Lo uno era completamente normal y lo otro le sentaba francamente bien.
- No sería nadie sin mis ojos, tienes razón.
No nos entretuvimos mucho en saludos. Venancio tomó enseguida las riendas de la conversación, que pasó a ser más bien un monólogo.

La consigna era permanecer agazapados y no abandonar los lugares seguros en unos días. Había interés en calibrar la reacción que se produciría tras una represalia de aquel calibre pero aquella era tarea de gente con más margen de maniobra.
- Como siempre, debéis emplear el tiempo en afianzar la seguridad, descansar lo más posible y mantener la artillería en buen uso.
No hubo más comentarios. Merche reinició la conversación con su acompañante y Venancio aprovechó para hacer un aparte conmigo. Se lo veía algo preocupado. . Se sentó sobre una estructura de madera que en otro tiempo debía haber servido para amarrar las bestias y echó a hablar con cierto aire ausente.
- Estoy al corriente de lo que ha pasado. No debes sacar conclusiones.
- Esos tipos van a encargarse de que se enteren hasta las chinches. Y la gente sí las va a sacar.
- ...
- Cosas de ese tipo nos sitúan al mismo nivel que esa partida de fascistas. Si yo fuera tú no las consentiría ni un solo segundo. Son el germen de la confusión, ayudan al enemigo y no tiene la más mínima utilidad, que no sea empujar a la gente en contra nuestra.
Cuando me di cuenta llevaba minutos soltando pestes por la boca, presa de un estado de excitación que no remitía. Venancio me miraba de hito en hito, a veces con alguna muestra de sorpresa en el rostro. Sonrió tristemente y respondió con un tono apacible y conciliador.
- No siempre tenemos a la gente que necesitamos. Pero nos hace falta ayuda. Alguna de esas personas ha pasado por experiencias que seguramente no conoces y no puedes calibrar. Eso no los deja pensar con claridad en ocasiones. Pero sí, tienes toda la razón, no lo voy a negar. Es terriblemente dañino.
Nos miramos directamente hasta que el silencio se hizo con su espacio. Merche miraba de vez en cuando haciendo nacer una sensación que recordaba de no hacía mucho tiempo. Venancio se acercó a los otros dos. Encajado en el ángulo de las paredes, dejé que el leve calor del sol naciente aliviara en lo posible el rigor de la fría mañana.
Poco después, el vigía lanzó un leve silbido desde la cubierta y enseguida hizo acto de aparición una mujer con el tranquilizador aspecto de quien acude a la compra. Venancio se hizo con un pequeño taburete en el que la invitó a sentarse. Permanecieron hablando largo rato. La mujer parecía tranquila y por la actitud de quien narraba y quien escuchaba deduje que no había ocurrido nada especialmente preocupante.
Finalmente Venancio acudió a la puerta, hizo una señal hacia afuera y despidió a la muer con un par de besos en las mejillas. Reanudó la conversación con su gente y después avanzó hacia mí parsimoniosamente.
- Están haciendo ruido, como los gallos, pero no muerden. Puede que haya servido de algo.
- Espérate a que el cura le largue una homilía a la gente.
Permanecía acurrucado en el ángulo de la pared cuando solté la frase, casi sin querer, con el sol bañándome y los brazos cruzados sobre el pecho. Venancio me miró con una expresión algo confusa, como si estuviera pensando algo que me interesara especialmente.
- Necesitamos gente. Gente con las ideas claras como tú, que no necesite de interminables charlas de formación. Creo que me entiendes.
- Lo mío no es recibir órdenes. Seguro que podéis encontrarme, así que cuando deba saber algo, sólo tienes que hacer que alguien me lo comunique.
No se molestó en contestar. Merche miraba en nuestra dirección mientras él se alejaba con paso cansino. De repente me sentía muy incómodo entre aquella gente, como si no consiguiera convencerme realmente de que eran los míos. Comenzaba a alejarme con una sensación que multiplicaba el frío cuando sonó la voz de Merche a mis espaldas. Los dos miramos estúpidamente hacia el suelo unos instantes y luego se aproximó.
- ¿Ha ocurrido algo?
- Nada. Ya nos veremos.
- Algo habrá ocurrido para que te vayas de esta manera.
- ¿De qué manera?
El tono de la respuesta hizo que me mirara con un gesto sombrío..
- No podemos iniciar un debate por culpa de un tipejo como ese. Uno menos.
- Ese no es el problema... Ya nos veremos. Cúidate.
- Tú también.
El peso de sus miradas iba en mi espalda cuando dejé, algo apesadumbrado, aquella nave con olor a tabaco.




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