lunes, 9 de agosto de 2010

Cap. XVIII


A
penas había nacido la luz del nuevo día cuando sentí que me sacudían por los hombros. La señal de alarma murió enseguida ante la suavidad del gesto.
– Vega queda hacia abajo, ¿verdad?
Asentí con la cabeza. Se enfundaba las ropas para combatir el frío de la mañana con cierta parsimonia, mientras acababa de masticar algo. Desde mi posición se adivinaba un cuerpo no exento de gracia dentro de aquellas ropas. Me miró con aquellos ojos duros y extrañamente inteligentes. Tenía algo muy especial, sin duda. Aquel tono metálico y al tiempo cálido de la voz le daba un aire misterioso, acaso inaccesible.
– Me voy. Te dejo una tajada. Mantente vivo y estate bien alerta.
Un escueto "suerte" apenas articulado mientras me incorporaba y la despedida fue un hecho. Observó con cautela el exterior deslizando apenas el tejido que tapaba la entrada y salió tan rápidamente como debe salirse de una cueva. No ocurrió nada. Marcharon sus pasos decididos hacia el valle hasta que se enredó en la cuerda en el sitio esperado haciendo rodar el taco en el interior. En la distancia sorprendí su gesto casi avergonzado y levanté la mano a modo de saludo. El día estaba claro y luminoso.
La tiniebla daba pasa al aura rosada que recorría el horizonte visible hasta el valle. Los mirlos se comunicaban las noticias de la mañana con un chillido agudo e incansable que se mezclaba con cientos de voces de aquellos seres alados. Eché de menos al cuervo, confiando en volver a verlo si había suerte. Mientras daba cuenta de la ración que había dejado aquella mujer de la que ignoraba todo, repasé los acontecimientos y me hice un pequeño plan de acción. La prioridad era clara: información. El grupo del día anterior se hizo un hueco en la memoria. Parecía gente propia.

Así lo confirmaba el orden de marcha, distanciado pero uniforme, el carácter absolutamente silencioso de la columna, y sobre todo la manera de superar la cresta de la loma, uno por uno y a todo prisa.
Bien, Lito, me dije... En marcha. Destino Vega, el lugar donde naturalmente deberían recalar los facciosos procedentes de Asturias y la fuente de información necesaria. Cuando me echaba la mochila a la espalda descubrí debajo del áspero tejido el tono mate y grisáceo del cañón de la pistola. Faltó poco para liberar un grito de alegría. Un montoncito de balas echó a rodar por el suelo cuando ascendió en el aire, en mi mano, que la sopesaba despacio y luego la ponía a la altura de la vista para hacer puntería.
Aquella mujer tenía una rara manera de agradecer las cosas, pero no se quedaba corta. Y cómo demonios se llamaba aquella mujer... Escondí el preciado regalo entre las ropas y me eché al mundo feliz por no tener que cargar con el fusil ni andarle buscando escondites más o menos inseguros. Y cómo demonios se llamaba aquella mujer...
Aquella pequeña adivinanza entretuvo el camino mientras el sol ascendía despacio, indolente y orgulloso de su poderío. Mantener los senderos al alcance de la vista, pero distantes. Adivinaba malos momentos. Precisamente esa circunstancia en que una rutina bien aprendida puede servir de mucho y un descuido puede terminar con todo en una décima de segundo. Tembló un arbusto delante. Cerca. Muy cerca.
Antes de llegar a percatarme de lo que ocurría, la cola escurridiza y exuberante del zorro puso distancia entre el animal y el humano, siempre más peligroso. El camino se hizo sin incidentes reseñables. Las casitas de Sotelo se hicieron visibles un poco antes de que el sol llegara a lo más alto.

Un alto en el camino, con la espalda contra un viejo roble y la vista escudriñando por entre los patios, las chimeneas, las cuerdas llenas de ropa a medio secar, las galerías... La casa de Germán parecía vacía, con las contraventanas echadas, la chimenea inerme y el perro echado a pocos pasos de la entrada, atento a la llegada del hombre.
Rosa... Clara... me gustaban los nombres cortos, claros, sencillos y sonoros. Podía incluso llamarse como yo, Lita... O podía tener el nombre más largo del mundo. O quizás se llamara también Lola, lo cual invitaría a la tristeza. Mientras jugaba con las letras di cuenta de la comida que ella había dejado tras de sí sin dejar de observar el pueblo.
Era hora de comer, pero tanta tranquilidad parecía excesiva incluso para el lugar más tranquilo del mundo. Hubiera jurado que las ventanas de las casas vecinas a las de Germán solían permanecer abiertas durante el día. Todo lo contrario de como aparecían ahora. En realidad todo el lugar parecía paralizado, clausurado por alguna fuerza sólo desmentida por la débil fumarola de las chimeneas.
La casa de Germán era una de las pocas que no exhibían el rastro del fuego del hogar. Súbitamente algo alteró la calma. Se oyó un rumor de goznes y pasadores, el perro se levantó meneando el rabo alegremente y se acercó al límite de sus dominios sin atreverse a ir más allá. La mujer dejó en el suelo un recipiente de zinc y el perro se aplicó a la comida.
Cuando ella ingresó de nuevo en la casa me puse de nuevo en marcha preguntándome si aquella ausencia tenía algún significado.
La idea de volver a Vega, después de pasearse una y otra vez por los misteriosos senderos de la mente, se revelaba cada vez menos afortunada.

Me conocían hasta los perros y si bien se podía confiar en general en la gente, las cosas estaban cambiando rápidamente y la mayoría tendrían bien clara la elección si tuvieran que escoger entre mi pellejo y el suyo. Pero allí estaba la poca familia que quedaba y los recuerdos. Mucho más de lo aparente. Después de asearme de manera sumaria dispuse lo necesario para el afeitado.
Como mandan los cánones hubo de comenzarse por la parte más alta de las mejillas, donde el pelo crecía dándome un aspecto casi lobuno, continuando luego hacia abajo, por el cuello y la barbilla. Repetida la operación en el lado opuesto de la cara, escurrí la espuma sacudiendo la navaja en el recipiente lleno de agua y a punto de continuar la tarea sorprendí aquella imagen tan desconocida en el espejo.
La espuma se había quedado como olvidada sobre los labios y a los lados de las orejas. No vendría mal un cambio de aspecto. Quizás con los cabellos peinados hacia atrás, como hacían quienes adoptaban la tendencia que imponían los tiempos. Al cabo de unos minutos Lito tenía un mostacho abundante, dos patillas de una considerable longitud y el cabello peinado hacia atrás. Tenía pinta de vendedor de lana.
Mientras repasaba el traje y los zapatos, algunas cuestiones de seguridad aún no resueltas volvían a hacerse presentes. Si las cosas se ponían peor de lo que estaban, los refugios en medio del monte empezarían a ser más y más vulnerables. En medio de una ciudad más o menos populosa sería más fácil pasar desapercibido.
No había muchas alternativas. Ponferrada era el lugar ideal. Pero haría falta una mínima morada. Y una documentación. Necesitaba un fiambre lo más parecido a mi persona. La frivolidad con que nació aquel término en la mente se convirtió enseguida en algo muy desagradable.

Los fiambres son personas antes de llegar a fiambres, me dije. Pero lo importante es que tú no llegues a adquirir semejante condición, respondí sin demora. Lo que un día es trágico pasa a ser una costumbre andando el tiempo, cuando la tragedia se pasea por las calles casi con arrogancia.
Apenas se insinuaba la luz del día cuando la choza me vio partir a buen paso, después de encajar la pistola entre el cinturón y el surco que formaba el vientre con los huesos de la cadera. En cuanto el día se enseñoreó del paisaje, salí a la carretera como un paisano más.
Pasó algún camión cargado de muebles y objetos domésticos, y una motocicleta que me recordó a la que había quedado tirada junto a aquellos chopos. Qué sería de ella. La entrada de Vega apareció ante los ojos, oscurecida por el sol que se levantaba por detrás. En el último segundo decidí continuar por el camino de San Miguel, rodeando el pueblo. Cómo estaría padre...
Se instaló la duda entre hacerle un corta pero muy temeraria visita o internarse en Vega, que era igual de temerario si no se tenía en cuenta mi nuevo aspecto. Finalmente fueron las calles de Vega las que acogieron aquella delgada figura de paisano que va de un lado a otro, quizás a pagar unas deudas, quizás a ver a la familia, quizás a conversar con algún buen amigo.
Poca actividad en el pueblo. Una bandera rojigualda ondeando en un balcón, en medio de la plaza, en lo que debía hacer las veces de ayuntamiento. Lo habían cambiado de sitio. Un jeep parado ante la puerta con el conductor apoyado en el metal del vehículo en actitud de espera.
Alguna mujer colgaba ropa en la galería poblada de vigas de madera oscura y poca gente por la calle. Cruzaron un par de conocidos por el otro lado y fue imposible impedir un envaramiento en el andar. Una mirada acaso curiosa y continuaron su camino.

Por las calles de detrás de la plaza llegaban olores domésticos, ruidos de puertas que se abren o cierran, gritos de algún crío empeñado en despertar a quien se demorara aún perezosamente en la cama. La madre salió al balcón con él en los brazos y se me quedó mirando mientras el infante se tranquilizaba ante la luz diurna.
Ladró un perro desde detrás de una reja que guardaba un patio lleno de leña, una pesada raíz donde cortarla y un viejo remolque. Desde una bocacalle que enfilaba hacia la plaza se distinguía el perfil de dos tipos que conversaban tras la bandera, gesticulando enérgicamente.
A punto de cruzar hacia el camino que conducía al río una sombra pasó a la carrera mirando hacia los tejados. Sin reparar en otra presencia que no afuera la de los que volaban, se apostó tras uno de los postes que sostenían el cable que daba luz a las casas y apuntó el tirachinas hacia el alero donde acababa de aterrizar un grupo de gorriones. La piedra salió rauda hacia su destino dejando el cuero que la transportaba bailando en el aire un instante, voló tras las pizarras y sembró la alarma en el grupo de pájaros que sensatamente decidieron un segundo después cambiar de posición.
- Vaya... esa puntería no mejora.
Se volvió como un rayo y quedó parado, con la mirada repasando una y otra vez aquella figura que no le debía ser enteramente desconocida. Antes de emprender la huida se dibujó en sus ojos algo parecido al miedo. Las casas próximas al río seguían necesitando una buena mano de pintura sobre las maderas acuciadas por la humedad y el resol del verano.
Me pregunté una vez más si era prudente estar donde estaba y dejarme ver por quien quizás ya no fuera amigo sino todo lo contrario. Pero necesitaba saber.

El sendero conducía al río directamente, cerca del pequeño puente cuyas maderas retorcidas resistían aún al paso de los años. La sombra se apostó entonces tras un grueso tronco de castaño, mirando con descaro en mi dirección, con tanta más atención cuanto más me acercaba. Imposible evitar una sonrisa.
- Creo que te debo algo.
Se le abrió por fin la boca pícara mientras brotaba una chispa de curiosidad en la mirada. Era un auténtico placer caminar por el sendero que bordeaba el río, con el sol arrancando pequeños destellos de las aguas. El chaval caminó tras mis pasos unos metros, algo retraído, y después se puso a mi altura y hasta se atrevió a echarme la mano al pantalón, como queriendo comprobar su consistencia. Reprenderle con la mirada sólo sirvió para hacer nacer su expresión de experto en la escapada.
- ¿Siguen en el molino?
- Y en la casa de la viuda.
- ¿La viuda de quien?
- Del Pucho. Lo mataron.
Aquello sonó casi natural en la boca del crío, que ni siquiera alteró su expresión. Debió verme muy serio, porque bajó la vista y echó las manos a la espalda. Pucho no había sido nunca muy sociable, lo cual le había granjeado más de una antipatía. Había trabajado duro y se decía que tenía un capital considerable. Tampoco parecía de los que ceden el patrimonio graciosamente para ninguna causa, por buena que sea.
- ¿Tú sabes qué pasó?
- Le dispararon un día de caza.
- Entonces fue un accidente, ¿no?
No contestó. Se quedó como pensando y luego negó con la cabeza.

Pleitos entre propietarios de fincas, viñas y demás no eran precisamente infrecuentes. Incuria a la hora de fijar los lindes por parte de algunos y simple avaricia por parte de otros, siempre dispuestos a obtener ventaja. Pero obtenerla de aquella manera parecía sencillamente increíble.
El sendero serpenteaba sobre las riberas del rio, ascendiendo lentamente hasta llegar a una llanura arcillosa que solía represar el agua en los momentos de mayor caudal, que siempre coincidían con el deshielo. Allí podía quedar alguna pesca que podía obtenerse sin siquiera caña, dada la poca profundidad. Sólo había que proveerse de un par de hojas de higuera para impedir que la pieza se escurriese entre las manos.
- Es aquí.
El crío miró con cara de incredulidad, sin terminar de explicarse lo que le estaba diciendo.
- Tienes que venir cuando el deshielo. Un día que venga el río bien alto. El agua se cuela por allí y aquí se quedan los peces cuando el agua baja. Sólo tienes que coger una hoja de higuera en cada mano, para que no se te escapen. ¿Lo has entendido?
Agitó la cabeza asintiendo, con una sonrisa de éxito seguro cruzándole el rostro de oreja a oreja. Me pregunté cómo sería la vida de aquella casi persona. La madre era una mujer trabajadora, de las que no despreciaban jamás unos bailes o una buena conversación con las vecinas. Del padre no podía decirse nada bueno y aquello no me tranquilizaba precisamente.
- Cuco.
Me miró muy serio, desviando la vista con la aprehensión. Se quedó esperando lo que tenía que decirle dándole vueltas al tirachinas entre las manos.
- Tú sabes que no debes contar que me has visto. ¿Si? No debes hacerlo nunca. A nadie.
- Ya lo sabía.
Nunca supe si convencía más su naturalidad o la sombra que le atravesaba la expresión en según qué momentos. Lo mejor que podía pasar era que considerara aquel secreto como un gran tesoro, a condición de que siguiera siendo un secreto.
- Tampoco a tu padre, Cuco.
Camino de regreso escuché con atención algunas cosas que contaba de lo que se comentaba entre el vecindario. A punto de llegar al pueblo lo dejó caer como una bomba.
- Ayer mataron a tres comunistas. Y al otro lo tienen en la cárcel.
Pensé despacio qué preguntas debía hacer antes, porque el camino se nos acababa y aquel chaval no solía despedirse.
- ¿Qué cárcel?
- Han puesto una cárcel en la cuadra del Tino, el de San Miguel.
- ¿Y tú cómo sabes que eran comunistas?
Se encogió de hombros y por toda despedida apartó la vista en cuanto otro grupo de gorriones vino a alojarse en unas ramas bajas. Iniciaba de nuevo su eterna carrera cuando algo me dijo que no era prudente continuar allí mucho más tiempo. Pero había que saber quién era aquella gente. Afortunadamente la cuadra del tal Tino estaba relativamente apartada del pueblo y no parecía muy necesario disponer guardia si al pobre preso lo habían tratado como era fácil suponer.
Rodeando la plaza me acerqué al lugar procurando no llamar la atención. Desde una de las callejas divisé la tienda del finado Herminio. Estaba abierta. Alguien entró y salió poco después con un paquete en los brazos. Aquello era sorprendente. Aprovechando la entrada de otra clienta escogí un lugar más adecuado. La delgada figura del antiguo jefe de Lola asomó por el escaso espacio que dejó la puerta cuando abandonó el local.
Alguien salió del edificio sobre el que ondeaba la bandera.

Atravesaba la plaza con algunos papeles bajo el brazo a una distancia que juzgué demasiado corta, pero iba en otra dirección. O eso ocurría hasta que algo vino a su cabeza y varió repentinamente su ruta, caminando hacia mi persona apresuradamente. Miró con toda la atención cuando nos cruzamos.
Los refuerzos metálicos de sus zapatos dejaron de golpear sobre las piedras de la plaza, invitando a pensar que se había detenido. Entonces compuse el gesto de quien de repente recuerda algo importante y eché a andar hacia la bandera con decisión. Ya enfrente de la puerta de entrada comprobé de nuevo la situación. Afortunadamente, había desaparecido.
Una de las callejas sirvió de oportuna escapatoria, ya de camino hacia lo que el crío había llamado cárcel. No parecía haber vigilancia, pero de todas maneras tampoco era oportuno pararse a curiosear. A menos que otros lo hicieran. No ocurrió tal cosa. Mejor investigar por la parte de atrás.
Había un ventanuco alto al que hubo que encaramarse a pulso. Contra la luz del corredor adyacente se recortó una forma en el suelo, apoyada contra la pared. Brotó la pregunta en un susurro a través de los barrotes del ventanuco.
- ¿Quién eres tú?
No hubo respuesta. Los músculos comenzaban a acusar el esfuerzo y no había posibilidad de apoyar los pies en nada. Hubo que insistir.
- Soy amigo. ¿Quién eres?
Giró la cabeza lentamente sin levantarla de la pared hasta que bajo la diminuta luz que se colaba por alguna ranura del techo se evidenciaron los rasgos familiares y ahora tumefactos de Gaspar, el asturiano.
Volví al suelo buscando por los alrededores algo sobre lo que poder apoyar los pies.

Un grueso tronco sirvió como apoyo después de hincar su extremo en la tierra hasta producir un pequeño agujero. Izado de nuevo hasta la pequeña ventana inquirí en voz bien baja.
- ¿Has comido algo?
La cabeza fue de un lado a otro de la pared, siempre sin separarse de ella, como si no hubiera fuerzas para más.
- ¿Puedes comer?
- ¡Agua!
Hay cosas que sencillamente no pueden hacerse y aquello era una de ellas. De repente llegaron ruidos de pisadas por el corredor. Entraron tres personas. Las dos de atrás portaban una especie de camilla de tela basta y ennegrecida. Quizás alguno de aquellos conservaba un algo de compasión. Lo siguiente fue un estampido sordo y después una frase sencilla y perentoria.
- ¡Vamos! Ya hemos perdido demasiado tiempo con esta escoria.
Se me hizo corto el camino hasta apostarme tras la pared, a tiempo de ver a los tres calle arriba, con un brazo del muerto colgando de la camilla como algo inservible. Parecía mentira que aquel cuerpo de esmirriado pudiera almacenar tanta crueldad. Algunas ventanas se abrían apenas y volvían a cerrarse inmediatamente, antes de que el uniformado llegara a fijar su atención en los curiosos.
Las botas producían un eco no disimulado y las faldas del pantalón, de corte militar, se abrían hacia los lados dándole al sujeto un aire teatral. Cuando llegaron frente al ayuntamiento apareció un camión donde fue arrojado el cadáver sin contemplaciones. El chófer descendió y siguió al oficial que se adentró en el edificio de dos plantas. La curiosidad fue más fuerte que la prevención y a medida que pasaban los minutos un cierto número de gente se iba congregando en torno al camión, observando el cuerpo inerme.

Me acerqué por si tenía la fortuna de verle la jeta al malnacido. Hubo suerte. Salió por la puerta taconeando con las manos a la espalda, como si no conociera otra manera de caminar, dio una seca orden al chófer y se paró ante el grupo iniciando una arenga cuyo contenido no escuché.
Tenía la lúgubre mirada del fanático y la actitud fatalista y urgente de cualquier paranoico. Los músculos de las mandíbulas marcados sobre el mentón afilado. La boca fina y las comisuras de los labios permanentemente húmedas. Las cejas ocultaban casi los ojos hundidos y menudos, de mirada porcina.
Su verbo destilaba toda la energía que la figura negaba y las palabras salían de entre sus dientes grandes y amarillentos como partículas de metralla, arrojando saliva involuntariamente. Sentí el tacto de la pistola en los dedos y enseguida empezó a crecer una sensación de peligro que resultaba agradable, un cosquilleo que desafiaba las reglas de la protección.
- ... y ay del que ampare a cualquiera de estos delincuentes. Se acabaron los partidos y la familia es la patria. Ni padres ni hijos ni maridos ni mujeres. Quien tenga a alguno de estos desalmados dentro de casa correrá su misma suerte. ¡No vacilaré ni un segundo! Espero que lo hayáis entendido bien.
Alargó la mano histriónicamente mientras los tacones producían un chasquido seco justo en el momento en que en la plaza entraban dos camiones llenos de gente armada y perfectamente uniformada. El tipo se dirigió hacia los recién llegados mientras los mandos inferiores proferían órdenes secas en un lenguaje que parecía inventado para los animales.
El grupo de gente se fue retirando y las palabras de la mujer sin nombre volvieron a la memoria. Quizás Lito también prefería morir rápidamente porque no podía soportar aquello.

domingo, 8 de agosto de 2010

Cap. XIX


E
n las afueras de Vega un camión disminuyó la marcha hasta pararse. Conducía un hombre entrado ya en años y con acento del norte. Parecía despistado. Mientras le indicaba el camino de Astorga sopesaba los rasgos de aquel rostro y la posibilidad de acompañarle. Finalmente aceptó mi compañía después de tragarse el cuento de que había alguna posibilidad de que se extraviara.
La carretera registraba más tráfico del acostumbrado. Algunas de las personas que caminaban mostraban el gesto desamparado de quienes no saben muy bien qué hacer con su vida. Familias viajando sobre carros destinados a las labores agrícolas a falta de un medio de desplazamiento mejor. En los cruces de caminos alguna pareja sentada sobre las maletas esperaba que algún vehículo le facilitara el desplazamiento..
El chófer no hablaba mucho, seguramente contagiado de la desconfianza que los acontecimientos imponían. Hasta que en un determinado momento, quizás preguntándose por la razón de la presencia de aquella gente, soltó un largo suspiro y luego una frase que resumía bien la situación.
- Mal van las cosas...
Su expresión denotaba una preocupación real. Como el riesgo también puede medirse, decidí obtener la información que fuera posible obtener.
- Según en qué sitios, así parece. Viene usted de bastante lejos, supongo...
- Relativamente, aunque ya he estado más lejos antes.
Esperé que tuviera ganas de hablar, lo cual era por otro lado razonable, y no defraudó mis esperanzas.
- ¿Conoce usted Santander?
- Pues no.
- Yo soy de allá. Tenía una pequeña empresa de carnes y eso, ya sabe. Me fue mal.
Corren malos tiempos para la gente honrada.
Tampoco parecía dispuesto a contarme más de lo que juzgaba conveniente. La cabina era el lugar ideal para observar como algunos de los caminos secundarios era utilizados también por alguna carreta con gente a bordo. Cuando faltaban un par de kilómetros para entrar en Ponferrada, di las gracias a aquel hombre apeándome a cierta distancia de una pareja que caminaba con maletas y fardos en un pequeño remolque. Encima de todos aquellos bultos reinaba una chavalilla de pelo rubio ensortijado a la que fue fácil arrancar una sonrisa a base de carantoñas.
Correspondieron tímidamente al saludo cuando los dejé atrás. El hecho de ver a un hombre caminar decidido en una cierta dirección suele apoyar la tesis, correcta o no, de que esa persona sabe a dónde va e incluso por qué. Enseguida se hizo la pregunta que suele dar paso a una mínima conversación.
- Perdone...
Conocía aquel sitio lo suficiente como para desaconsejar la visita a según qué tipo de pensiones o casas particulares que no dudaban en aprovecharse de la falta de conocimiento de quienes solicitaban albergue. Había frecuentado en otras épocas la pensión de Marino, un tipo de muy mal humor pero honrado en lo fundamental y capaz de entender que a la necesidad puede llegar cualquiera.
La chavalilla reclamaba más juerga, y una carantoña de cuando en vez no costaba mucho. Aquella familiaridad terminó por aproximarme a la pareja. Él hablaba poco y se le veía preocupado. Lo cual rezaba también con ella, aunque en su caso eso no le impedía mantener una conversación viva y animada hasta que se llegaba a según qué temas. Justo a los que había que llegar.
No podían disimular que eran gente inofensiva, así que informé de lo que sabía esperando una cierta correspondencia. Resultó que venían de la Asturias interior, algún lugar cerca de Teverga donde se vivía de la hulla desde que recordaban. En lugar de preguntar hice la observación directamente, mirando al montón de enseres domésticos y a la cría que seguía reclamando muecas más o menos cómicas.
- Veo que las cosas no van muy bien por allí...
Ella calló y miró al marido. Él compuso una mueca amarga y expulsó aire por la nariz. Observé que se fijaba bien en mí, deteniéndose en el atuendo que seguramente le resultaba un tanto extraño para uno que andaba haciendo preguntas por las carreteras.
- ¿Te interesa por algo?
En determinados momentos no valen los cálculos. Sólo la suerte podía decidir la conveniencia o no de la respuesta liberada sin más, de sopetón.
- Por mi seguridad.
La conversación se interrumpió momentáneamente. Las miradas de todos se fijaron en el horizonte de la ciudad, ya próximo, y hasta la chiquilla dejó de reclamar espavientos. Pasó un jeep con la rojigualda ondeando al viento y un tipo con gorra de plato mirando curioso a la gente que se cruzaba. No podían tardar en colocar controles y entonces todo sería más difícil. Mucho más. La mujer habló y luego miró al marido como buscando algún gesto que le indicara si continuar o permanecer callada.
- Hablan de que ...
Observé por el rabillo del ojo como volvía la cabeza hacia el hombre, que siguió tirando del remolque sin hablar.
- ... han tomado los puertos del norte, hasta casi Bilbao, y en Madrid y Cataluña también .... todo va mal.
No hablamos más. Ya dentro de la ciudad, después de indicarles como llegar a la pensión que les había aconsejado, me despedí deseándoles suerte y revolviendo el pelo de la chiquilla que sonrió como si el mundo infantil fuese distinto de aquel que nos rodeaba.
Se veían banderas bicolores en algunos balcones. De la enseña republicana apenas quedaban rastros en los carteles que llamaban a una resistencia heroica desde las paredes. Inútil preguntarse dónde estarían las fuerzas que aún resistían. Aquellas frases que aconsejaban permanecer en algún grupo para estar más protegido adquirían ahora su valor real. La sencilla verdad de aquel planteamiento empezaba a hacerse evidente.
La ciudad no mostraba grandes cambios desde mi última visita ya lejana en el tiempo, si bien parecía que buena parte de la población había decidido hacer pública su opción política ahora que la balanza se inclinaba. Después de recorrer las calles con calma hasta llegar a la plaza de Las Eras, donde solía matar el hambre en otros tiempos, elegí un local con cierta animación donde siempre resultaría más fácil pasar desapercibido.
Entre las mesas circulaba una joven de aspecto decidido, algo entrada en carnes, con un delantal de cuadros blancos y azules y una pañoleta cubriendo la corta melena.
Me indicó con el dedo una mesa corrida donde saciaba el hambre un grupo de trabajadores. Todos me miraron cuando ocupé la esquina del robusto tablero, interrumpiendo la conversación. Al fondo había otra mesa gemela, muy concurrida, y en medio de las dos otras mesas cuadradas que aún esperaban algún comensal. Hubo que acercar la pota que reposaba a una cierta distancia y esperar a que la muchacha trajera un plato limpio y los cubiertos.

Me dedicó una mirada atenta mientras se acercaba, depositó sobre la mesa lo necesario y preguntó que iba a querer después. Un pequeño cuadrado en la pared pintado de un color azul oscuro indicada las dos posibilidades escritas a tiza: truchas y tortilla. La idea de una tortilla hizo brotar la saliva dentro de la boca mientras ella depositaba una jarrita de cristal llena de vino tinto.
Los de al lado habían retomado la conversación, que se mantenía en un tono contenido y de vez en cuando me echaban una ojeada. Aquel traje debía dar una cierta apariencia de respetabilidad, a juzgar por las reacciones que iba registrando. El líquido humeante y aromático del caldo despertaba sensaciones casi olvidadas hasta el punto de que amenazaba con llamar la atención.
Las conversaciones mantenían un tono reservado que no recordaba. Sólo un par de paisanos que no se habían quitado la boina discutían en la barra con cierto acaloramiento. El caldo caliente pasaba entre los labios como una bendición, sumiendo en el olvido a la comida fría y a destiempo. El vino parecía profundizar por momentos las diferencias de aquellos dos hombres.
Llegó la tortilla y de nuevo la mirada atenta de la muchacha, que fue correspondida hasta que se batió en retirada, obligando a observar sus movimientos. En la barra permanecían algunas personas repartidas en grupos de dos o tres a lo sumo. Todos hablaban y bebían en vasos de un cristal espeso y poliédrico, a excepción de una pareja de hombre jóvenes que permanecían callados en el extremo junto a la puerta.
El grupo que comía en la misma mesa se levantó y se acercó a la barra a pagar. Aquello creó una cierta sensación de soledad. A punto de terminar la deliciosa tortilla, entró una pareja con un chiquillo y se sentó en el lugar que el grupo había abandonado. Murmuraron un sencillo "buen provecho" que fue correspondido en voz muy baja. La camarera seguía con su trajín de la barra a las mesas y no se había parado a hablar con nadie. No volvió a mirar cuando acudió a atender al trío recién entrado. Estaba de vuelta con la vajilla cuando uno de los viejos elevó la voz de forma casi estentórea.
- ¡Metéosla por el culo, cojones!
Su acompañante lo miró desafiante, cambió una mirada cómplice con los del extremo de la barra y luego contestó en voz más baja pero de forma perfectamente audible por el resto de los asistentes.
- Mejor que tengas cuidado con lo que dices, mamón. Aquí se van a acabar las contemplaciones con los rojos como tú.
Las conversaciones cesaron y la atención se concentro en el hombre, que debía andar cerca de los setenta y no mantenía una posición exactamente erguida.
- ¡No me digas! ¿Y quién va a ser el valiente?
Sacó una cartera, depósito una moneda en el mostrador con cierta violencia y enfiló la salida con el paso relativamente inseguro. A punto de salir uno de los jóvenes apostados en el otro extremo del mostrador le cerró el paso y se le quedó mirando con una sonrisa despectiva.
- ¿Qué te pasa a ti? ¿Te crees que me das miedo?
Intentó pasar por el hueco que el otro dejaba pero de nuevo éste le cortó el paso. Callado, permaneció mirándole directo un buen rato y luego se escurrió por fin hacia la calle. La charla se reanudó en un tono más bajo si cabe. En ocasiones como aquella era fácil recordar la atmósfera casi ensordecedora que solía reinar en bares y cantinas donde quien más quien menos todo el mundo se echaba una cancioncilla cuando los vinos pasaban ya de tres o cuatro.

El que había cerrado el paso al viejo se acercó a quien había sido su contertulio y al poco se les unió su compañero. Cambiaron algunas impresiones y el último en incorporarse salió caminando a buen paso. Los otros dos quedaron conversando y levantando el vaso hasta la boca de cuando en vez. Saltaron las alarmas cuando la camarera se paró ante ellos, pero enseguida comprobé que se limitaba a limpiar algunas manchas del mármol del mostrador, por más que los hombres no le quitaban ojo. Aprovechando la entrada de otro grupo de gente, pagué mi deuda y salí al exterior.
Apenas circulaba nadie por la calle. De las viviendas salía olor a vida de familia, protestas de los críos, potas puestas al fuego y café cargado. Brotó un pensamiento. Me vendría bien un escondrijo en este lugar. A punto de girar hacia una calleja, con las torres del castillo a la vista, un cierto rumor de quejidos nació en el aire desde un pequeño descampado oculto tras una tapia amenazada de ruina absoluta. Un grupo de hombres jóvenes salió corriendo sin fijarse en mi presencia.
- ...¡Cabrones!...
Los ecos del insulto llegaban atenuados por las paredes y el espacio que nos separaba. El último en abandonar el lugar no se molestaba en correr. Al fondo de la pequeña parcela abandonada un hombre a cuatro patas, intentando levantarse sin cesar de maldecir. Miré al que cruzaba la calle, que mantuvo la mirada, desafiante. Aquel chaval no podía tener más de veinticuatro o veinticinco años. Iba frotándose los nudillos de la mano derecha, por si no estuviera claro lo que había ocurrido allí. El caído terminaba de levantarse con ciertos esfuerzos, mostrando los rasgos, ahora tensos, del que había levantado la voz en el bar. Sujetaba el estómago con la mano derecha mientras en la mirada le crecían mareas de ira incontrolada y de la nariz surgía un hilillo de sangre oscura.

Le eché una mano al hombro para afianzar su escaso equilibrio, sin hablar. La respiración era un puro jadeo, bien por culpa de los golpe recibidos, bien por causa del estado de cólera absoluta en que se encontraba. Apenas era posible conseguir que evitara los cascotes del muro caídos en tierra, o las zarzas presentes en el mísero rincón.
Caminaba por la calle ya algo más tranquilo, pero sin percatarse aún del hilillo negruzco que le resbalaba hasta los labios. No parecía momento de modales exquisitos, así que extraje el pañuelo del bolsillo superior de su chaqueta y se lo llevé hasta la nariz, donde se hizo cargo de la tarea después de mirarme por primera vez. El olor a alcohol delataba un cierto estado de embriaguez que sin embargo no le impedía caminar con prestancia. O eso, o el ataque le había borrado las huellas del vino.
- ¿Has visto a lo que hemos llegado?... A cara descubierta y en pleno día, me cago en la madre que los parió...
- ¿Los conoce?
Se paró en medio de la calle y me miró con dos brasas encolerizadas.
- ¿Que si los conozco? ¡Son hijos de mis vecinos! ¡De mis amigos, cojones!
Se le torció la boca como si estuviera a punto de llorar, pero pudo más la indignación. Una retahíla da maldiciones a cual más fuerte fue liberando la tensión a medida que avanzábamos por una calleja estrecha donde apenas podía entrar el sol. Seguía sujetándose el estómago y torcía el gesto cuando tenía que levantar las piernas para ascender.
- ¿Vive aquí?
Por toda respuesta señaló hacia el fondo de la calle que ascendía en su parte final con una fuerte pendiente.

Las puertas de las modestas viviendas, todas de planta baja, permanecían abiertas en muchos casos. Un viejo apoyaba un bastón en el suelo, cómodamente recostado en una silla que ya había cumplido su vida útil. Sorprendentemente, no dijo nada cuando pasamos a su lado. De hecho, los dos hombres ni se miraron, pero el que me acompañaba no pudo evitar una imprecación cuando dejamos atrás al otro.
- Se estará divirtiendo, el muy cabrón...
Un perro salió desde cualquier rincón ladrando escandalosamente al sorprender mi presencia, pero cesó en sus demostraciones al reconocer al viejo, haciéndose cargo inmediatamente de la situación. La casa estaba en todo lo alto de la cuesta. Paredes que dejaban ver la piedra que las sostenía, de apariencia sencilla pero robusta, una pequeña ventana a la derecha y una puerta de madera que nos franqueó el paso luego de aceptar la visita de una gruesa llave.
Apenas un metro de pasillo y el comedor, con una mesa en medio, un chinero en la pared, un montón de leña junto a la cocina de hierro y un par de puertas que darían a las habitaciones.
Junto a la pared que hacía las veces de fachada, un largo escaño en el que el hombre se acomodó en cuando pudo.
Un hematoma que prometía oscurecerse rápidamente apareció bajo las ropas, a la altura de las costillas, cuando acudí a observar mientras él se desembarazaba de la chaqueta y alzaba la camisa auscultándose con la mano derecha como podía. Después de pedir autorización con la mirada, desplacé con cuidado la piel enrojecida para examinar los huesos por debajo del pellejo blanco como la nieve.
No parecía tener nada roto. Le quité importancia con un simple gesto mientras se abrochaba de nuevo la camisa.

Luego me dio una orden que obedecí sin rechistar, extrayendo del chinero una botella de cristal transparente con un líquido de color amarillo verdoso que hube de verter en sendas copas, mientras se arrimaba a la mesa y me hacía una señal para que tomara asiento. El licor calentaba el camino por donde pasaba, dejando un rastro dulce en el paladar. Reinó el silencio en el humilde espacio mientras las fotos de familia se hacían dueñas de una atmósfera que en otras circunstancia hubiera sido cálida.
- Mal andan las cosas por lo que parece.
- No sabes hasta qué punto.
Había empezado a sospechar cuál era el punto exacto al contemplar la carrera de aquella gente y luego la mirada desafiante de un chaval que no era más que un crío.
- ¿Lo conocía?
- ¿A quién?
- Al que le ha hecho eso.
- Trabajaba con el carnicero de aquí al lado. Ahora hace de mamporrero de estos señoritos.
La cólera daba paso a una corriente de tristeza infinita en aquellos ojos cansados. Sin necesidad de pedírselo, la historia de su agresor me fue contada con un todo melancólico y un tanto fatalista. Nunca lo había visto ir a la escuela. La familia no disponía de muchos medios y el padre se había dado a la bebida, amargado por la pérdida del hijo mayor.
El resto venía de la mano de los tiempos que corrían. Los hijos de los mandamases se divertían con aquellas pequeñas "razzias" que perseguían atemorizar a todo el mundo, creando el ambiente necesario para que la gente clamara por la autoridad. Y siempre aparecía algún descerebrado para hacer el trabajo sucio. La máquina se había puesto en marcha.
Al hilo de mis preguntas fue haciéndome partícipe de su situación. 

Era uno de tantos viudos cuya familia había tenido que buscarse la vida más o menos lejos. Una típica imagen de desamparo que empezaba a hacerse habitual para quienes no accedían a adoptar el ideario de los sublevados. La mayoría optaba por no hacerse notar, pero aquellos que demostraban su rechazo de una manera u otra eran irremediablemente etiquetados de rojos y tratados en consecuencia. Nada que no se esperara, en el fondo, pero que ocurría mucho más pronto de lo previsto.
Recordé las conversaciones con Camilo de no hacía tanto tiempo y me dije que tampoco ellos estaban muy al tanto de lo que ocurría realmente. Antes de marchar, decidí velar por mis intereses y pregunté por alguien que diera alojamiento por un buen precio y fuera buena gente.
Damián, que así resultó llamarse, torció el gesto. Antes de contestar decidió hacer también sus averiguaciones. Se dieron las respuestas que pudieron darse y no hubo grandes dificultades para dejar claro que estábamos del mismo lado. Finalmente abrió la puerta e hizo un gesto para que lo siguiera. Llevaba en la mano un arito de hierro con algunas manchas herrumbrosas del que colgaban un par de llaves exactamente iguales.
Extrajo una, la dejó caer en el bolsillo de mi chaqueta y sin darme tiempo a hablar señaló a lo lejos. La cuesta tomaba sentido contrario descendiendo rápidamente hacia el río poco más arriba de la casa. Una pequeña pista arenosa subía desde el camino hacia un grupo de casas bajas. No salía humo de las chimeneas.
- Rara vez va alguien por allí antes del verano. Hay algún ganado en las cuadras, pero no te molestarán. Es la única que tiene parra, no tienes pérdida. Por cierto...
Volvía ya por sus pasos cuando aquellas dos palabras quedaron suspendidas en el aire.

Me acerqué para no obligarlo a caminar y observé sorprendido que él reducía aún más la distancia. Después habló en voz muy baja.
- En la bodega verás un gran tonel de vino. Justo debajo hay una trampilla bien disimulada. Busca algo con que alumbrarte.
Nada había en aquella mirada que invitara a la desconfianza, como si el hombre hubiera pasado antes por cierto tipo de trances. Acarició el lugar donde le habían golpeado, inconscientemente, y se dio la vuelta para regresar a la casa. No había pedido dinero.
- ¿Cuánto me vas a cobrar, Damián?
Caminó unos cuantos pasos antes de responder.
- No necesito dinero.
- Muchas gracias.
- Yo te doy las gracias.
El sentido contrario de las pendientes hizo que nos perdiéramos de vista enseguida. El rio dejaba en el aire un vago rumor a lo lejos. Siguiendo el sendero a la derecha alcancé el grupo de casitas bajas sin tropezarme con nadie y busqué la parra. Las vides recorrían desnudas una endeble estructura de madera que servía de entrada a la casa, a la vez que de soporte. Era igual que las vecinas, un simple rectángulo y dos ventanas a ambos lados de la puerta.
Recorrí el contorno sin prisas, mientras el aire procedente de la vega fluvial refrescaba la cara y las manos. En la pared contigua a la fachada, unas cortas escaleras daban acceso más abajo a una gruesa puerta de madera que combatía con relativo éxito la humedad. Sólo contaba con una llave, pero la cerradura parecía adecuada a su tamaño. Tres o cuatro intentos fueron necesarios para abrirla, a causa de la hinchazón producida por las nieblas y los fríos.

Traspasada la puerta, cinco escalones más, labrados someramente sobre la roca granítica conducían al fondo donde reinaba la más absoluta oscuridad. Apenas se distinguían algunos aperos de labranza dormitando en una de las esquinas contra las paredes. Ante la imposibilidad de examinar la bodega más despacio volví al exterior y rodeé el contorno de la edificación prestando atención a los detalles. No había ventanas ni aberturas posteriores.
La puerta principal cedió con un quejido largo de las bisagras, dando paso a una sola estancia ocupada por una cocina en desuso, una mesa encajada en un ángulo de la pared y un catre sobre el que reposaban algunas ropas que seguramente serían del hombre. La cocina parecía utilizable y dentro del horno había un buen montón de leña seca.
La pared del fondo estaba ocupada por una mesa de trabajo, equipada con un sargento y herramientas para trabajar la madera. Colgado del extremo de una punta profundamente hincada en la madera, un quinqué de petróleo ciertamente antiguo y en la repisa inferior, entre algunos botes de pintura, un mechero de yesca. Las contraventanas se ajustaban bien en el vano ocupado por los cristales pero eran víctimas de alguna grieta importante aquí y allá, si bien parecían capaces de combatir el frío.
Decidí dar un paseo por el exterior para familiarizarme con el espacio. El camino que venía desde la casa de Damián resultó ser el único paso practicable hasta mi nuevo escondite. Edificaciones para humanos o bestias, repartidas por todas partes de forma bastante anárquica y una vegetación más que exuberante hacían imposible alcanzar el lugar de otra manera, y mantener el camino vigilado era relativamente fácil, con excepción del recodo desde el que ascendía el sendero, oculto por una pequeña masa de pinos jóvenes.

Por el contrario, cualquiera que ascendiera desde el río, no excesivamente distante, podía acercase a la pared lateral sin ser visto. En el examen del espacio próximo al lecho fluvial, se fueron las horas hasta que el sol comenzó a ocultarse tras los montes del oeste. De vuelta a la casa se hizo aconsejable adquirir algo de comida en alguna tienda cercana.
En casa de Damián parecía no haber nadie. Quizás de vuelta, me dije. A punto de tomar el camino de regreso con los alimentos en un paquete de papel de estraza y una botella de vino bajo el brazo, observé la insólita tranquilidad de la ciudad, casi vencida por la tiniebla nocturna, con las calles vacías y las exiguas luces aliviando la densa penumbra.
Al llegar a lo alto de la cuesta, golpeé la puerta de mi benefactor con los nudillos, pero no hubo respuesta. Un vientecillo fresco acompañó los pasos por el suelo arenoso, hasta que el grupo de pinos ofreció más protección e indicó el sitio exacto por el que el sendero ascendía hasta la casa.
El quinqué aportó un resplandor melancólico una vez encendida y avivada la chispa del mechero a fuerza de pulmón hasta conseguir una llamita lánguida que obligaba a pensar en lo vulnerable de la existencia. Las relativas comodidades de la vida en la ciudad se hacían notar inmediatamente y la sola vista del catre y el colchón de lana hacía nacer la misma sensación que debe tener un crío con zapatos nuevos.
Cuando el calorcillo del vino se trasladó desde el estómago al resto del cuerpo, apagué el quinqué y abrí una de las contraventanas para observar el camino en la lejanía, a la escasa luz de la luna menguante. No había instalado ningún tipo de protección por el lado más expuesto, pero la amenaza parecía muy lejana aquella noche. Algunas imágenes comenzaban a desfilar por la memoria, mezcladas con la piel blanca de Lola o las barbas ingobernables de aquel Venancio nunca más visto.