viernes, 13 de agosto de 2010

Cap. XIV


D
e repente estaba allí, con la cara entre las manos, los ojos desorbitados por el pánico y las piernas dobladas a punto de ceder. Su mirada aterrorizada ante el punto de mira mientras se hacía presente poco a poco aquel grito espeluznante que había puesto punto final a los sueños. El sentido de las cosas volvía lentamente al cerebro mientras aquella figura desencajada esperaba que ocurriera lo peor. La débil luz de la mañana se filtraba por la portezuela entreabierta mostrando un mundo empapado y brillante. No había signos de actividad fuera de la choza.
- ¿Hay alguien más ahí?
Negó con la cabeza, con las manos tapando la boca y la nariz y los ojos suplicando clemencia. Aquellos ojos grandes y redondos no me eran desconocidos del todo. Llevaba una pañoleta en la cabeza recogiendo el pelo, un mandil con flores azules y blancas sobre un fondo verde y una larga chaqueta de lana. Miré hacia el exterior por entre las juntas de los troncos. No ocurría nada pero aquel grito tenía que haberse escuchado en mucha distancia por los alrededores. No parecía dispuesta a hacer el más mínimo movimiento en toda la eternidad, así que salí e inspeccioné los alrededores con cierta aprehensión. La vaguada sólo permitía la circulación del sonido en dos sentidos, lo cual reducía el riesgo a la mitad, pero no era poca cosa. Entré de nuevo. Seguía en la misma absurda postura y presa del pánico.
- Vamos, no tengas miedo. No voy a hacerte daño.
Por fin sus piernas parecían obedecer de nuevo. Se irguió, miró hacia el suelo y sus manos bajaron juntas hasta quedar paradas y juntas sobre el pecho. Tenía el vientre abultado o eso me pareció. Aquellos ojos asustados parecían esforzarse por recordar y definitivamente no era la primera vez que los miraba..
- ¡Lola!
Mientras el asombro le hacía abrir los ojos de nuevo como platos, yo examinaba aquel rostro redondo de ojos demacrados y recordaba sus idas y venidas en la tienda de San Miguel a donde acudía con cierta frecuencia cuando trabajaba con el finado Herminio. No era una mujer simpática o quizás el tener que atender a toda aquella gente, no siempre educada, le había agriado el carácter. Muchos codiciaban aquellas formas rotundas de hembra por lo demás trabajadora y seria, pero nada proclive al acercamiento de toda aquella corte de pretendientes. Enseguida recordé la conversación en la tienda y su paso forzado por la fábrica donde nadie sabía exactamente qué había ocurrido. Pensarlo y volver a mirar su vientre redondo fue toda una.
- ¿Me.... conoces?
- ¡No voy a conocerte! ¿No sabes quién soy?
Meneó la cabeza hacia los lados, negando. No debía ser fácil reconocerme. Llevaba la barba crecida, y debía estar muy delgado. El atuendo tampoco la podía ayudar precisamente.
- Vamos, mujer. Soy Lito, el de Castor.
Suspiró profundamente, con los ojos cerrados y se derrumbó casi sollozando sobre la pila de leña que amenazó con venirse abajo.
- ¡La madre que te parió el susto que me has dado, hijo de puta!
No había respuesta posible y tampoco ayudaría mucho. Se fue serenando poco a poco, mirándome de hito en hito, mientras componía de nuevo la postura. Nació una tímida disculpa.
- Lo siento. Ese grito asustaría a un ejército. No pude evitarlo.
Recogió un par de piezas de leña que se habían desplomado de la pila, se alisó el mandil y comenzó a pasar la mano a lo largo de los muslos nerviosamente con la mirada perdida en algún punto del suelo.

No recordaba que hablara demasiado y nunca me había demostrado confianza ni mucho menos, así que estábamos los dos en ese típica situación en que las cosas tardan en mostrarse.
- Vaya por dios... Bueno, lo siento yo también.
- No has podido evitarlo, mujer. Lo comprendo, pero me preocupa.
- ¿El qué?
- Ha debido oírse a kilómetros.
Dedujo lo único que podía deducirse y lo demostró con una mirada aprehensiva.
- Bueno... no hay mucha gente por aquí. Páramo no está tan cerca y la gente no trabaja hoy. Es domingo.
- ¿Ah, sí?
La percepción del tiempo andaba ciertamente trastocada, aunque no había nada dentro de mis actividades que pudiera verse perjudicado por tales circunstancias. Lo mismo daba que fuera domingo o fin de año. Permanecimos un rato en silencio. Terminó de tranquilizarse, o eso me pareció. Cuando preguntó de nuevo tenía los brazos cruzados bajo el pecho y una mirada curiosa.
- ¿Y qué haces tú en esta situación si no es mucho preguntar?
- Es una historia larga y complicada...
- ¿Fuiste tú el del tiroteo de Vega? Ha habido tantos rumores que no sabes nunca quien dice una verdad.
El hecho de que planteara la pregunta con aquella franqueza dejó claro que no la hacía con mala intención, y por otra parte era patente que no podía tener simpatía por quien se había llevado a su hermano, por no hablar de su propia y misteriosa historia, quizás ya no tan misteriosa.
- No tuve alternativa. Era él o yo.
- ¿Él? Se dice que hubo cinco muertos. Bueno, cuatro y uno que iba muy mal y no sé qué habrá sido de él.
- Yo cargo con uno y me llega bien. Los otros fueron cosa de ellos y del pobre del Herminio.
- ¿Tú mataste al fascista aquel?
Tenía algo muy parecido a la admiración dibujado en la expresión, al tiempo que un rictus en la boca que denunciaba un resentimiento que no podía disimular. No me gustaba que me mirara de aquella manera.
- Lola, esto que está pasando no es bueno. No se puede andar por ahí matando gente como si fueran conejos. No está bien.
Lo que mostraba su cara no era pena. Me estaba mirando como si fuera el centro del mundo y no me gustaba. Repasaba mi fisonomía como si fuera alguien importante, hasta el punto de hacerme mirar al suelo de pura vergüenza. Cuando me di cuenta me estaba empujando suavemente fuera de la choza.
- Anda, ven.
La vi bajar las resbaladizas escaleras con una rara habilidad antes de recoger las cosas y seguirla. La luz casi hacía daño allí afuera. La tierra estaba empapada y despedía un aroma a hierba fresca y recién lavada. Miré con aprehensión hacia todas partes. Aquel grito terrible parecía sonar aún en mi cabeza y hacía presentes mil amenazas reales o imaginarias. Ella caminaba unos pasos por delante volviéndose de cuando en vez para comprobar que la seguía. Recorrimos durante un cierto rato un caminillo que subía y bajaba sin parar, serpenteando entre el arbolado, cada vez más espeso. La niebla se colaba a veces entre los troncos siguiendo el curso del aire y bañando todo de una humedad que despertaba los sentidos.
Ascendimos una cuesta y me llegó su olor a sudor fresco.

Llevaba los brazos cruzados apretando contra el cuerpo la larga chaqueta de lana que terminaba marcando sus caderas redondas al andar. Debía llevar un buen rato extasiado por la perspectiva cuando ella volvió la cabeza y sonrió. A veces me enfurecía ser incapaz de controlar aquel tipo de cosas hasta llegar a caer en la evidencia. El bosque se hacía más y más espeso cuando tras un pequeño recodo aparecieron un par de casas encajadas en la ladera.
Algunos cristales habían sido sustituidos por materiales poco vistosos, pero las cubiertas parecían estar en buen estado, así como las puertas y ventanas. Las dos tenían una larga galería protegida por balaustradas de madera recia con algunos desperfectos en la pintura.
Introdujo la mano profundamente en una abertura de la pared y la puerta cedió. Entré tras ella notando inmediatamente el calorcillo de la cocina. Me extrañó no haber visto signos de humo en el exterior. La estancia era amplia y sencilla. Apenas una mesa en el centro con cuatro sillas y un hule de cuadros blancos y negros, un chinero oscuro y muy bien conservado y un escaño más claro sobre el que se había colocado un jarrón con algunas flores. Una sola ventana junto a la puerta y dos puertas en las paredes adyacentes.
Desapareció por una de ellas después de desprenderse de la chaqueta y señalar una percha con un pequeño estante sobre el que se apilaban algunas prendas menudas.
La chaqueta descubrió que mi sudor no era tan fresco como el suyo y dudé si volver a encajármela, pero aquel calor resultaba excesivo. La ventana ofrecía una vista amplia del camino que nos había conducido hasta allí. Algún rayo de sol empezaba a superar la barrera de la espesa niebla. Casi me sorprendió cuando volvió a aparecer.
- ¿Quieres asearte? ¡Huy, qué tonta! Ven y siéntate.
Mientras me preguntaba por qué había dicho aquello la vi rebuscar en el chinero. Me acomodé en una de las sillas y entonces un queso blanco y redondo aterrizó sobre el mantel blanquiazul. Luego una hogaza de pan oscuro. Se me hizo la boca agua y ella debió observar la expresión porque se rió quedamente mientras dejaba una jarra de porcelana al lado de la fuente. El olor del vino se me antojaba siempre como un regalo de algún mundo aparte.
- Come mientras voy a buscar la ropa.
En cuanto salió cambié la silla de posición para poder observar el sendero. Parecía irreal encontrarse en aquel ambiente hogareño, con la cocina crepitando y el calor impregnándolo todo como un abrazo amigo. En el cajón de la mesa reposaba un gran cuchillo con el que corté un par de rebanadas de pan. El queso sabía fuerte y ácido, pero enseguida me acostumbré. La luz bailaba en la habitación a medida que el sol se colaba por las ventanas en un haz de luz que la niebla abría y cerraba caprichosamente.
La ventana próxima a la puerta reveló de nuevo su presencia. Entró dejando espacio a un balde de zinc del que sobresalían las mangas blancas de alguna prenda. Debía haber algo en mi expresión que la obligaba a sonreír continuamente.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
Siguió sonriendo y no contestó. Las maderas del piso protestaban por su peso y las puertas anunciaban siempre sus idas y venidas.
- ¿Ya has almorzado?
- Claro. Me levanto muy temprano. No hay muchas distracciones aquí, así que me voy pronto a la cama.
Algunas preguntas estaban a punto de nacer cuando ella se echó a hablar haciéndolo innecesario.
- Seguro que te preguntas qué pinto yo aquí.
Se acomodó en una esquina del escaño después de retirar las flores y sacar de allí un bolsito de punto con agujas y material de calceta.
- Aquí vivió mi abuela mucho tiempo, según cuenta mi madre. Mi abuelo murió demasiado joven y ella nunca quiso irse de aquí cuando él faltó.
Era agradable observarla mientras hablaba y disponía las agujas bajo los brazos tirando del hilo que caía colgando hacía la madera del piso. El vientre se dibujaba ahora redondo bajo el mandil. Aquella pregunta estaba prohibida. Volvió a mirarme y a sonreír. No era bella, pero había algo en aquella mirada que atraía. Seguía bailándole en los labios aquella sonrisa traviesa cuando pareció adivinar mis pensamientos.
- Llenas la boca con demasiado. Es gracioso.
- Debo haber olvidado las normas de educación más elementales.
- No te preocupes, pero tienes todo el tiempo del mundo para comerte eso. No hay prisa.
Esta vez fui yo el que sonreí. Pasó el vino demorándose por la garganta mientras un rayito de sol se abría paso iluminando las paredes blancas.
- ¿Has sabido algo de tu hermano?
Las manos detuvieron su baile en torno al hilo de lana durante un instante. Su voz sonó después como si procediera de una persona distinta, con un timbre distante y amargado.
- Es mejor no esperar ya noticias suyas.
Dejó caer los brazos sobre los muslos con un gesto abatido. La luz exterior bailaba en la ventana sobre el filtro de la niebla. Tenía las rodillas redondas y blancas. El resto de sus extremidades iba cubierto por largos calcetines de un color beige desvaído. Aquella expresión de resentimiento invencible asomaba de nuevo a su boca.
- ¿Sabes lo que hacen? Los meten en esos siniestros camiones y los llevan bien lejos, donde nadie pueda reconocerles. Y ya no vuelven.
- ¿Y tus padres?
- Allá han quedado.
Volvía a pasar las manos por los muslos nerviosamente, mientras miraba hacia la extraña luz de afuera.
- Hace tiempo que no sé de ellos... y no sé si quiero saber. Quizás es mejor dejarles tranquilos. Ya han sufrido bastante y esto sería ya más de lo que podrían soportar.
No procedía intentar aclarar el significado de aquel "esto". Siguió mirando ensimismada hacia la luz blanquecina del exterior y luego su mirada vagó por la estancia en silencio y su mano recorrió despacio el vientre abultado y redondo. Se levantó de pronto como queriendo espantar algún fantasma interior y su expresión cobró incluso cierta alegría.
- Voy a calentarte un poco de agua.
- No hace falta que te molestes.
- No tienes idea de lo fría que está.
El queso, el pan y el vino habían desaparecido como por arte de magia, pero el sopor que me invadía delataba muy claramente a donde habían ido a parar. La oí salir y decidí abandonarme al sueño confiado en que me avisaría si ocurría cualquier cosa. En realidad tenía la sensación de que era imposible que nadie llegara a aquel rincón perdido. Soñé con un patio amplio y un pozo y una plantación de legumbres de tallos altos y verdes. Mi padre llegaba de trabajar montado en una bicicleta grande de un color rojizo. Cruzaba la cuneta poco profunda y los muelles del sillín emitían una queja extraña que anunciaba su llegada. Estábamos a punto de comer, todos en torno a la mesa, con la pota de caldo en el centro despidiendo un olor a grasa de cerdo . Entonces me vencía el sueño hasta que aquella mano me rozaba los cabellos y...
La caricia había sido real. Aún permanecía el rastro de aquel tacto cuando me habló.
- Te he dejado agua caliente en el cuarto de baño. Sobre el lavabo verás jabón y una esponja. Aséate tranquilamente.
Se le había dulcificado el gesto y miraba con un deje de ternura contenida que me resultaba tan embarazoso como aquella expresión admirativa que había contemplado mientras hablábamos. Señaló al fondo de un corto pasillo mientras me levantaba. Había un balde de agua caliente sobre la taza del váter y a la izquierda un pequeño lavadero bajo.
A mi derecha estaba el lavabo con el jabón amarillento y una esponja que parecía nueva. Mientras los recogía redescubrí mis facciones, ahora magras y con la piel morena y tirante. No habría manera de arreglar la crecida barba, pero aquello podía esperar. No fue agradable descubrir la gran diferencia que había entre el aroma del jabón y el olor rudo y penetrante que despedía la ropa interior. Pero no tenía mucho sentido lamentar lo que no podía evitarse.
Una sensación de alivio abrió los poros cuando el agua recorrió la piel llevándose aquellos olores viejos y las huellas del polvo y sudor antiguo. La toalla tenía un tacto áspero pero eficiente. A punto de salir del pequeño lavadero tropecé con su mirada en el espejo. Miraba hondo y como paralizada, apoyada en el marco de la puerta de entrada a la casa. Llevaba un montoncito de leña seca apoyada en la cintura. Continué secándome sin dejar de mirarla, con la sensación de que los ojos no obedecían las órdenes del cerebro.
La oí trajinar por la cocina preguntándome que pasaría por aquella cabeza después de haber pasado por lo que había pasado.

Después entró en el cuarto de baño con ropa en la mano.
- Pruébate esto.
Cuando cerró la puerto se hizo obvio que había sido yo quien había olvidado hacer lo mismo en su momento. Subió una fuerte sensación de calor a las mejillas antes de maldecir aquella maldita falta de atención. Me estaba afectando más allá de lo razonable la vida de lobo. De cualquier forma no parecía afectada, o no en la manera que suponía.
La ropa se acomodaba razonablemente bien, con excepción de un chaleco de punto que resultaba muy ajustado. Los calcetines transmitían un picor algo molesto pero se agradecía de inmediato su calor y la blancura del calzoncillo y la camiseta era todo un regalo. Los dedos limpios jugaron entre los cabellos largos y aún húmedos antes de contemplar aquella imagen en el espejo. Resultaba imposible reconocerse.
La encontré repasando vigorosamente las botas con betún negro y un cepillo que liberaba un rumor rudo y pertinaz caba vez que pasaba sobre el cuero. Esta vez era ella la que parecía un poco avergonzada. Se concentró en lo que hacía mientras yo repasaba mi nuevo aspecto.
- Uf, es mejor dejar que se aireen lo más posible.
Abrió la ventana y las depositó en el alféizar. Apenas había nacido una sensación de alarma cuando las disimuló colocando ante ellas unas tablillas. Parecía acostumbrada a vigilar ciertos detalles. De repente me invadió un sentimiento de gratitud que no me cabía en el pecho y necesitó liberarse en forma de vocecita tímida y apenas audible.
- Te lo agradezco.
Como si temiera hacerme daño, sonrió y desvió la vista , antes de dirigirse a la habitación y abrir la puerta. Sentí un pudor repentino que se evaporó cuando continuó hablando.
- Creo que te voy a cobrar el favor. Hay algún pequeño arreglillo que no he sido capaz de rematar. Las alturas son algo que no puedo soportar. ¿Podrías?
Lleno de satisfacción por poder corresponder a tanta atención, me fui informando de la tarea. La mujer no tuvo reparos en ponerme al corriente de lo que resultaba más acuciante, si bien era fácil suponer que no estaba contándolo todo. La casa no era ni mucho menos pequeña.
Cuando me condujo a la habitación volví a sentirme expuesto a algo que no sabía identificar. Había daños en la cubierta, aunque no parecían muy importantes. Las ventanas había acusado también el paso del tiempo y las bisagras sufrían penosamente el peso de la madera y el ataque del sol y la humedad.
Me procuró las herramientas de que disponía y se despidió.
- Tengo que seguir con mis tareas. Si me necesitas estoy ahí abajo, a la vuelta.
Comenzaba a gustarme aquella sonrisa y algo por dentro parecía estar reconociendo de nuevo al Lito que era antes. El resto de la mañana transcurrió entre viajes al desván de la casita y viajes al exterior para obtener arcilla de buena calidad y restos de arbustos secos. Ella aparecía de cuando en vez trayendo o llevando cosas, sin hacer comentarios pero fijándose bien en lo que veía.
La niebla desapareció a media mañana dejando a la vista un cielo de un azul espeso y profundo y algunas nubes altas. Todo cuanto de horrible tenía la vida en aquel momento parecía haber huido de aquel recóndito rincón.
Se hizo necesario acceder al desván con ayuda de una escalera que hubo de ser colocada encima de la mesa. Algunas de las pizarras se habían abierto por la caída de alguna piedra de la ladera.

La paja seca que ella guardaba en la casa aledaña, que parecía utilizar a modo de almacén, sería suficiente para impedir la entrada del agua. Aquel iba a ser un curioso tejado, pero la estética era lo menos importante. Algunos desperfectos de la pared, junto a las ventanas recibieron la ayuda de la arcilla y luego fueron las bisagras las que hubieron de ser ajustadas a base de pura fuerza, porque la madera de los marcos resultaba asombrosamente dura. Las escuadras habían soportado razonablemente bien el sol y las heladas, y parecían cumplir su cometido.
Estaba limpiando el canalón que evacuaba el agua de la cubierta cuando ella entró con un caldero lleno de patatas, sin mirarme. Al poco una amplia chimenea comenzó a delatar la actividad de la cocina dentro, si bien había que fijarse con detenimiento, porque la amplitud de la salida disimulaba perfectamente la emisión de humos. Una cierta inquietud obligó sin embargo a hacer la pregunta.
- ¿Está la leña bien seca?
- Absolutamente. Yo también me escondo.
Aquella dichosa pregunta pugnaba por abrirse paso. Estaba a punto de encaminarme a la casa de al lado, cuando pasó con un pequeño balde de ropa.
- Es tuya, así que bien podías echarme una mano.
Caminó delante mientras me decidía a seguirla. El sendero conducía a un pequeño claro donde el aire circulaba con más intensidad. Preocupado por el hecho de que aquellas piezas blancas pudieran verse desde la distancia, miré hacia el horizonte, pero las lomas rodeaban aquel pacífico espacio por todas partes. Decididamente sabía cómo cuidarse. El balde, no muy pesado, se acomodó a los brazos mientras ella colgaba las prendas de una cuerda basta de apariencia resistente. Ninguno de los dos hablaba.

El sol ascendía a su reino azul calentando el aire y los pájaros llenaban el espacio con sus llamadas y respuestas. Una vez terminamos me entretuve vagando un rato por aquellos senderos mientras ella regresaba a la casa.
Podía uno ser feliz en aquel pequeño rincón. O quizás la presencia de aquella mujer lo cambiaba todo. Casi comenzaba a asustarme aquella impresión. De vuelta a la casa, el aroma de la comida se hizo bien presente. Tenía un olor denso y se adivinaba entre los dientes como una tentación irresistible. Ella estaba concentrada sobre el fogón. Me senté sobre el escaño sin saber qué hacer, y entonces giró la cabeza con una tímida sonrisa asomando a la boca.
- ¿Quieres poner la mesa?
No había mucho donde buscar. El viejo chinero guardaba casi todo lo necesario para satisfacer el hambre. La vajilla tenía un color marfileño y una orlita dorada alrededor del perímetro. Los vasos eran altos y de un cristal grueso y oscurecido por el uso. Los coloqué sobre la mesa y extraje después los cubiertos del cajón de madera, intentando que el conjunto tuviera una presencia agradable. Compuse luego los detalles cuidando de no romper las simetrías, lo cual no le pasó desapercibido.
- Eres un perfeccionista. Mi madre no te soportaría.
Agachó la cabeza después de decir aquello, como si hubiera cometido alguna falta.
- No lo puedo remediar. Es como si me hubieran parido con tiralíneas.
Rió con ganas. Tenía los dientes blancos y bien dispuestos y una boca que recordaba a la fruta. Me miró, bajó la vista y ya fue imposible no recrearse en las sinuosidades de aquellos labios gruesos y frescos.
- Siéntate. Vamos a comer.
Cuando se me ocurrió que aquello podía pesar, ya ella había dejado la olla en el centro de la mesa. El resto de lo que necesitábamos llegó a la mesa mientras aquellos efluvios nublaban la vista y el entendimiento. Esperé a que ella comenzara y después disfruté del puro paraíso en forma de aromas y sabores que envolvían aquel simple guiso. Comimos en silencio sin poder impedir que las miradas se cruzaran de vez en cuando, ya con cierta naturalidad. El vino oscuro y espeso terminó de bendecir aquel milagro. También me animó a hablar.
- ¿Hace mucho que estás aquí?
- Me vine justo después del tiroteo. Apenas te fuiste algunos de aquellos empezaron a sacar a todo el mundo a la calle buscando no se qué. Mi madre me echó literalmente de casa porque tenía miedo de que...
Se le nubló la expresión y calló mientras una mano subía a la cabeza y ocultaba la mirada unos instantes. Algunas cosas deben echarse de dentro en algún momento porque de otra forma se pudren y te amargan hasta consumirte. Pero quizás era una cuestión de tiempo.
- Supongo que tienes tierra cultivada en algún sitio.
- Claro. De vez en cuando me traen algo de carne, pero prefiero no depender de nadie. Planto en un terrenito ahí detrás, un poco más allá del tendedero.
- La verdad es que se está bien aquí. Ya no recordaba este calor. Y de la comida ya ni te hablo. Es como volver a la vida. Por cierto que cocinas muy bien.
Sonrió y después la sonrisa murió despacio mientras la mirada quedaba perdida sobre algún punto de los cuadritos del hule.
- No si estás sola.
Se había quedado sólo con la primera parte de toda mi declaración. Sabía que tenía razón.

Lo peor no era la falta de aquellos alimentos, ni el hecho de tener que limitar la higiene a lo mínimo, ni la falta de una buena cama. Lo peor era no ver un alma en días y días y terminar hablando solo con el cuervo o con las hormigas. Lo mejor era quitarle importancia para ver si borraba aquella expresión tan triste de su rostro.
- Me he hecho amigo de un cuervo. Hasta hablo con él.
- Dudo que te escuche.
- No estoy seguro. Lo que peor llevo es que no me mira nunca de frente. Y habla poco.
La sonrisa nació de nuevo y esta vez nada pudo oscurecerla. La luz tomaba tonos cambiantes al pasar a través de las copas de los árboles y los cantos de los pájaros parecían haber cesado de momento. Todos teníamos que comer. Debía estar adormilándome cuando escuché la orden.
- Échate en la cama, vamos. Aún te quedan algunas cosillas que hacer y quiero que estés descansado.
No estaba muy claro si podía permitirme tantas libertades, de forma que me transformé en un tipo lleno de dudas y seguramente de estúpidas vergüenzas. Lo que dijo a continuación me convenció más.
- Yo he de salir un momento pero no tardo. Vamos, échate.
Debí seguir mostrándome reticente porque finalmente me sentí ligeramente empujado hacia la alcoba. Aquel simple contacto de su mano bajo mi brazo me produjo una impresión que no recordaba. Aún no lo había asimilado completamente cuando la puerta se cerró poco a poco.



  * 

jueves, 12 de agosto de 2010

Cap. XV


L
a casita de al lado tenía mucho más que arreglar, aunque dada la utilización que hacía de ella, no parecía tan importante. Se hicieron las reparaciones más urgentes mientras ella iba y venía echando siempre una mirada al interior.
Caía ya la tarde cuando me expulsó sin miramientos obligándome a sentarme en un viejo tronco a la vuelta de la casa. No todo va a ser trabajar, dijo. Charlamos un poco y callamos mucho más. No parecía encontrarse incómoda ante el silencio, lo cual me tranquilizó porque tampoco las palabras eran mi mejor habilidad.
Cenamos y volvimos a quedar en silencio. Comenzaba a plantearse la incómoda pregunta de dónde iba a dormir el tipo que acababa de invadir su hogar. Mientras trabajaba había visto un rincón donde dormir sobre la paja sin grandes inconvenientes, así que lo planteé cuando el sueño empezó a invitar al descanso.
- Dormiré ahí al lado, si no te importa.
No hubo respuesta. Su mirada parecía anclada en uno de aquellos cuadritos por el que parecía sentir predilección. Estaba muy seria.
- La paja está seca, así que estaré perfectamente.
Asintió desganadamente e incluso quiso dejar asomar una sonrisa, pero lo que resultó fue una extraña mueca que murió precipitadamente. Su figura de espaldas, inmóvil, era un imán para los ojos cuando la puerta emitió aquel quejido apenas accionado el viejo pestillo.
Había inclinado la cabeza. Casi a punto de cerrar, su inmovilidad anunció que algo no iba bien. Sus hombros comenzaban a temblar. La puerta volvió a emitir aquel exánime lamento mientras me aproximaba sin saber qué hacer. Respiraba entrecortadamente, produciendo un ruido que no acababa de interpretar en aquel extraño silencio.


Por fin, la madera denunció los gruesos goterones que caían de sus mejillas. Hay cosas que no pueden pensarse. Aproximar una silla cualquiera y coger aquella cabeza convertida en un puro temblor entre las manos, susurrando algo que salió de mi boca sin pedir permiso.
- Vamos, vamos...
Uno de sus brazos colgó desmayadamente en el aire mientras el otro reposaba en la mesa falto de voluntad. Los sollozos comenzaron a hacerse sitio, dando término a un silencio que resultaba estremecedor y en apenas instantes sus manos tomaron contacto con las mías, hasta que vino a acurrucarse desvalida sobre mi hombro, liberando un llanto que parecía haber sido contenido durante siglos. Alguien entonaba una letanía insistentemente.
- Vamos, vamos...
El consuelo nacía de un contacto claro y vivificante que ordenaba a los labios acariciar sus mejillas humedecidas por las lágrimas. El encuentro de las bocas fue sólo cuestión de tiempo, apenas perceptible al principio, cálidamente demorado más tarde.
No sabría decir cuándo había comenzado a besar con una especie de devoción nunca sentida aquel cuello delicado, o por qué las manos recorrían su espalda presas de un ansia que no requería explicación. Las lágrimas mojaron la camisa mientras el silencio envolvía la escena y su rostro se mostraba, avergonzado, surcado por aquella corriente que mojaba los labios y colgaba después del mentón suave y redondo.
Las miradas de los dos se transformaron en todo cuanto existía en aquel instante de la vida y ya nada pudo parar el deseo en las bocas unidas por un apetito repentino y voraz. Había en ellas una promesa de sonrisas cuando nos separamos y retomamos la dulce tarea ya con más atención y menos vehemencia.


Sus labios aceptaron sin condiciones el delirio cuando las manos volaron sin pensarlo a su pecho y luego fue la boca quien quiso poseerlos y dictó la sentencia de vencer aquella insufrible separación de cuerpos.
Como borrachos asaltamos la habitación. No existía nada que no fuera aquella piel tersa que subía y bajaba en una llamada que debía ser atendida a costa de cualquier cosa. La puerta golpeó la pared mientras nos precipitábamos sobre la cama y las bocas se buscaban poseídas por algo mágico e incontenible. Sus ojos negros y encendidos proclamaban la imperiosa necesidad de hundirse en ellos hasta perder la vida. Las manos comenzaron a buscar todo cuando obstáculo se interponía entre las pieles ávidas. En su boca una sola palabra repetida dulcemente una y otra vez.
- Ven, ven...
El sujetador se negó a desvelar sus secretos hasta que ella misma acometió la tarea, sin dejarlo caer. La prenda se deslizó apenas sobre la piel blanca, marcando los límites a los que el sol acostumbraba a llegar mientras repetía su escueto mensaje con dulzura.
– Calma...
Convencido por fin de que aquello no era una ilusión, rendido por fin a su mensaje, dejé que el tiempo transcurriera apenas en suspiros y roces leves en el reino del tacto. Recorrer su desnudez blanca con los ojos, las manos o la boca.
Dispuesto a convertir aquello en un juego infinito me vi de repente bajo su cuerpo. Una de sus manos bajó hasta el centro del universo palpitante, tomó posesión de lo que deseaba y elevando las caderas lo engulló mientras sus párpados se cerraban y la boca iba abriéndose despacio, conformando un abismo colmado de delicia.


No era dado saber qué era aquello que sentía cuando sus pechos blancos y colmados danzaban sobre mí mientras mis manos recorrían sus caderas y su vientre redondo. Poco después su cuerpo entero se abrió al infinito y liberó una especie de estertor con una expresión asombrada que vivió un tiempo incalculable y murió tan lentamente como la llamita leve de una vela exhausta. Aquella corriente me recorrió entonces violentamente, tensando los músculos del estómago hasta alzarme a su rostro donde sucedió una explosión magnífica que estaba en todas partes y lo llenaba todo. Nació su sonrisa, algo triste, y la mía después. Aquel abrazo duró una noche entera.






  * 

miércoles, 11 de agosto de 2010

Cap. XVI


D
esperté sobresaltado cuando apenas las luces del alba comenzaban a inundar la habitación en penumbras. Enseguida se hizo notar aquella calidez en la piel, como el rescoldo de la lumbre en el hogar. El contacto de mi mano en sus caderas desnudas negaba las alarmas que avisaban del peligro acechante, como cada día.
Aquello no pareció real hasta que la caricia me recorrió el pecho, el estómago, el vientre y el sexo, que se alzó ávido ante los dedos delicados. Me volví hasta encontrar el brillo cambiante de su mirada triste y pronuncié aquella sencilla frase.
- He de irme.
Tenía un rictus amargo en la boca cuando dejó que la espalda reposara plenamente sobre las sábanas mientras miraba el techo y emitía un suspiro apesadumbrado. Recorrer la piel blanca, subiendo y bajando entre el vientre y el pecho, sin prisas, al tiempo que su caricia se hacía más insistente. Casi sobresaltándome se encaramó sobre mí y encajándose la verga entre las piernas, desató una tormenta de movimientos rápidos y frenéticos que remataron en un largo gemido final. Cuando se detuvo, dos gotitas dejaron sendos y suaves impactos sobre el estómago.
Acaricié su cara notando la humedad en aquel silencio de amanecer prohibido, un instante antes de comprobar cómo dolía su abandono. Se vistió con rapidez y salió casi corriendo de la habitación. Las maderas delataron su deambular por la sala contigua, dejando un eco de ruidos domésticos indeterminados y aquel otro más rudo de la puerta al cerrarse.
Había dos trozos de pan sobre la mesa y una porción de queso amarillento. Después de asearme sin mucha convicción di cuenta del queso y uno de los panes y guardé el otro para el camino.

La escena de la habitación se parecía mucho a una despedida y la realidad de afuera recomendaba también seguir camino. Los recuerdos recientes en la piel de las manos recordaban mucho las angustias de un crío privado de su mejor juguete. En la vida se sufren muchos tipos de dolores. El de aquel momento era de los más lacerantes. La mañana se levantaba afuera envuelta en nieblas. El agua de una pequeña conducción de regadío circulaba creando un murmullo tranquilizador. La vi a través de los cristales con una pequeña azada en la mano. Apenas me miró un instante y después aplicó la pequeña herramienta entre los surcos.
En el exterior el frío producía un leve estremecimiento mientras moría la distancia entre la casa y aquel pedazo de terreno en el que la azada producía un murmullo pacífico. Estuvimos a punto de tropezar cuando se volvió sin advertir mi presencia. Evitaba mirarme, lo cual producía un sentimiento realmente doloroso, pero no se alejó. Cuando mi mano alzó su cara siguió mirando al suelo. Después se rindió.
– ¿Qué ocurre?
– Ya sólo sirvo para algún desahogo ocasional. Espero que al menos lo recuerdes con cariño.
Hay dolores que no pueden curarse con palabras. Quizás los ojos puedan dar más consuelo, así que la miré abierta e intensamente al fondo de los ojos negros. Algo llevó mi mano a acariciar su vientre y allí se entretuvo mientras los ojos se decían lo que los labios quizás no supieran decir.
– Esos pensamientos son para los viejos, no para ti.
Quizás una lucecita de esperanza brilló en aquellas brasas negras un instante. Luego acaricié su mejilla sin que ella correspondiera de ninguna manera concreta.
– He de irme, pero me gustaría volver a verte.
– Debes irte.
Acompañó la lacónica respuesta con un giro del cuerpo y se dirigió de nuevo hacia los surcos de tierra húmeda donde descargó el peso de la azada, quizás con cierta rabia. A punto de perderla de vista siguiendo el curso del sendero volví de nuevo la mirada y apenas oí el eco sordo del metal en la tierra.
Casi ni recordaba lo que me había traído hasta allí, pero el encanto de aquella humilde casa plantada en tierra de nadie se había instalado confortablemente, quizás porque echaba de menos aquella dulce sensación de lo doméstico. Y el recuerdo del tacto de aquella piel blanca convertía el recuerdo en un suplicio.
Avivar el paso para combatir el frío, y preguntarse inmediatamente a dónde demonios va uno. Qué cosas merecen la pena y cuáles no. Qué personas deben conservarse a costa de todo, que es justo lo contrario de abandonarlas. Algo protestaba en las entrañas, pero la actitud de la mujer había cambiado de una forma ciertamente drástica y eso inclinó definitivamente la balanza. No podía permanecer allí como si no ocurriera nada.





  * 

martes, 10 de agosto de 2010

Cap. XVII


S
e encendió una lucecita en el cerebro. La escopeta y los cartuchos. Aquella cueva. Convenía no descuidar aquel tipo de cosas.
Los senderos conocidos se entrecruzaron con otros que no lo eran tanto, devolviéndome poco a poco a la vida real, bien alejada de los quehaceres domésticos y de la calidez entrañable que significa la compañía de una mujer. Un paso tras otro y otro, durante horas, hasta que el sol en lo alto aconsejó deshacerse de algo de ropa.
Todo alrededor era apacible. Apenas se presentó a la vista uno de aquellos picos que el mapa marcaba como los lindes de aquel pequeño mundo, decidí descansar y dar cuenta del pan que me quedaba en los bolsillos. A eso siguió un ligero sueño poblado de recuerdos de piel blanca amenazados por algo intangible pero muy presente.
El fin del sueño coincidió con un vientecillo fresco que arrastraba las nubes sobre las cumbres de los montes, despertando aromas del mundo vegetal y aconsejando seguir la marcha de nuevo. Horas después, cuando la luz parecía dispuesta a claudicar, los perfiles de la cueva se dibujaron contra la incipiente penumbra. Una vez acomodado en el modesto refugio no hubo necesidad de mucho más que atrapar lo que quedaba del día con los sentidos.
Una lucecita hacía señales en algún rincón de la memoria, traviesa y pertinaz, como un vigía consciente de la importancia de su tarea. Los cartuchos. Los dedos tantearon en la bóveda de la cueva hasta que la culata de la escopeta se hizo notar con su tacto seco y rotundo. Los cartuchos estaban envueltos en papel, ni enteramente secos ni tan húmedos como para perder su utilidad.
El día siguiente me sorprendió con la luz ya alta.

Después de buscar algún resto de plástico para envolver cuidadosamente los cartuchos y sin nada que llevarme a la boca, puse rumbo a la choza con el paso vivo. Todo parecía tranquilo hasta que en un momento dado pareció tomar un tono de atmósfera irreal y desconocida.
Las lomas no se parecían a nada, o quizás todas eran iguales, los chopos estaban donde tenían que estar pero no me recordaban ningún sitio conocido y los pinares del fondo parecían sacados de un lienzo mediocre e impersonal. La sensación me pilló por sorpresa, sobrecogiéndome.
Sobre los jirones de niebla superviviente nubes altas y blancas, llenas de una luz molesta que no permitía observar claramente la posición del astro que debía estar más allá. Entre los montes corrían los ecos imposibles de un silencio espectral. Ni un pájaro llamando a su pareja, o denunciando la presencia del intruso.
Demasiado silencio. El olor del pecho blanco de Lola vino a la mente como una llamada de socorro. Sacudí la cabeza para ahuyentar las fantasías y me encogí tras una mata de arbustos, a una cierta distancia del camino.
La nariz se enfriaba rápidamente al succionar el aire del exterior buscando algún rastro en el vacío. Estalló un "pac" lejano, sordo y aislado como un náufrago, mientras cada milímetro de piel, huesos o músculos se ponía en tensión. Más silencio. Un vacío que se parecía mucho a la falta de oxígeno. Luego otro estampido. Pac. Pac. Pac.
Los ecos se multiplicaban ahora facilitando su localización. Ningún movimiento por los alrededores visibles. Comencé una carrera leve, procurando mantener las rodillas próximas al suelo, buscando la dirección de los ecos y un punto desde el que poder observar lo que ocurría. Volvieron a repetirse. Pac, pac, pac.

Luego lo que parecía alguna voz desabrida, apenas distinguida entre las corrientes de aire de los montes. El terreno descendió bruscamente encaminándome hacia un conjunto de rocas de granito desgastado por el agua y los vientos. Los ecos parecían llenarlo todo y estaba claro que los nuestros no disparaban así.
Por entre los pinos se hizo por fin visible la columnita de humo producida por una de aquellas armas, pero el objetivo de la cacería permanecía lejos del alcance de la vista, oculto por los accidentes del terreno. Esta vez la carrera hubo de hacerse cuesta arriba, arrancando jadeos agónicos a punto de culminar la cuesta.
Tumbado en el suelo alcancé las aristas de las rocas y el panorama se dibujó claramente más abajo. Cacería era el nombre más adecuado. Cinco hombres haciendo puntería sin apretar mucho el paso. Ante ellos el objetivo, moviéndose en zigzag en una huída más lenta de lo recomendable. En uno de aquellos cambios de sentido se hicieron patentes los cabellos largos, negros. Parecía muy cansada. Tras ellos un grupo de tres hombres aplicando una brutal paliza a alguien tendido en el suelo.
Las armas se alzaban en el aire y bajaban raudas hasta que la culata encontraba la carne indefensa y luego repetían el movimiento en una especie de paroxismo asesino. Por fin se alzó una leve nube de humo de uno de los rifles y pasados unos segundos llegó el eco. Pac. Aún aplicaron alguna patada al desgraciado antes de sumarse a la batida.
Aprovechando la ira que crecía dentro como una tormenta, ascendí lo que quedaba de subida mientras me hacía una composición de lugar. La liebre no tenía ningún futuro ante aquella pared. La ascensión acabaría enseguida con las pocas fuerzas que le quedaban a juzgar por la lentitud de sus movimientos.

Se detuvo tras un grupo de árboles, seguramente para recuperar el resuello, mientras los de atrás continuaban su marcha sin precipitarse. Uno de ellos levantó la mano y los disparos cesaron. El que iba en cabeza gritó ebrio de mal instinto y brutalidad.
– ¡Vamos a pasarlo bien, cariño!
Los de atrás rieron. Luego arreció una auténtica letanía de obscenidades. Imaginé lo que debía pasar por la cabeza de aquella mujer. Estaba más cerca, mirando desesperada hacia las alturas. Apoyada en un árbol, se hizo con el fusil que llevaba colgado en el hombro, lo cual significaba claramente que iba a plantar cara renunciando a la huída. Desde arriba observé las agudas puntas pizarrosas alineadas a su izquierda y enseguida supe que desde su posición no podía advertir que aquella era su única esperanza.
Volvió a mirar hacia arriba con una expresión de animal acorralado y la boca mostrando los dientes encajados. Abrió mucho los ojos al ver mi mano señalar repetidamente en dirección a aquellas aristas pizarrosas. Su rápida carrera delató lo que vale una nueva esperanza de vida. Parapetada tras las agudas aristas volvió a mirar a mi posición. Descendí unos metros para no ser visto por los perseguidores e hice oscilar la mano abierta en el aire adelante y atrás. Enseguida asomó el fusil por entre las aristas de la pizarra, en posición. Los de abajo se las prometían felices.
– ¡Me la has puesto bien gorda, cariño! ¡Ya voy!
Entre las obscenidades volvió a iniciarse la sucesión de disparos que esta vez no fueron atajados por el que mandaba. Los pinos crecían más apretadamente por donde bajaba tratando de controlar la furia que me ardía en el estómago. Fantasías de sangre invadían la imaginación hasta que la carrera trajo una cierta serenidad.

Parado tras de un árbol mientras contemplaba el cauto avance de aquella partida, reconocí en mi interior a alguien a quien no conocía. Como si una creciente sensación de fatalidad me convirtiera en alguien insensible. También al miedo. No temblaba. No vacilaba. Parecía invadido por una luz tenebrosa, fría y violenta, que guiaba mis pasos y ahuyentaba cualquier sentimiento de culpabilidad. Los sabía cobardes y eso me convertía en invencible. Pero la cautela no estaba de más, me dije mientras oía el primer disparo desde mi derecha. Uno de aquellos gritó y cayó llevándose las manos a la cara.
– ¡Le ha dado la hija de puta!
Una lluvia de balas enfiló su posición haciendo saltar esquirlas de pizarra en todas direcciones. Descendí tan rápido como pude aprovechando que concentraban la atención en la mujer. El que mandaba hizo una señal a los que iban a su derecha, que se desplegaron avanzando en mi dirección. Quien se siente fuerte suele descuidar la defensa.
Avanzaban sin protegerse, casi a pecho descubierto, víctimas de la furia más incontenible. El problema era que a aquel paso pronto íbamos a encontrarnos. Escoger una pieza, oculto entre un grupo de pinos y hacer diana en el imprudente, como en una tómbola de feria. El tipo se llevó las manos al vientre berreando como una res y sorprendiendo a los demás que detuvieron el avance y se pegaron al suelo. Sin duda estaban preguntándose qué pasaba, porque desde la acribillada posición de la mujer era casi imposible disparar.
– ¿Qué hostias ha pasado ahí?
Mientras el tipo se deshacía en un puro grito, ascendí un poco más por la pendiente del pinar para observar detenidamente sus posiciones. Uno de ellos se arrastró hasta el caído y contestó.
– ¡Le han dado al Chulo!
– ¿Quién?
– No lo sé.
Un silencio espeso se extendió poco a poco sobre el monte cubierto de arbustos. El olor a pólvora se adueñó del espacio mientras un vientecillo traspasaba las lomas haciendo silbar las ramas de los pinos. Conté mentalmente. Seis. Transcurrieron los segundos y luego los minutos. Aquella gente seguía pegada al suelo. Nadie daba órdenes y nadie parecía querer arriesgarse a salir ahora que las cosas se habían torcido. Estaban muertos de miedo.
Aquel mensaje irrumpió en mi cabeza sorpresivamente, quizás para darle sentido a lo que quería hacer. Descendí hasta llegar a la planicie, y una vez fuera del cobijo de los pinos, corrí como alma que lleva el diablo hacia los dos más próximos, después de observar que una pequeña elevación del terreno me protegería del fuego de los demás.
Estaba sobrealimentado y tenía el pánico pintado en el rostro cerúleo. Se echó el arma a la cara porque no tuvo la oportunidad de salir corriendo, pero el tembleque era tal que hacía pensar en un enfermo. Estaba a punto de levantar las manos pero no tuvo ocasión. Su compañero, un poco más allá, elevó la cabeza sobre el tronco que lo protegía y apuntó. Las hojas de los arbustos marcaron la trayectoria del proyectil que siseó en el aire unos instantes, mientras los del otro lado vociferaban.
– ¡Chusco, qué pasa ahí!
– ¡Hay un rojo aquí...!
La voz de Chusco no era de las que transmiten confianza. Me descubrí gruñendo como un animal mientras daba un rodeo y me lanzaba corriendo hacia su posición. No me esperó. Inició una carrera deslavazada para reunirse con sus compañeros del otro lado, pero en lo más alto de la elevación que les separaba algo le hizo tambalearse y caer después.

El "pac" característico llegó a mis oídos unas décimas de segundo más tarde, mientras en la posición de la mujer se alzaba una nubecita de humo. La cosa se les estaba complicando. Parapetado en lo más alto del pequeño altozano, y después de comprobar que seguían paralizados, grité como poseído por el diablo.
– ¿Habéis comulgado, fascistas?
Silbó una bala sobre mi cabeza, marcando la posición del que había disparado y luego muchas más. Cuando parecía imposible detener aquel alud de disparos volvió un silencio oscuro, enfermizo y el olor de la pólvora se enseñoreó de todo. Volver a gritar, dejando que la adrenalina pinte el mundo de rojo.
– ¡Es la hora de morir! ¡Vais a morir, cagados!
– ¡Que te jodan, ruso de mierda!
Era la voz del mandamás, pero no hubo nadie que la secundara. Se hizo de nuevo el silencio. Un grupo de aves huyó por el cielo dejando un rastro de abandono. Transcurrieron unos minutos hasta que uno de aquellos sujetos se movió y las zarzas que lo ocultaban fijaron el blanco. Sentí el golpe seco de la culata contra el hombro. Apenas unas hojitas bailaron en el aire y luego una mano reposó para siempre mientras el cuerpo rodaba apenas abandonado a la fuerza de la gravedad.
– ¡Se ha ido al cielo, fascistas.! ¡Rezad por su alma!
Algún tímido disparo respondió a la provocación. Mientras desplazaba la posición hacia la derecha, ocurrió algo que no tenía previsto. Dos de aquellos sujetos se lanzaron hacia la posición de la mujer. Resultaba imposible ayudar dada la distancia. Observé como se acercaban sin que saliera un solo disparo desde las agudas aristas pizarrosas. Se encogió el corazón cuando entraron los dos disparando en la pequeña fortaleza.

Entonces brotaron dos nubecitas desde un punto a la derecha, más elevado. Luego su voz se extendió triunfante y burlona por entre los pinos protectores.
– ¡Esperadme que os voy a enseñar como se llevan los güevos, acojonaos!
Tenía una voz atiplada, broncínea, que me recordaba algo familiar y al tiempo poco agradable. Bajó corriendo hasta nuestra posición desafiando las leyes de la cordura. Cuando buscaba un sitio más alto desde el que cubrirla, las dos liebres que se ocultaban poco más allá se incorporaron y levantaron las manos mirando en todas direcciones. Como no vieron reacción decidieron que era la oportunidad de su vida y pusieron pies en polvorosa.
Con cautela y sin dejarme ver más de lo necesario, busqué una posición más elevada. Desde allí la vi avanzar con el fusil dispuesto a la batalla. Ante nosotros no había más que el rastro de los que corrían en busca de refugio. Habría jurado que olía a excrementos.
Llegó a mi altura cuando estaba examinando la vestimenta por si hubiera alguna herida de la que no me hubiera percatado y efectivamente quedaba un rastro en una de las botas que hacía pensar en una bala. Me miró como quien mira a un miembro de la familia con quien se hubiera enemistado hacía tiempo. Tenía las facciones desencajadas y la mirada triste y furiosa al mismo tiempo. Unas profundas ojeras marcaban los ojos negros y curiosos. Aquella sensación familiar y al tiempo un poco molesta seguía rondando.
– Así que eras tú...
– ¿Nos conocemos?
En lugar de responder miró alrededor con aire desconfiado extrayendo de los bolsillos algo de munición que me entregó silenciosamente.

Debía ser su manera de dar las gracias. Después se le fueron los ojos por la planicie cubierta de monte bajo para terminar mirándome con una expresión aprehensiva. Recordando a su acompañante moví la cabeza de un lado a otro. No pareció impresionarse demasiado. Si acaso asomó a su boca un gesto de profundo cansancio.
Sin pensar lo que hacía pregunté quién era y luego lamenté haber hecho la pregunta. De cualquier forma, no hubo respuesta. Una mirada codiciosa se abrió paso hasta la pistola que llevaba atravesada en la cintura.
Los músculos protestaron doloridos cuando iniciamos la ascensión por entre los pinos. Pequeños signos de alarma nacían aquí y allá, como una huella mental del enfrentamiento difícil de olvidar. Pero poco a poco la vida animal recobró su pulso recordándonos que todo tenía un principio y un final. Ella caminaba delante, ni deprisa ni despacio, con la cabeza erguida y el fusil atento.
En un determinado momento, metió la mano en un bolsillo y extrajo una goma con la que sujetó la larga melena en una coleta que se ondulaba levemente al final. Reconocí inmediatamente a la mujer que abrazaba a Merche después del canje. Era muy suyo aquel gesto desconfiado y la mirada dura y concentrada.
Se detuvo a descansar sin consultar, sentándose en un tronco medio vencido en mitad del mundo de pinos. Cuando menos lo esperaba comenzó a hablar.
– Esto parece más tranquilo.
Apoyado sobre un tronco dejé que el cuerpo resbalar hasta quedar en cuclillas, sin atreverme a decir nada.
– Allá arriba es un infierno.
– ¿Asturias?
Asintió con la cabeza y continuó con su monólogo, transmitiendo la sensación de necesitar desahogarse de algo muy pesado de llevar.
– Tomaron el puerto casi sin oposición mientras la gente pedía armas en las calles. Luego todo fue un caos.
– ¿Y los demás?
– La columna de Camilo no debe andar muy lejos. O lo que queda de ella...
La conversación se mantenía en un tono de voz apenas audible, hasta el punto de que los pájaros y el mismo aire llegaban a impedir la escucha.
– Creo que esto se va a poner muy peligroso. Los que aguantan vienen para estos montes y los otros lo saben. Así que...
Por un momento pareció que estuviera intentando adivinar mis pensamientos. No hubo ninguna reacción especialmente significativa, así que al final tuvo que preguntar directamente.
– ¿Y por aquí?
– Como tú dices, más calmado.
Compuso un gesto de fastidio, como si lamentara dar malas noticias y luego preguntó si me había encontrado con alguna otra partida. Negué con la cabeza mientras me miraba con una expresión entre apesadumbrada y curiosa.
– Se te veía en tu salsa, ahí abajo.
No era admiración lo que dejaba entrever su tono. Más bien un cierto deje de reproche no disimulado.
– Si quieres un consejo, te recomiendo que no te dejes vencer por esa locura sanguinaria.
Quizás notó un gesto de incomprensión que la hizo continuar.
– Venancio me dijo un día que en realidad los más arriesgados buscan sin saberlo una muerte rápida porque no son capaces de soportar la perspectiva del día a día.
– No soy ningún valiente. Y tampoco un sanguinario. Lo hago de la única manera que sé hacerlo y... sencillamente, me dejo llevar. Hasta ahora no me ha ido tan mal.
No contestó. Me sentía algo intimidado con aquella mujer. Había una dureza clara y patente en su mirada, pero cuando hablaba parecía gozar de una extraña lucidez, como si todo aquello no pudiera afectar a sus entrañas, a su fondo de humanidad a salvo de cualquier vaivén.
Cuando se puso de nuevo en marcha la seguí un par de pasos por detrás. Me interrogó con la mirada cuando llegamos a un punto en que la masa boscosa se reducía drásticamente. La segunda cueva debía estar a un par de horas de camino y parecía razonable buscar refugio después de aquellos sobresaltos. Echar a andar delante de ella era la mejor forma de contestar.
El viento acudía a nuestro encuentro por la espalda, lo que solía producir cierta sensación de estar expuesto a algo indefinido que terminaba por poner a uno de muy mal humor. Ella no hablaba y el hecho de tenerla siempre detrás tampoco contribuía a tranquilizarme. Aquel sexto sentido de Merche en lo que concernía a su hermoso trasero volvió a la mente como un pequeño presente de alegría en medio de aquella difícil situación.
Las familiares siluetas de las lomas en torno a la cueva comenzaban a hacerse visibles cuando me llegó un sonido desde atrás y la vi agachada tras los arbustos con el arma lista. Un grupo de seis individuos caminaba por la vertiente contraria a buena marcha. Cruzamos la mirada con un gesto dubitativo. La columna superó la cresta de la loma acelerando la marcha, dejando un buen espacio de terreo entre cada unidad, y desapareció de la vista. La interrogué con la mirada cuando llegó a mi altura sin conseguir ninguna información.

Estaba claro que no estaba dispuesta a contarme su vida por capítulos. Ni ninguna otra cosa. Al cabo de una media hora de caminata llegamos a las inmediaciones de la cueva. Oculta tras un grupo de hayas observaba curiosa mis evoluciones mientras comprobaba que las marcas que había dejado en un par de sitios cerca de la entrada seguían donde debían estar. No era el caso. Una de ellas yacía justo ante la entrada y aquel no era el lugar que le correspondía. Aunque el hecho de aparecer en un sitio tan obvio descartaba la intención humana. Había huellas de pezuñas en el sendero, grandes y pequeñas.
Salí de la cueva después de abandonar el fusil contra la pared de granito, a tiempo de verla avanzar cauta y con el arma lista. Sus ojeras desmentían la indiferencia de la expresión distante y casi indiferente. Ya dentro del exiguo espacio se enredó con el cordel que corría por el fondo arenoso y lo siguió con la mirada. No pareció sorprendida cuando advirtió el grueso taco de madera atado a su extremo, pero preguntó.
– Tu alarma personal, supongo. Con el tamaño que tiene es difícil que falle.
– Los jabalíes me lo tiraron una vez en toda la boca. No me hizo gracia, pero el susto fue mucho peor.
Tenía hambre pero no comida. Como si adivinara mis pensamientos, echó la mano a la mochila y sacó un pedazo de pan que cortó con un cuchillo sin prisas. Luego un trozo de carne dura y oscura que me entregó sin hablar y algo para sí misma que no pude distinguir porque la luz comenzaba a ser escasa. Comimos en silencio.
Antes de que pudiera ofrecerle el improvisado colchón de agujas de pino del que estaba tan orgulloso, se hizo con dos montones de las que almacenaba al fondo del cubículo, los situó debajo de las caderas y de los hombros y se estiró sobre una corta manta cubriéndose después con la propia ropa.

Me sentí observado cuando tensé la cuerda sobre el taco de madera. Era un sistema sencillo pero eficaz. El taco quedaba colgado sobre una pequeña astilla encajada en una grieta de la pared y la cuerda permanecía tensa a una cierta altura del suelo. Cualquiera que invadiera el perímetro haría caer la madera sobre el cuerpo que reposaba debajo. En cuyo caso sólo quedaba aferrar la artillería y salir del agujero como una bala. Y esperar que no hubiera nadie esperando. Cuando volvía de comprobar la cuerda en el exterior, el rumor de una respiración lenta y acompasada invitaba al sueño.






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