sábado, 14 de agosto de 2010

Cap. XIII


U
n buen día comenzó a llover. Algo llevó mi pensamiento a la cueva donde había dejado la escopeta y los cartuchos. No recordaba haberlos protegido de la humedad. La mojada caricia caía sobre la tierra como un sueño largamente postergado. Los olores del mundo verde llegaban a través de la puerta abierta y un vientecillo fresco traía mensajes de los montes cansados de tanta sequía.
Corté un trozo de pan y la mitad de uno de aquellos embutidos rojizos y aromáticos cuidándome bien de cerrar el paquete para que aquel aroma no llegara más lejos de lo aconsejable. La lluvia caía tan fina y mansa que no se la podía oír, lo cual me privaba del placer del acostumbrado tamborileo sobre la cubierta, pero convenía también a la hora de evitar que una gran avenida de agua arrastrara las tierras secas y exhaustas.
El Sabio vino a aposentarse en una de aquellas rocas blancas como la nieve. Parecía tener predilección por aquella especie de cátedra, y por aquella razón le había adjudicado el sobrenombre. Se hizo en un segundo con los restos del chorizo que aterrizó a su lado, rechazando el cordel atado a su extremo. Luego se quedó mirándome de través.
Una miga de pan voló con su porción de corteza oscura hasta la base de la roca. Descendió sin demora abriendo las alas negras, devoró el regalo y miró de nuevo. Cada vez parecía menos intimidado por mi presencia, hasta el punto de permanecer en las proximidades días enteros mientras su pareja no venía a reclamar más atención.
La situación había mejorado en los aspectos logísticos en un grado razonable. La comida no faltaba y las provisiones económicas arrebatadas al elegante garantizaban una temporada a salvo de ese tipo de penurias.

Eso había contribuido, paradójicamente, a complicar mis pensamientos, porque tendía a permanecer en el mismo sitio más tiempo del que aconsejaba la seguridad. Parecía presa de las relativas comodidades. Después de reparar algunos pequeños problemas en la cubierta de la cabaña, había rellenado los colchones con agujas de pino hasta conseguir descansar con algo más de comodidad y tapado algunos agujeros en la pared con arcilla y material vegetal seco. Mientras repasaba el horizonte cubierto de nubes cenicientas terminó por imponerse la conveniencia de ponerse en marcha.
Comprobados los alrededores en busca de cualquier elemento que delatara mi presencia, emprendí camino con el recuerdo de Merche instalado en algún rincón del pensamiento y muchas incógnitas por resolver en relación con aquella mujer. La temperatura había descendido moderadamente y el terreno absorbía ávido el regalo del cielo. Siempre disfrutaba de aquella lluvia pacífica de una forma que poca gente parecía compartir. Aquella frescura vivificaba el ánimo y cubría las cosas de un halo limpio y fresco que servía para soñar.
Trabadelo apareció en la distancia difusa por la lluvia, con los tejados brillantes. El aire parecía contemplar la lluvia extasiado y ni se atrevía a soplar. Había demasiado gente en los campos, así que el rodeo se hizo necesario. Superado ya el pueblo, y medio melancólico a causa de los aromas de los fogones, descubrí marcas redondas sobre la tierra húmeda, entre los pinos. Huellas de botas con tacos altos, como las mías. La masa arbórea transportaba el canto de algún pájaro alegre por la llegada del agua y ni un ruido más. Me quité el sombrero, al que iba acostumbrándome poco a poco, para escuchar mejor lo que pudiera escucharse.
El cielo gris asomaba tímidamente a cierta distancia, donde finalizaba la suave ascensión.

Las huellas seguían presentes unos metros más abajo, si bien se hacían más difíciles de percibir dado que la masa arbórea llevaba a impedir en buena medida la llegada de la lluvia al suelo. El olor a tabaco se hizo patente al tiempo que algunas voces. Apoyé la espalda contra las cáscaras recias de un buen tronco y entonces el cuervo aterrizó en las ramas de enfrente y lanzó uno de aquellos gritos casi cómicos mirándome de perfil. Luego se dejó caer y desapareció planeando monte abajo. El eco claro de un carraspeo rompió el silencio de forma muy imprudente. Parecía estar en lo alto del promontorio, lo cual era lógico. Volvió a toser sin molestarse en disimular lo más mínimo.
Me desplacé hacia la izquierda hasta que pude distinguir su perfil desde detrás de la arboleda. Llevaba un sombrero de cazador y estaba de espaldas, lo cual equivalía a decir que no estaba interesado en absoluto en la tarea que le habían encomendado. En unos minutos las siluetas de sus compañeros se hicieron también visibles. Tres hombres sin uniformes, cobijados bajo una gran cúspide de pizarra, uno de los cuales fumaba continuamente. La conversación se interrumpía frecuentemente y luego comenzaba de nuevo.
- Ya les atenderán tus suegros, que pa eso están.
- Tú bien hablas.
- Pues si quieres dar la vuelta coge camino y déjate de quejarte.
- Ahórrate los consejos.
Aquel hombre fumaba con tal ansiedad que el olor del cigarrillo forzosamente se había hecho dueño del entorno. Sobre la pared cubierta de musgo reposaba una escopeta montada, pero no había rastro de más armamento. El que acababa de hablar se irguió de pronto dándome la espalda y rebuscó algo por los bolsillos después de tirar el cigarrillo y aplastarlo con el zapato.

Tenía la chaqueta completamente mojada sobre los hombros y en aquella posición me ocultaba de la vista de sus compañeros. Cuando volvió a sentarse tenía un fusil apuntando en su dirección.
- El vigía no es de los mejores que haya visto yo.
Estaban los tres apoyados contra el musgo de la pared rocosa mirándome con cara de acabar de despertar. El más lejano inició el gesto de coger el arma pero el brazo se quedó paralizado a medio camino y luego volvió a su posición original. Levantaron las manos sin que se lo pidiera. No parecían llevar más armas y tampoco la mejor ropa para la pertinaz lluvia. Señalé al puesto de vigilancia y endurecí la voz.
- Haced que vuelva.
El más viejo se irguió sin dejar de mirarme, metió los dedos en la boca y lanzó un silbido breve y agudo. A lo lejos, el otro contestó sin ninguna discreción.
- ¿Qué pasa?
- Ven aquí, castrón.
Indiqué que se sentara al que había silbado y esperé la aparición tras un grueso tronco y el arma enfilada. Llevaba un pequeña pistola colgando de la mano y no intentó usarla.
- Déjala en el suelo bien despacio y que te vea.
Depositó el arma sobre la hierba mojada y levantó las manos mientras le indicaba que se reuniera con los suyos. Era demasiado joven y no brillaba la inteligencia en aquellos ojos asustados. Tropezó con los pies del que le había llamado y a punto estuvo de caer, lo que le granjeó inmediatamente un insulto murmurado por lo bajini.
- ¡Espabílate, imbécil!
Con la pistola a buen recaudo y mientras se acomodaba entre los suyos, avancé hasta abrigarme bajo la gran roca.

Obedecieron a la señal conminándoles a desplazarse hacia la esquina, de forma que todos quedamos protegidos de la lluvia pero manteniendo una cierta distancia.
- De donde sois.
El más asustado casi empezó a hablar cuando el que parecía dar las órdenes le hizo un gesto y calló. Me miró fijamente y respondió él mismo.
- ¿Quién lo pregunta?
- Haz el favor de responder, que no estoy de broma.
Se tomó su tiempo, miró al fracasado vigilante con cara de asesino y empezó a hablar.
- Venimos de Asturias.
- Habrá alguna razón.
- La hay.
No parecía muy dispuesto a colaborar, cosa que no podía reprochárselo. Por otro lado, ni él tenía que decir la verdad, ni parecía recomendable creer nada de lo que dijera. Quizás había otras maneras de obtener información.
- Vacía los bolsillos, por favor.
Debió sorprenderle el sonido de aquella coletilla tan educada, pero quizás fue eso lo que le decidió a obedecer. Se irguió sin dejar de mirarme y comenzó a arrojar cosas a sus pies. Un paquete de cigarrillos envuelto sobre sí mismo, un mechero de mecha, un par de billetes arrugados y un pañuelo.
- El otro.
Esta vez se lo pensó mejor y no obedeció hasta que me miró tan adentro que me sentí casi desnudo. Tenía la expresión muy concentrada y un rictus en la boca que recordaba al miedo, aunque no parecía ni mucho menos acobardado. Cayeron al suelo una foto pequeña y un papel amarillento sobre el que distinguí enseguida las siglas impresas en letra negra.

Recogí el panfleto del suelo y lo leí por encima después de echarles una mirada e invitar al hombre a sentarse de nuevo. El papel animaba a resistir y anunciaba una asamblea en un teatro de Avilés un determinado día a las 7 de la tarde. Por detrás había algunas notas y un número de teléfono marcado a lápiz y escasamente identificable.
- ¿Sois de la UGT?
- Yo soy de la UGT. Estos son de mi familia.
- Vaciad los bolsillos, por favor.
Una vez suavizado el tono de las pesquisas, las miradas recuperaron cierta viveza. No era agradable ver el miedo en aquellas caras, pero tampoco podía confiar. Cayeron al suelo algunos otros objetos personales y una foto que desde la distancia me pareció representar a una joven. Señalé los bolsillos de las chaquetas y sólo afloró un pañuelo manchado de sangre y el forro de los exiguos bolsillos. Con el fusil apuntando al cielo me disculpé al tiempo que devolvía el panfleto.
- Lo siento. No son tiempos de confianzas.
Mientras recogían todas aquellas cosas, me fijé en el supuesto vigilante que parecía ciertamente aliviado y no pude evitar un sarcasmo.
- Sigue vigilando así y se te acabarán los problemas pronto.
- ¡Valiente cabeza hueca!
El que había hablado miraba decididamente y portaba un mostacho respetable, tanto por el tamaño como por la antigüedad. Debía estar cerca de los sesenta y soportaba un cierto sobrepeso que debía estarle abandonando por la fuerza.
- ¿Y se puede saber quién eres tú?
- No necesitas saber tanto.
Quedamos callados un buen rato, como esperando acontecimientos.
- Supongo que escapáis de esa gente.
- No son gente. Son alimañas cobardes y sanguinarias.
- ¿Qué te han hecho?
- No necesitas saber tanto.
Había un poso de amargura en la voz y fuego en aquella mirada. Los otros agacharon la cabeza. Interesaba saber qué había pasado allá arriba así que insistí por otro camino al tiempo que les informaba de lo que sabía para no parecer insensible.
- He tenido que huir como vosotros. No hay grandes movimientos por la zona. Se rumorea que todo el mundo está allá arriba pero no viene mal andar con cuidado porque por aquí hay algunos conversos con pocas agallas pero armados y con ganas de demostrar su valía a cualquier señorón.
Dejé transcurrir un momento en silencio y luego pregunté directamente.
- Me interesa saber qué ha pasado allá porque eso influirá en lo que pase después aquí. Si no te importa.
El hombre mantenía el panfleto entre las manos, dándole vueltas nerviosamente. Respiró profundamente un par de veces y luego arrancó a hablar.
- Están haciéndose con todo porque las jodidas autoridades tienen mucho miedo de entregar las armas.
- ¿Por qué crees que ocurre eso?
- Porque se temen que la gente no se conformaría con machacar a los fascistas. No hay con qué defenderse y estos señoritos están esperando que les saquen las castañas del fuego para volver a subirse al caballito. Y mucha gente no está por la labor.
- Pura lógica.
Quedamos callados durante un buen rato mientras los otros hablaban entre ellos. Les aconsejé bajar la voz y me miraron como se mira a los abuelos.

A veces tenía la impresión de estar cambiando hasta más allá de lo que podía reconocer. Se abrió un pequeño claro entre las nubes y el sol barrió el bosque dándole un aire fantástico.
- ¿Tienes algo de comer?
Aquella pregunta atrajo la atención de todo el grupo inmediatamente. Introduje toda la comida en el paquete donde guardaba los chorizos, reservando una rebanada de pan y algo de membrillo para la comida, y se lo entregué. Los más jóvenes casi se disputaban el banquete, pero el gesto del más viejo les calmó enseguida. Me miró con una expresión bien diferente de la que mostraba no hacía tanto tiempo.
- No sé como agradecértelo.
- No hay de qué. Creo que he vuelto a engordar.
Nacieron sus sonrisas provocando una sensación de familiaridad.
- Me llamo Gaspar y no sé si volveremos a vernos. Si es así, ya sabes donde tienes un amigo.
Le estreché la mano mientras se ponía en pie. Miraba derecho y apretaba la mano.
- Yo soy Lito. Nunca se sabe qué nos reserva esta mala vida.
Ya me alejaba cuando el jovenzuelo me reclamó tímidamente. La pistola volvió a su dueño mientras Gaspar miraba al horizonte con una interrogación en el gesto.
- Continuad derecho hasta pasar aquellos robles y luego bajad. Encontrareis pronto Trabadelo. Es mejor rodearlo sin que os vean. Luego seguid descendiendo hasta encontrar el río. Siguiendo el curso hacia abajo llegareis a Villafranca. Hay una buena tirada pero tenéis tiempo.
- De acuerdo. Suerte.
- Suerte.
Las voces de los jóvenes llegaron de nuevo hasta mí mientras la distancia crecía. No habían aprendido aún a amar el silencio. Probablemente tendrían problemas, pero ¿quién no? El sol iba y venía como un invitado poco convencido de la hospitalidad que pudiera recibir, pero la fina lluvia no cesaba.
Las casitas de cuento de Sotelo aparecieron en lontananza con sus penachos de humo subiendo perezosamente al aire. Me pareció más juicioso rodearlo por alguna razón que nacía más de la extraña luz del día que de un razonamiento más o menos elaborado. Quizás comenzaba a hacer caso de ciertos signos que no están escritos. O quizás me estaba convirtiendo en un maniático.
El terreno estaba surcado por sendas que aquella gente debía seguir para ir a los mil sitios que necesitarían atención, bien por cuidar del patrimonio, bien por solazarse en aquel paraje privilegiado. Uno de ellos me llevó hasta un lugar elevado desde el que poder vigilar las proximidades mientras reponía fuerzas. La lluvia arreció y no hubo más remedio que guarecerse bajo la exuberante copa de un alcornoque que debía haber asistido a cientos de lluvias y tormentas sin inmutarse. El impermeable terminó de evitar que los gruesos goterones acumulados en las ramas más altas me incomodaran.
Deposité el pan sobre unas hierbas fuera del vegetal cobijo para que se humedeciera y perdiera un poco de dureza y luego di cuenta de él y de la escasa ración de membrillo. Un semi sueño poblado de rastros de senderos y recuerdos de la infancia acompañó al descanso concedido antes de seguir camino. La mínima actividad de aquellas gentes dio la señal de partida. Prácticamente todo el pueblo estaba al alcance de la vista. Reconocí la figura de Germán apoyado contra el marco de la puerta en tranquila conversación con un hombre de buena estatura.

Siguió allí cuando su interlocutor dio término a la conversación y se encaminó hacia la salida. Un rayo de sol arrancó un brillo delator de los correajes negros sobre la camisa azul impoluta. Luego el contorno de las casas lo ocultó hasta que el jeep salió atronando el espacio con aquel zumbido destemplado. No recordaba haberlo oído al llegar, así que no quedaba más que deducir que llevaban allí un tiempo.
Imposible saber si aquel tipo había salido de allí o se había acercado a lo que fuera, pero el hecho de no haber oído aquel motor al llegar producía una sensación cierta de incomodidad. A cierta distancia, un viejo abrió la puerta y sacó una silla sobre la que se sentó aprovechando el amparo del alero del tejado. Pronto recibió la visita de otro vecino de edad, que se sentó sobre un tronco rodeado de astillas y restos de leña portando un paraguas medio desvencijado. Todo parecía negar en aquel pequeño rincón la realidad de los acontecimientos. Germán desapareció tras la puerta haciendo nacer un oscuro temor, con causa o sin ella.
Se había acabado la comida. Mi condenado romanticismo hizo nacer un gesto de fastidio que terminó con un encogimiento de hombros. Nunca se sabía que era mejor o peor. Algo me decía que aquella débil llovizna era el anuncio de aguas más contundentes. Encajado el sombrero sobre los cabellos mojados, y con el impermeable sobre los hombros emprendí camino a Páramo, el último lugar donde quedaba el recuerdo cálido y contundente de aquellas caderas redondas como un queso fresco y codiciado. El viento cambiaba de dirección cada poco tiempo confirmando que la climatología no iba a ser una ayuda en las próximas horas. Los contornos de los montes iban confirmando mis pasos, a veces por la presencia de alguna cumbre lejana y a veces por la caprichosa disposición de los pinos, o los recodos de los senderos que siempre procuraba dejar a cierta distancia.
El vuelo del impermeable dificultaba el paso en los tramos de bosque más tupidos, lo cual se sumaba al calor que llegaba a producir con la caminata. Las ramas de aquellos seres inmóviles e impertérritos respondían al azote del viento como un mar de seres agitados por una danza incomprensible. Una ráfaga de aire se llevó el sombrero y lo dejó colgando de una rama rota para bajarla después violentamente con otra ventolada. Mientras lo recogía y arrojaba los restos de vegetación que habían quedado dentro, me dije que después de aquello iba a venir el diluvio. Debía quedar un buen trecho, así que por lo que pudiera pasar se hizo necesario inspeccionar el terreno con más detenimiento por si fuera posible hallar cobijo.
El viento comenzaba a aullar entre las vertientes de los valles y algunos goterones viajaban casi paralelos a la tierra haciendo blanco de cuando en vez en las mejillas y dejando una huella fría en las perneras del pantalón que el impermeable no conseguía cubrir.
El camino conducía ahora a una zona completamente expuesta que era mejor evitar, de manera que fijé la imagen del picacho que se levantaba a mi izquierda orgulloso y rodeé el claro. Enseguida apareció un sendero que no parecía usarse con mucha frecuencia.
Algunas de las plantas que lo invadían mostraban sin embargo la huella clara del paso de alguien, bien por haberse apartado del camino sin explicación aparente, bien por haber sido arrancadas sin más y abandonadas a escasa distancia. Era fácil seguirlo por lo rectilíneo de su trazado. A la derecha se elevaba el claro que había decidido rodear y a la izquierda crecían robles y matorrales de un tamaño importante. Caminé con el oído atento y el viento aullando y callando, siempre frente a mí.
Con el tiempo había nacido la costumbre de mirar hacia atrás de improviso, a fin de sorprender a algún posible perseguidor.

Tras las huellas sólo quedaba el baile loco de las ramas. Cuando la vista volvía al frente un contorno anguloso se destacó al contraluz un poco más abajo. Tal como se estaba poniendo la cosa era una clara invitación. Las botas se deslizaron en un par de ocasiones sobre el suelo resbaladizo a causa de la lluvia hasta que el terreno se empinó aún más obligando a asegurar un paso antes de dar el siguiente. Había un aroma extrañamente familiar en el aire, pero no era fácil identificarlo. Finalmente hubo que retroceder para salvar un desnivel del terreno, con las formas de algún refugio humano ya a la vista. Ni un solo ruido más allá de los producidos por la naturaleza.
Alguien había trabajado duro en aquel pequeño rincón. La pared mostraba la huella del pico y la pala, a pesar de hallarse ya cubierta por un fino manto de musgo y hierbas de mil tipos diferentes. Se había allanado una pequeña parcela para dar cabida a la choza, de aspecto ciertamente robusto y prácticamente cubierta por la vegetación. Nada a la vista que mostrara la entrada .
Cuando me percaté de lo que pasaba estaba dando tumbos monte abajo. Detuvo la caída un tronco que me dio la bienvenida con un tremendo golpe en los riñones. Nació una imprecación que sonó extrañamente sobre el zumbido del viento. Desde allí sí se distinguía la entrada del casetucho a la que sólo se podía acceder a través de unos escalones labrados sobre el terreno que había cedido en el punto en que había apoyado el pie mientras miraba en otra dirección.
Nada importante parecía haber ocurrido a mi alrededor, salvo en lo concerniente a los riñones que reclamaban alivio. Hubo de limitarse éste a unas someras friegas que tampoco aliviarían el previsible dolor futuro. Seguía oliendo a algo terriblemente familiar que hacía brotar la saliva en la boca. Llegó el momento de inspeccionar la escalera de acceso y la pequeña puerta. Habían colocado un sencillo travesaño giratorio que encajaba entre los troncos y otra madera clavada sobre ellos al efecto. Por una rendija entre las gruesas piezas de madera podía examinarse el interior iluminado débilmente a través de las juntas. Me introduje sin más en el habitáculo.
Bajo un par de mantas extrañamente limpias apareció un buen montón de mazorcas de maíz. Cuatro o cinco pasos por apenas tres de fondo era todo el espacio disponible, parte del cual estaba ocupado por las herramientas presumiblemente utilizadas para construir la choza.
La lluvia empezó a arreciar afuera revelando las carencias del refugio. El agua penetraba a través de las juntas por donde el aire soplaba sin clemencia y las goteras del techo se hicieron presentes de inmediato. Apenas quedaba una hora de luz, lo cual hacía poco aconsejable aventurarse a buscar un sitio más resguardado. Allí no había más que cachivaches, alguna leña no demasiado seca y un montón de sacos que curiosamente sí lo estaban. Era un rincón como otro cualquiera donde pasar la noche. Un par de mazorcas de maíz expuestas a la lluvia servirían de cena.
Olía a callos. Ni más ni menos. Aquello implicaba presencia humana bien cerca, pero con la noche que quedaba no parecía constituir ningún riesgo. Acabada casi la segunda mazorca y con la boca llena de una pasta poco sabrosa pero perfectamente comestible, con el impermeable por encima y estirado cuanto era posible sobre los sacos extendidos, coloqué el fusil a mi alcance y me entregué a un duerme vela que siempre debía soportar cuando dormía en algún lugar desconocido. Los sueños se poblaron de figuras absurdas, olores de pino, correajes bruñidos y amistades que vagaban por la memoria como fantasmas huidos a otros mundos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Cap. XIV


D
e repente estaba allí, con la cara entre las manos, los ojos desorbitados por el pánico y las piernas dobladas a punto de ceder. Su mirada aterrorizada ante el punto de mira mientras se hacía presente poco a poco aquel grito espeluznante que había puesto punto final a los sueños. El sentido de las cosas volvía lentamente al cerebro mientras aquella figura desencajada esperaba que ocurriera lo peor. La débil luz de la mañana se filtraba por la portezuela entreabierta mostrando un mundo empapado y brillante. No había signos de actividad fuera de la choza.
- ¿Hay alguien más ahí?
Negó con la cabeza, con las manos tapando la boca y la nariz y los ojos suplicando clemencia. Aquellos ojos grandes y redondos no me eran desconocidos del todo. Llevaba una pañoleta en la cabeza recogiendo el pelo, un mandil con flores azules y blancas sobre un fondo verde y una larga chaqueta de lana. Miré hacia el exterior por entre las juntas de los troncos. No ocurría nada pero aquel grito tenía que haberse escuchado en mucha distancia por los alrededores. No parecía dispuesta a hacer el más mínimo movimiento en toda la eternidad, así que salí e inspeccioné los alrededores con cierta aprehensión. La vaguada sólo permitía la circulación del sonido en dos sentidos, lo cual reducía el riesgo a la mitad, pero no era poca cosa. Entré de nuevo. Seguía en la misma absurda postura y presa del pánico.
- Vamos, no tengas miedo. No voy a hacerte daño.
Por fin sus piernas parecían obedecer de nuevo. Se irguió, miró hacia el suelo y sus manos bajaron juntas hasta quedar paradas y juntas sobre el pecho. Tenía el vientre abultado o eso me pareció. Aquellos ojos asustados parecían esforzarse por recordar y definitivamente no era la primera vez que los miraba..
- ¡Lola!
Mientras el asombro le hacía abrir los ojos de nuevo como platos, yo examinaba aquel rostro redondo de ojos demacrados y recordaba sus idas y venidas en la tienda de San Miguel a donde acudía con cierta frecuencia cuando trabajaba con el finado Herminio. No era una mujer simpática o quizás el tener que atender a toda aquella gente, no siempre educada, le había agriado el carácter. Muchos codiciaban aquellas formas rotundas de hembra por lo demás trabajadora y seria, pero nada proclive al acercamiento de toda aquella corte de pretendientes. Enseguida recordé la conversación en la tienda y su paso forzado por la fábrica donde nadie sabía exactamente qué había ocurrido. Pensarlo y volver a mirar su vientre redondo fue toda una.
- ¿Me.... conoces?
- ¡No voy a conocerte! ¿No sabes quién soy?
Meneó la cabeza hacia los lados, negando. No debía ser fácil reconocerme. Llevaba la barba crecida, y debía estar muy delgado. El atuendo tampoco la podía ayudar precisamente.
- Vamos, mujer. Soy Lito, el de Castor.
Suspiró profundamente, con los ojos cerrados y se derrumbó casi sollozando sobre la pila de leña que amenazó con venirse abajo.
- ¡La madre que te parió el susto que me has dado, hijo de puta!
No había respuesta posible y tampoco ayudaría mucho. Se fue serenando poco a poco, mirándome de hito en hito, mientras componía de nuevo la postura. Nació una tímida disculpa.
- Lo siento. Ese grito asustaría a un ejército. No pude evitarlo.
Recogió un par de piezas de leña que se habían desplomado de la pila, se alisó el mandil y comenzó a pasar la mano a lo largo de los muslos nerviosamente con la mirada perdida en algún punto del suelo.

No recordaba que hablara demasiado y nunca me había demostrado confianza ni mucho menos, así que estábamos los dos en ese típica situación en que las cosas tardan en mostrarse.
- Vaya por dios... Bueno, lo siento yo también.
- No has podido evitarlo, mujer. Lo comprendo, pero me preocupa.
- ¿El qué?
- Ha debido oírse a kilómetros.
Dedujo lo único que podía deducirse y lo demostró con una mirada aprehensiva.
- Bueno... no hay mucha gente por aquí. Páramo no está tan cerca y la gente no trabaja hoy. Es domingo.
- ¿Ah, sí?
La percepción del tiempo andaba ciertamente trastocada, aunque no había nada dentro de mis actividades que pudiera verse perjudicado por tales circunstancias. Lo mismo daba que fuera domingo o fin de año. Permanecimos un rato en silencio. Terminó de tranquilizarse, o eso me pareció. Cuando preguntó de nuevo tenía los brazos cruzados bajo el pecho y una mirada curiosa.
- ¿Y qué haces tú en esta situación si no es mucho preguntar?
- Es una historia larga y complicada...
- ¿Fuiste tú el del tiroteo de Vega? Ha habido tantos rumores que no sabes nunca quien dice una verdad.
El hecho de que planteara la pregunta con aquella franqueza dejó claro que no la hacía con mala intención, y por otra parte era patente que no podía tener simpatía por quien se había llevado a su hermano, por no hablar de su propia y misteriosa historia, quizás ya no tan misteriosa.
- No tuve alternativa. Era él o yo.
- ¿Él? Se dice que hubo cinco muertos. Bueno, cuatro y uno que iba muy mal y no sé qué habrá sido de él.
- Yo cargo con uno y me llega bien. Los otros fueron cosa de ellos y del pobre del Herminio.
- ¿Tú mataste al fascista aquel?
Tenía algo muy parecido a la admiración dibujado en la expresión, al tiempo que un rictus en la boca que denunciaba un resentimiento que no podía disimular. No me gustaba que me mirara de aquella manera.
- Lola, esto que está pasando no es bueno. No se puede andar por ahí matando gente como si fueran conejos. No está bien.
Lo que mostraba su cara no era pena. Me estaba mirando como si fuera el centro del mundo y no me gustaba. Repasaba mi fisonomía como si fuera alguien importante, hasta el punto de hacerme mirar al suelo de pura vergüenza. Cuando me di cuenta me estaba empujando suavemente fuera de la choza.
- Anda, ven.
La vi bajar las resbaladizas escaleras con una rara habilidad antes de recoger las cosas y seguirla. La luz casi hacía daño allí afuera. La tierra estaba empapada y despedía un aroma a hierba fresca y recién lavada. Miré con aprehensión hacia todas partes. Aquel grito terrible parecía sonar aún en mi cabeza y hacía presentes mil amenazas reales o imaginarias. Ella caminaba unos pasos por delante volviéndose de cuando en vez para comprobar que la seguía. Recorrimos durante un cierto rato un caminillo que subía y bajaba sin parar, serpenteando entre el arbolado, cada vez más espeso. La niebla se colaba a veces entre los troncos siguiendo el curso del aire y bañando todo de una humedad que despertaba los sentidos.
Ascendimos una cuesta y me llegó su olor a sudor fresco.

Llevaba los brazos cruzados apretando contra el cuerpo la larga chaqueta de lana que terminaba marcando sus caderas redondas al andar. Debía llevar un buen rato extasiado por la perspectiva cuando ella volvió la cabeza y sonrió. A veces me enfurecía ser incapaz de controlar aquel tipo de cosas hasta llegar a caer en la evidencia. El bosque se hacía más y más espeso cuando tras un pequeño recodo aparecieron un par de casas encajadas en la ladera.
Algunos cristales habían sido sustituidos por materiales poco vistosos, pero las cubiertas parecían estar en buen estado, así como las puertas y ventanas. Las dos tenían una larga galería protegida por balaustradas de madera recia con algunos desperfectos en la pintura.
Introdujo la mano profundamente en una abertura de la pared y la puerta cedió. Entré tras ella notando inmediatamente el calorcillo de la cocina. Me extrañó no haber visto signos de humo en el exterior. La estancia era amplia y sencilla. Apenas una mesa en el centro con cuatro sillas y un hule de cuadros blancos y negros, un chinero oscuro y muy bien conservado y un escaño más claro sobre el que se había colocado un jarrón con algunas flores. Una sola ventana junto a la puerta y dos puertas en las paredes adyacentes.
Desapareció por una de ellas después de desprenderse de la chaqueta y señalar una percha con un pequeño estante sobre el que se apilaban algunas prendas menudas.
La chaqueta descubrió que mi sudor no era tan fresco como el suyo y dudé si volver a encajármela, pero aquel calor resultaba excesivo. La ventana ofrecía una vista amplia del camino que nos había conducido hasta allí. Algún rayo de sol empezaba a superar la barrera de la espesa niebla. Casi me sorprendió cuando volvió a aparecer.
- ¿Quieres asearte? ¡Huy, qué tonta! Ven y siéntate.
Mientras me preguntaba por qué había dicho aquello la vi rebuscar en el chinero. Me acomodé en una de las sillas y entonces un queso blanco y redondo aterrizó sobre el mantel blanquiazul. Luego una hogaza de pan oscuro. Se me hizo la boca agua y ella debió observar la expresión porque se rió quedamente mientras dejaba una jarra de porcelana al lado de la fuente. El olor del vino se me antojaba siempre como un regalo de algún mundo aparte.
- Come mientras voy a buscar la ropa.
En cuanto salió cambié la silla de posición para poder observar el sendero. Parecía irreal encontrarse en aquel ambiente hogareño, con la cocina crepitando y el calor impregnándolo todo como un abrazo amigo. En el cajón de la mesa reposaba un gran cuchillo con el que corté un par de rebanadas de pan. El queso sabía fuerte y ácido, pero enseguida me acostumbré. La luz bailaba en la habitación a medida que el sol se colaba por las ventanas en un haz de luz que la niebla abría y cerraba caprichosamente.
La ventana próxima a la puerta reveló de nuevo su presencia. Entró dejando espacio a un balde de zinc del que sobresalían las mangas blancas de alguna prenda. Debía haber algo en mi expresión que la obligaba a sonreír continuamente.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
Siguió sonriendo y no contestó. Las maderas del piso protestaban por su peso y las puertas anunciaban siempre sus idas y venidas.
- ¿Ya has almorzado?
- Claro. Me levanto muy temprano. No hay muchas distracciones aquí, así que me voy pronto a la cama.
Algunas preguntas estaban a punto de nacer cuando ella se echó a hablar haciéndolo innecesario.
- Seguro que te preguntas qué pinto yo aquí.
Se acomodó en una esquina del escaño después de retirar las flores y sacar de allí un bolsito de punto con agujas y material de calceta.
- Aquí vivió mi abuela mucho tiempo, según cuenta mi madre. Mi abuelo murió demasiado joven y ella nunca quiso irse de aquí cuando él faltó.
Era agradable observarla mientras hablaba y disponía las agujas bajo los brazos tirando del hilo que caía colgando hacía la madera del piso. El vientre se dibujaba ahora redondo bajo el mandil. Aquella pregunta estaba prohibida. Volvió a mirarme y a sonreír. No era bella, pero había algo en aquella mirada que atraía. Seguía bailándole en los labios aquella sonrisa traviesa cuando pareció adivinar mis pensamientos.
- Llenas la boca con demasiado. Es gracioso.
- Debo haber olvidado las normas de educación más elementales.
- No te preocupes, pero tienes todo el tiempo del mundo para comerte eso. No hay prisa.
Esta vez fui yo el que sonreí. Pasó el vino demorándose por la garganta mientras un rayito de sol se abría paso iluminando las paredes blancas.
- ¿Has sabido algo de tu hermano?
Las manos detuvieron su baile en torno al hilo de lana durante un instante. Su voz sonó después como si procediera de una persona distinta, con un timbre distante y amargado.
- Es mejor no esperar ya noticias suyas.
Dejó caer los brazos sobre los muslos con un gesto abatido. La luz exterior bailaba en la ventana sobre el filtro de la niebla. Tenía las rodillas redondas y blancas. El resto de sus extremidades iba cubierto por largos calcetines de un color beige desvaído. Aquella expresión de resentimiento invencible asomaba de nuevo a su boca.
- ¿Sabes lo que hacen? Los meten en esos siniestros camiones y los llevan bien lejos, donde nadie pueda reconocerles. Y ya no vuelven.
- ¿Y tus padres?
- Allá han quedado.
Volvía a pasar las manos por los muslos nerviosamente, mientras miraba hacia la extraña luz de afuera.
- Hace tiempo que no sé de ellos... y no sé si quiero saber. Quizás es mejor dejarles tranquilos. Ya han sufrido bastante y esto sería ya más de lo que podrían soportar.
No procedía intentar aclarar el significado de aquel "esto". Siguió mirando ensimismada hacia la luz blanquecina del exterior y luego su mirada vagó por la estancia en silencio y su mano recorrió despacio el vientre abultado y redondo. Se levantó de pronto como queriendo espantar algún fantasma interior y su expresión cobró incluso cierta alegría.
- Voy a calentarte un poco de agua.
- No hace falta que te molestes.
- No tienes idea de lo fría que está.
El queso, el pan y el vino habían desaparecido como por arte de magia, pero el sopor que me invadía delataba muy claramente a donde habían ido a parar. La oí salir y decidí abandonarme al sueño confiado en que me avisaría si ocurría cualquier cosa. En realidad tenía la sensación de que era imposible que nadie llegara a aquel rincón perdido. Soñé con un patio amplio y un pozo y una plantación de legumbres de tallos altos y verdes. Mi padre llegaba de trabajar montado en una bicicleta grande de un color rojizo. Cruzaba la cuneta poco profunda y los muelles del sillín emitían una queja extraña que anunciaba su llegada. Estábamos a punto de comer, todos en torno a la mesa, con la pota de caldo en el centro despidiendo un olor a grasa de cerdo . Entonces me vencía el sueño hasta que aquella mano me rozaba los cabellos y...
La caricia había sido real. Aún permanecía el rastro de aquel tacto cuando me habló.
- Te he dejado agua caliente en el cuarto de baño. Sobre el lavabo verás jabón y una esponja. Aséate tranquilamente.
Se le había dulcificado el gesto y miraba con un deje de ternura contenida que me resultaba tan embarazoso como aquella expresión admirativa que había contemplado mientras hablábamos. Señaló al fondo de un corto pasillo mientras me levantaba. Había un balde de agua caliente sobre la taza del váter y a la izquierda un pequeño lavadero bajo.
A mi derecha estaba el lavabo con el jabón amarillento y una esponja que parecía nueva. Mientras los recogía redescubrí mis facciones, ahora magras y con la piel morena y tirante. No habría manera de arreglar la crecida barba, pero aquello podía esperar. No fue agradable descubrir la gran diferencia que había entre el aroma del jabón y el olor rudo y penetrante que despedía la ropa interior. Pero no tenía mucho sentido lamentar lo que no podía evitarse.
Una sensación de alivio abrió los poros cuando el agua recorrió la piel llevándose aquellos olores viejos y las huellas del polvo y sudor antiguo. La toalla tenía un tacto áspero pero eficiente. A punto de salir del pequeño lavadero tropecé con su mirada en el espejo. Miraba hondo y como paralizada, apoyada en el marco de la puerta de entrada a la casa. Llevaba un montoncito de leña seca apoyada en la cintura. Continué secándome sin dejar de mirarla, con la sensación de que los ojos no obedecían las órdenes del cerebro.
La oí trajinar por la cocina preguntándome que pasaría por aquella cabeza después de haber pasado por lo que había pasado.

Después entró en el cuarto de baño con ropa en la mano.
- Pruébate esto.
Cuando cerró la puerto se hizo obvio que había sido yo quien había olvidado hacer lo mismo en su momento. Subió una fuerte sensación de calor a las mejillas antes de maldecir aquella maldita falta de atención. Me estaba afectando más allá de lo razonable la vida de lobo. De cualquier forma no parecía afectada, o no en la manera que suponía.
La ropa se acomodaba razonablemente bien, con excepción de un chaleco de punto que resultaba muy ajustado. Los calcetines transmitían un picor algo molesto pero se agradecía de inmediato su calor y la blancura del calzoncillo y la camiseta era todo un regalo. Los dedos limpios jugaron entre los cabellos largos y aún húmedos antes de contemplar aquella imagen en el espejo. Resultaba imposible reconocerse.
La encontré repasando vigorosamente las botas con betún negro y un cepillo que liberaba un rumor rudo y pertinaz caba vez que pasaba sobre el cuero. Esta vez era ella la que parecía un poco avergonzada. Se concentró en lo que hacía mientras yo repasaba mi nuevo aspecto.
- Uf, es mejor dejar que se aireen lo más posible.
Abrió la ventana y las depositó en el alféizar. Apenas había nacido una sensación de alarma cuando las disimuló colocando ante ellas unas tablillas. Parecía acostumbrada a vigilar ciertos detalles. De repente me invadió un sentimiento de gratitud que no me cabía en el pecho y necesitó liberarse en forma de vocecita tímida y apenas audible.
- Te lo agradezco.
Como si temiera hacerme daño, sonrió y desvió la vista , antes de dirigirse a la habitación y abrir la puerta. Sentí un pudor repentino que se evaporó cuando continuó hablando.
- Creo que te voy a cobrar el favor. Hay algún pequeño arreglillo que no he sido capaz de rematar. Las alturas son algo que no puedo soportar. ¿Podrías?
Lleno de satisfacción por poder corresponder a tanta atención, me fui informando de la tarea. La mujer no tuvo reparos en ponerme al corriente de lo que resultaba más acuciante, si bien era fácil suponer que no estaba contándolo todo. La casa no era ni mucho menos pequeña.
Cuando me condujo a la habitación volví a sentirme expuesto a algo que no sabía identificar. Había daños en la cubierta, aunque no parecían muy importantes. Las ventanas había acusado también el paso del tiempo y las bisagras sufrían penosamente el peso de la madera y el ataque del sol y la humedad.
Me procuró las herramientas de que disponía y se despidió.
- Tengo que seguir con mis tareas. Si me necesitas estoy ahí abajo, a la vuelta.
Comenzaba a gustarme aquella sonrisa y algo por dentro parecía estar reconociendo de nuevo al Lito que era antes. El resto de la mañana transcurrió entre viajes al desván de la casita y viajes al exterior para obtener arcilla de buena calidad y restos de arbustos secos. Ella aparecía de cuando en vez trayendo o llevando cosas, sin hacer comentarios pero fijándose bien en lo que veía.
La niebla desapareció a media mañana dejando a la vista un cielo de un azul espeso y profundo y algunas nubes altas. Todo cuanto de horrible tenía la vida en aquel momento parecía haber huido de aquel recóndito rincón.
Se hizo necesario acceder al desván con ayuda de una escalera que hubo de ser colocada encima de la mesa. Algunas de las pizarras se habían abierto por la caída de alguna piedra de la ladera.

La paja seca que ella guardaba en la casa aledaña, que parecía utilizar a modo de almacén, sería suficiente para impedir la entrada del agua. Aquel iba a ser un curioso tejado, pero la estética era lo menos importante. Algunos desperfectos de la pared, junto a las ventanas recibieron la ayuda de la arcilla y luego fueron las bisagras las que hubieron de ser ajustadas a base de pura fuerza, porque la madera de los marcos resultaba asombrosamente dura. Las escuadras habían soportado razonablemente bien el sol y las heladas, y parecían cumplir su cometido.
Estaba limpiando el canalón que evacuaba el agua de la cubierta cuando ella entró con un caldero lleno de patatas, sin mirarme. Al poco una amplia chimenea comenzó a delatar la actividad de la cocina dentro, si bien había que fijarse con detenimiento, porque la amplitud de la salida disimulaba perfectamente la emisión de humos. Una cierta inquietud obligó sin embargo a hacer la pregunta.
- ¿Está la leña bien seca?
- Absolutamente. Yo también me escondo.
Aquella dichosa pregunta pugnaba por abrirse paso. Estaba a punto de encaminarme a la casa de al lado, cuando pasó con un pequeño balde de ropa.
- Es tuya, así que bien podías echarme una mano.
Caminó delante mientras me decidía a seguirla. El sendero conducía a un pequeño claro donde el aire circulaba con más intensidad. Preocupado por el hecho de que aquellas piezas blancas pudieran verse desde la distancia, miré hacia el horizonte, pero las lomas rodeaban aquel pacífico espacio por todas partes. Decididamente sabía cómo cuidarse. El balde, no muy pesado, se acomodó a los brazos mientras ella colgaba las prendas de una cuerda basta de apariencia resistente. Ninguno de los dos hablaba.

El sol ascendía a su reino azul calentando el aire y los pájaros llenaban el espacio con sus llamadas y respuestas. Una vez terminamos me entretuve vagando un rato por aquellos senderos mientras ella regresaba a la casa.
Podía uno ser feliz en aquel pequeño rincón. O quizás la presencia de aquella mujer lo cambiaba todo. Casi comenzaba a asustarme aquella impresión. De vuelta a la casa, el aroma de la comida se hizo bien presente. Tenía un olor denso y se adivinaba entre los dientes como una tentación irresistible. Ella estaba concentrada sobre el fogón. Me senté sobre el escaño sin saber qué hacer, y entonces giró la cabeza con una tímida sonrisa asomando a la boca.
- ¿Quieres poner la mesa?
No había mucho donde buscar. El viejo chinero guardaba casi todo lo necesario para satisfacer el hambre. La vajilla tenía un color marfileño y una orlita dorada alrededor del perímetro. Los vasos eran altos y de un cristal grueso y oscurecido por el uso. Los coloqué sobre la mesa y extraje después los cubiertos del cajón de madera, intentando que el conjunto tuviera una presencia agradable. Compuse luego los detalles cuidando de no romper las simetrías, lo cual no le pasó desapercibido.
- Eres un perfeccionista. Mi madre no te soportaría.
Agachó la cabeza después de decir aquello, como si hubiera cometido alguna falta.
- No lo puedo remediar. Es como si me hubieran parido con tiralíneas.
Rió con ganas. Tenía los dientes blancos y bien dispuestos y una boca que recordaba a la fruta. Me miró, bajó la vista y ya fue imposible no recrearse en las sinuosidades de aquellos labios gruesos y frescos.
- Siéntate. Vamos a comer.
Cuando se me ocurrió que aquello podía pesar, ya ella había dejado la olla en el centro de la mesa. El resto de lo que necesitábamos llegó a la mesa mientras aquellos efluvios nublaban la vista y el entendimiento. Esperé a que ella comenzara y después disfruté del puro paraíso en forma de aromas y sabores que envolvían aquel simple guiso. Comimos en silencio sin poder impedir que las miradas se cruzaran de vez en cuando, ya con cierta naturalidad. El vino oscuro y espeso terminó de bendecir aquel milagro. También me animó a hablar.
- ¿Hace mucho que estás aquí?
- Me vine justo después del tiroteo. Apenas te fuiste algunos de aquellos empezaron a sacar a todo el mundo a la calle buscando no se qué. Mi madre me echó literalmente de casa porque tenía miedo de que...
Se le nubló la expresión y calló mientras una mano subía a la cabeza y ocultaba la mirada unos instantes. Algunas cosas deben echarse de dentro en algún momento porque de otra forma se pudren y te amargan hasta consumirte. Pero quizás era una cuestión de tiempo.
- Supongo que tienes tierra cultivada en algún sitio.
- Claro. De vez en cuando me traen algo de carne, pero prefiero no depender de nadie. Planto en un terrenito ahí detrás, un poco más allá del tendedero.
- La verdad es que se está bien aquí. Ya no recordaba este calor. Y de la comida ya ni te hablo. Es como volver a la vida. Por cierto que cocinas muy bien.
Sonrió y después la sonrisa murió despacio mientras la mirada quedaba perdida sobre algún punto de los cuadritos del hule.
- No si estás sola.
Se había quedado sólo con la primera parte de toda mi declaración. Sabía que tenía razón.

Lo peor no era la falta de aquellos alimentos, ni el hecho de tener que limitar la higiene a lo mínimo, ni la falta de una buena cama. Lo peor era no ver un alma en días y días y terminar hablando solo con el cuervo o con las hormigas. Lo mejor era quitarle importancia para ver si borraba aquella expresión tan triste de su rostro.
- Me he hecho amigo de un cuervo. Hasta hablo con él.
- Dudo que te escuche.
- No estoy seguro. Lo que peor llevo es que no me mira nunca de frente. Y habla poco.
La sonrisa nació de nuevo y esta vez nada pudo oscurecerla. La luz tomaba tonos cambiantes al pasar a través de las copas de los árboles y los cantos de los pájaros parecían haber cesado de momento. Todos teníamos que comer. Debía estar adormilándome cuando escuché la orden.
- Échate en la cama, vamos. Aún te quedan algunas cosillas que hacer y quiero que estés descansado.
No estaba muy claro si podía permitirme tantas libertades, de forma que me transformé en un tipo lleno de dudas y seguramente de estúpidas vergüenzas. Lo que dijo a continuación me convenció más.
- Yo he de salir un momento pero no tardo. Vamos, échate.
Debí seguir mostrándome reticente porque finalmente me sentí ligeramente empujado hacia la alcoba. Aquel simple contacto de su mano bajo mi brazo me produjo una impresión que no recordaba. Aún no lo había asimilado completamente cuando la puerta se cerró poco a poco.



  * 

jueves, 12 de agosto de 2010

Cap. XV


L
a casita de al lado tenía mucho más que arreglar, aunque dada la utilización que hacía de ella, no parecía tan importante. Se hicieron las reparaciones más urgentes mientras ella iba y venía echando siempre una mirada al interior.
Caía ya la tarde cuando me expulsó sin miramientos obligándome a sentarme en un viejo tronco a la vuelta de la casa. No todo va a ser trabajar, dijo. Charlamos un poco y callamos mucho más. No parecía encontrarse incómoda ante el silencio, lo cual me tranquilizó porque tampoco las palabras eran mi mejor habilidad.
Cenamos y volvimos a quedar en silencio. Comenzaba a plantearse la incómoda pregunta de dónde iba a dormir el tipo que acababa de invadir su hogar. Mientras trabajaba había visto un rincón donde dormir sobre la paja sin grandes inconvenientes, así que lo planteé cuando el sueño empezó a invitar al descanso.
- Dormiré ahí al lado, si no te importa.
No hubo respuesta. Su mirada parecía anclada en uno de aquellos cuadritos por el que parecía sentir predilección. Estaba muy seria.
- La paja está seca, así que estaré perfectamente.
Asintió desganadamente e incluso quiso dejar asomar una sonrisa, pero lo que resultó fue una extraña mueca que murió precipitadamente. Su figura de espaldas, inmóvil, era un imán para los ojos cuando la puerta emitió aquel quejido apenas accionado el viejo pestillo.
Había inclinado la cabeza. Casi a punto de cerrar, su inmovilidad anunció que algo no iba bien. Sus hombros comenzaban a temblar. La puerta volvió a emitir aquel exánime lamento mientras me aproximaba sin saber qué hacer. Respiraba entrecortadamente, produciendo un ruido que no acababa de interpretar en aquel extraño silencio.


Por fin, la madera denunció los gruesos goterones que caían de sus mejillas. Hay cosas que no pueden pensarse. Aproximar una silla cualquiera y coger aquella cabeza convertida en un puro temblor entre las manos, susurrando algo que salió de mi boca sin pedir permiso.
- Vamos, vamos...
Uno de sus brazos colgó desmayadamente en el aire mientras el otro reposaba en la mesa falto de voluntad. Los sollozos comenzaron a hacerse sitio, dando término a un silencio que resultaba estremecedor y en apenas instantes sus manos tomaron contacto con las mías, hasta que vino a acurrucarse desvalida sobre mi hombro, liberando un llanto que parecía haber sido contenido durante siglos. Alguien entonaba una letanía insistentemente.
- Vamos, vamos...
El consuelo nacía de un contacto claro y vivificante que ordenaba a los labios acariciar sus mejillas humedecidas por las lágrimas. El encuentro de las bocas fue sólo cuestión de tiempo, apenas perceptible al principio, cálidamente demorado más tarde.
No sabría decir cuándo había comenzado a besar con una especie de devoción nunca sentida aquel cuello delicado, o por qué las manos recorrían su espalda presas de un ansia que no requería explicación. Las lágrimas mojaron la camisa mientras el silencio envolvía la escena y su rostro se mostraba, avergonzado, surcado por aquella corriente que mojaba los labios y colgaba después del mentón suave y redondo.
Las miradas de los dos se transformaron en todo cuanto existía en aquel instante de la vida y ya nada pudo parar el deseo en las bocas unidas por un apetito repentino y voraz. Había en ellas una promesa de sonrisas cuando nos separamos y retomamos la dulce tarea ya con más atención y menos vehemencia.


Sus labios aceptaron sin condiciones el delirio cuando las manos volaron sin pensarlo a su pecho y luego fue la boca quien quiso poseerlos y dictó la sentencia de vencer aquella insufrible separación de cuerpos.
Como borrachos asaltamos la habitación. No existía nada que no fuera aquella piel tersa que subía y bajaba en una llamada que debía ser atendida a costa de cualquier cosa. La puerta golpeó la pared mientras nos precipitábamos sobre la cama y las bocas se buscaban poseídas por algo mágico e incontenible. Sus ojos negros y encendidos proclamaban la imperiosa necesidad de hundirse en ellos hasta perder la vida. Las manos comenzaron a buscar todo cuando obstáculo se interponía entre las pieles ávidas. En su boca una sola palabra repetida dulcemente una y otra vez.
- Ven, ven...
El sujetador se negó a desvelar sus secretos hasta que ella misma acometió la tarea, sin dejarlo caer. La prenda se deslizó apenas sobre la piel blanca, marcando los límites a los que el sol acostumbraba a llegar mientras repetía su escueto mensaje con dulzura.
– Calma...
Convencido por fin de que aquello no era una ilusión, rendido por fin a su mensaje, dejé que el tiempo transcurriera apenas en suspiros y roces leves en el reino del tacto. Recorrer su desnudez blanca con los ojos, las manos o la boca.
Dispuesto a convertir aquello en un juego infinito me vi de repente bajo su cuerpo. Una de sus manos bajó hasta el centro del universo palpitante, tomó posesión de lo que deseaba y elevando las caderas lo engulló mientras sus párpados se cerraban y la boca iba abriéndose despacio, conformando un abismo colmado de delicia.


No era dado saber qué era aquello que sentía cuando sus pechos blancos y colmados danzaban sobre mí mientras mis manos recorrían sus caderas y su vientre redondo. Poco después su cuerpo entero se abrió al infinito y liberó una especie de estertor con una expresión asombrada que vivió un tiempo incalculable y murió tan lentamente como la llamita leve de una vela exhausta. Aquella corriente me recorrió entonces violentamente, tensando los músculos del estómago hasta alzarme a su rostro donde sucedió una explosión magnífica que estaba en todas partes y lo llenaba todo. Nació su sonrisa, algo triste, y la mía después. Aquel abrazo duró una noche entera.






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