domingo, 15 de agosto de 2010

Cap. XII


S
e acababa el dinero. Y empezaba a instalarse una sensación de hambre nunca enteramente satisfecha. O quizás un fondo de insatisfacción que el hambre amplificaba a cada paso. Amaneció un día extrañamente cálido, de nubes altas y una luz blanca bastante molesta. Por todo desayuno aproveché unos restos de pan de centeno ya resecos humedecidos en agua y tomé una decisión. Los últimos días habían sido tranquilos y nada hacía prever grandes cambios. Completado un cuidadoso afeitado, me enfundé la chaqueta del traje recuperado de casa de mi padre. Quedaba algo larga, lo cual tampoco representaba un grave problema. De hecho sería ideal a la hora de ocultar las posibles manchas de la culera del pantalón. La mochila vomitó algunos restos de pan duro al darle la vuelta para introducir en ella los zapatos. A punto de hacer lo mismo con el pantalón pensé que sería mejor probarlo. Resultó acomodarse razonablemente bien a mi anatomía, tal como esperaba. Siempre me habían dicho que era clavadito a mi padre en el aspecto físico. Lo enrollé de forma que se evitaran las arrugas en lo posible dejándolo reposar en el fondo.
El bosque me recibió callado como siempre. Apenas corría una brizna de aire y el sol ascendía pesadamente tras las nubes altas. El camino era largo y pretendía aprovechar el largo desplazamiento cuanto me fuera posible. Las gentes atendían a sus tareas en los campos cuando las chimeneas humeantes de Trabadelo me dieron la bienvenida. La silueta de los bueyes se me hizo familiar y dejó en la mente la duda de si convenía acercarse o no. Finalmente se impuso la necesidad de corresponder a la atención de aquel hombre de nombre desconocido.
Paró a la yunta mucho antes de poderme ver claramente.

En la lejanía se hizo patente el humo azulado del tabaco y la silueta magra del campesino. Una atmósfera de cierta normalidad parecía instalada en la mañana cálida, como invitando a pensar que nunca ocurre nada irremediable. Las ventanas de algunas de las casas permanecían abiertas, con las alfombras o la ropa de las camas colgando del alféizar. Se adivinaba a las mujeres trajinando dentro de los espacios domésticos.
Alguna cantaba confiadamente, confirmando aquella sensación de calma. Hubiera jurado que el hombre vestía exactamente las mismas ropas. A punto de llegar a su altura, sacó un pañuelo y se sonó las narices ruidosamente. Luego se volvió encarando la parte posterior de las casas a las que pareció inspeccionar como quien no quiere la cosa. Tenía la voz ronca.
- No pensaba yo verte tan pronto por aquí.
- Nunca se sabe bien qué es pronto o tarde.
No nos saludamos. Metió el pañuelo en el bolsillo y echó mano del cigarrillo dándole una larga calada.
- ¿Cómo anda esa salud?
- Ya ha estado mucho peor. De las gripes no hago ni caso.
Permanecí frente a él, un poco apartado y mirando en dirección contraria a la suya, como si tácitamente hubiéramos acordado mantener cierta vigilancia.
- ¿Va todo bien por aquí?
- Nunca se sabe. No ha pasado gran cosa últimamente, pero en estos tiempos las horas cunden como los años según en qué momentos.
Había aprendido a recabar cuanto información me fuera necesaria, pero sin manifestar gran interés y sin que mis escasos interlocutores se sintieran presionados. A veces eran campesinos que se movían entre campos distantes entre sí, y otras pequeños comerciantes que conocía por mi antiguo trabajo.

Siempre evitando la gente que me infundiera la más mínima duda. Aún así era difícil sentirse relativamente seguro.
- Conocía al Herminio.
Dejó la frase flotar en el aire mientras exhalaba el humo azulado de los pulmones y tosía brevemente. Alguna ventana hizo un ruido seco al cerrarse a mis espaldas. Levantó una mano en un gesto de saludo mínimo, lo cual confirmó que si no lo hacía conmigo era por pura prudencia. Asentí sin mostrar sorpresa.
- Yo trabajé con él cerca de... No sé muy bien cuantos años. Era un tipo extraño pero jamás me negó lo que me ganaba. Alguien me ha dicho que tenía la cabeza demasiado caliente. Quizás por eso...
Asintió despacio mirando a uno y otro lado, y después al suelo. Callamos unos instantes y luego siguió hablando, como recitando viejos recuerdos.
- Crecimos juntos allá en Vega. Luego me vine para aquí, antes de casarme. No era de los que se dejan pisar y así le ha ido. Por cierto que...
Interrumpió el hilo de la conversación y miró fijamente en dirección a una puerta que acababa de abrirse. No se oía más que su respiración y el aliento que impelía el humo del tabaco hacia a fuera de cuando en vez.
- Va a ser mejor que sigas camino en cuanto este esmirriado se retire para adentro. Es de los que gustan de hablar con los civiles, ya me entiendes.
En ocasiones tenía la impresión de ser la causa de la posible desgracia de los demás, lo cual era poco soportable. Al menos en su caso no era algo que yo hubiera buscado. Recorrí los bosques de enfrente evitando mirar hacia atrás, hasta que la puerta sonó de nuevo al cerrarse y él siguió hablando.
- Iba a decirte que sigue habiendo por ahí algún cartel con tu nombre. Muchos han desaparecido.

A veces porque los han colocado como suelen hacerlo todo y otras porque parece que has caído simpático a alguna gente. Pero a otra no, no te quepa duda.
Me pregunté qué sabía exactamente y enseguida pensé que si las noticias corren como la pólvora cuando no tienen importancia, qué no harán cuando la tienen. Necesitaba alguna información y seguramente era una de las pocas personas en quien podía confiar hasta el punto de inquirir sin disimulos.
- He visto muchos menos jeeps últimamente, pero me extraña que no haya controles en las carreteras.
- Se rumorea que hay una buena montada en Asturias y parece que han mandado para allá a todo el que pueda moverse. Pero por aquí quedan los indeseables de siempre. Suelen ir en esas motos con acompañante. Sidecars, parece que les llaman. Sólo se atreven con los indefensos.
- Supongo que siguen en Vega.
- Hay otro grupo importante en Carracedo, por lo que comentan.
Apenas acabó la frase, arrojó el cigarrillo al suelo, lo aplastó con el pie y me miró como si acabara de recordar algo. Entró en la casa y salió con un sombrero que me entregó como quien sacude un resto de suciedad. Iba a tirarlo, dijo, y se internó de nuevo en las tierras de labor sin despedirse. Alguna cortina se movió tras una de aquellas ventanas mientras retomaba mi camino sin demorarme. Aproveché los senderos cuanto pude intentando ganar tiempo, retirándome hacia la espesura cuando juzgaba que no podía anticipar lo que pudiera haber tras una curva cerrada o un recodo que ocultara lo que estaba detrás.
Al cabo de unas horas el calor de la caminata obligó a quitar la chaqueta y descansar sobre un pino abatido por alguna enfermedad y dar cuenta de unos bocados. Casi se adivinaban los tejados de pizarra de Villafranca en la distancia.

Un vientecillo ligero me acarició unos minutos mientras reposaba adormilado por la digestión. Algunos automóviles anunciaban su paso con mucha antelación, a causa de la cuesta que tenían que subir desde aquel pueblo de castillos bendecido por el río, ahora caudaloso.
Había conseguido distinguir los correajes negros y lustrosos de los falangistas como si hubiera nacido para ello. Parecían un imán para la vista. Eran apenas tres, rodeando lo que parecía ser uno de aquellos sidecars, un chisme por lo demás ciertamente estrambótico. Superada aquella dificultad merced a uno de los mil vericuetos que conducían a la ciudad, me descubrí pronto caminando tranquilamente por sus calles como un ciudadano más.
Las callejas picaban hacia arriba, donde descansaban orgullosos los castillos y los templos de piedra. Había feria en la plaza, amplia y presidida por la mole imponente de la Colegiata.
Allí se vendía un poco de todo, si bien la animación de otras épocas parecía perdida. Todo había cobrado un cierto sentido de provisionalidad y aquella supuesta galería de ofertas y demandas no era una excepción. Algunos puestos resultaban más que interesantes, especialmente aquel del bacalao. Era una buena alternativa, por laboriosa que fuera la desalación. Lo que no había era dinero para pagarlo, o dicho de otra manera, el poco que quedaba debía emplearse lo mejor posible.
La idea venia rondándome la cabeza hacía tiempo, pero no terminaba de dejarla ver la luz. Quienes me habían dado algo de educación habían insistido toda la vida en lo importante que era aquello. Ser honrado. Aquella dichosa frase de Marta se había quedado instalada en algún rincón de la mente: "Pobres sí. Pero honrados." La pobre de la mujer apenas había disfrutado de poco más que una cama caliente y ni siquiera podía decirse que hubiera sido así siempre.
Algo me dijo que era aconsejable comprobar cómo sería aquello. Qué sentiría antes. Y lo que era más importante aún, qué sentiría después. La ocasión se presentó poco más tarde, cuando un grupo de curiosos entabló una pequeña trifulca con un hombretón instalado detrás de un tenderete donde se ofrecían todo cuando manjar pueda extraerse de un cerdo. Las ristras de chorizos habían llamado poderosamente mi atención y el forzudo había tenido la mala idea de colgarlas a escasa altura del suelo. En lo más acalorado de la discusión saqué la navaja y cuando el hombrón atraía todas las miradas, corté limpiamente el fino cordel y tres hermosos ejemplares de aquellos rojizos embutidos terminaron en el bolsillo de la chaqueta como si nada hubiera pasado.
A diferencia del arriesgado cuerpo a cuerpo que había experimentado no hacía tanto, aquella otra habilidad sólo exigía de una retirada discreta. Y todo iba perfectamente hasta que desde algún rincón del propio cuerpo llegó aquella sensación extraña, fría y profunda como un sacrilegio y luego aquella palabra encendida. Ladrón. Miré hacia el puesto, donde los ánimos parecían haber vuelto a su cauce. No parecía pasar mucha hambre aquel tipo enorme. Yo sí la pasaba. Y aquello bastó como razonamiento.
Ocultado el botín en una bolsa de papel de estraza que encontré con restos de algún tipo de semillas, la deposité dentro de la mochililla y continué camino. Aquella palabreja seguía protestando dentro, pero el hambre, de momento, era cosa del pasado. Y el método no parecía malo del todo. Sólo se trataba de escoger bien a la víctima. Y quizás no tendría que limitarme a la comida. Al cabo de unos minutos, algo resolvió que no serían los escrúpulos morales lo que me mantendría con vida. Y una lucecita alegre bailó cómplice en una estrenada e inesperada sonrisa.
Un paisano apareció de una calleja que moría perpendicular a aquella por donde andaba, alisando el cabello y dejando tras de sí el aroma dulzón de la colonia. La barbería estaba en medio de la calle donde algunos viejos conversaban y una mujer abría la puerta de casa con un chiquillo cogido a la falda reclamando algo entre sollozos sin conseguir ser atendido.
En el interior, un tipo bien vestido abandonaba el sillón mientras el barbero, ya entrado en años, retiraba el mandil blanco que lo había mantenido a salvo de los restos de su abundante cabellera. El señorón se echó el grueso abrigo por la espalda, extrajo del bolsillo interior un fajo de billetes de buen tamaño y tendió al viejo con gesto displicente uno que contenía con seguridad una buena propina. A punto de iniciar el camino recordó algo y volvió para resolver alguna duda.
– ¿Dónde me había dicho este que esperaba?
– Ahí a la vuelta, en el Plaza.
Parecía el objetivo apropiado, pero antes de que pudiera siquiera valorar otra posibilidad se metió en el dichoso bar. No parecía buena idea entrar allí. La solución se presentó en forma de limpiabotas, como si acabara de frotar la lámpara mágica. Después de preguntar el precio, por si las moscas, me senté sin más, un poco agobiado por la imparable mengua de mis ya escasos recursos económicos. El tipo torció el gesto al comprobar que sacar lustre e aquello no iba a ser tan fácil y había cometido la imprudencia de fijar el precio antes de comprobarlo. Quizás por eso no puso mucho empeño, pero a cambio tampoco se molestó en hacer preguntas.
El bar Plaza parecía estar relativamente animado. Debía ser lo poco animado que quedaba en el país. La voz del elegante se elevaba de cuando en vez sobre las demás. Parecían pasárselo bien.

Sin embargo la gente que volvía de los campos, con las herramientas al hombro se limitaba e echar un vistazo y seguía camino. El limpiabotas obligaba al betún a repartirse por el viejo cuero llevando el paño con energía de un lado a otro, con las dos manos, hasta que declaró finalizada la tarea y extendió sin más la mano. Pagué y me fui justo cuando dos camisas azules entraban por el extremo opuesto de la calle. Confiado en mi mejorada apariencia me detuve ante un colorido cartel que anunciaba el prodigioso futuro que nos esperaba y observé de reojo.
Aquella gente comía tarde. Salieron hablando en voz muy alta, celebrando no se sabía qué. El elegante, al que llamaban Alberto, parecía ser el centro de atención. El tal Alberto tenía una humanidad más que considerable y o bien no estaba en un buen momento de forma, o bien lo que había bebido no contribuía a agilizar sus pesados miembros.
En cuanto se despidieron lo seguí sin pensármelo dos veces. Abandonó la calle y siguió un sendero que serpenteaba entre los árboles descendiendo abruptamente hasta un arroyo casi exhausto en una vaguada ciertamente profunda. En el horizonte se adivinaba el contorno de una casa labriega de imponente porte.
Una pequeña elevación obligaba a un pequeño rodeo que otro no tan bien vestido hubiera evitado cruzando por entre los pinos jóvenes. Ascendí en un par de zancadas buscando un sitio adecuado y enseguida lo vi bajar con aquel aire de ricacho intocable. Llevaba el abrigo medio descompuesto y debía molestarle tanto que decidió quitárselo. Aquello simplificaba tanto las cosas que casi merecía darle las gracias.
En cuanto estuvo de espaldas salté desde mi atalaya y agarré el abrigo fuertemente después de propinarle un empujón que lo obligó a bajar hasta el arroyo dando tumbos.

Con aquella pequeña fortuna entre las manos, arrojé la pesada prenda entre los arbustos y me esfumé. Aquello era robar en toda regla. Para cuando el tipo empezó a dar voces ya estaba en otra galaxia.






  * 

sábado, 14 de agosto de 2010

Cap. XIII


U
n buen día comenzó a llover. Algo llevó mi pensamiento a la cueva donde había dejado la escopeta y los cartuchos. No recordaba haberlos protegido de la humedad. La mojada caricia caía sobre la tierra como un sueño largamente postergado. Los olores del mundo verde llegaban a través de la puerta abierta y un vientecillo fresco traía mensajes de los montes cansados de tanta sequía.
Corté un trozo de pan y la mitad de uno de aquellos embutidos rojizos y aromáticos cuidándome bien de cerrar el paquete para que aquel aroma no llegara más lejos de lo aconsejable. La lluvia caía tan fina y mansa que no se la podía oír, lo cual me privaba del placer del acostumbrado tamborileo sobre la cubierta, pero convenía también a la hora de evitar que una gran avenida de agua arrastrara las tierras secas y exhaustas.
El Sabio vino a aposentarse en una de aquellas rocas blancas como la nieve. Parecía tener predilección por aquella especie de cátedra, y por aquella razón le había adjudicado el sobrenombre. Se hizo en un segundo con los restos del chorizo que aterrizó a su lado, rechazando el cordel atado a su extremo. Luego se quedó mirándome de través.
Una miga de pan voló con su porción de corteza oscura hasta la base de la roca. Descendió sin demora abriendo las alas negras, devoró el regalo y miró de nuevo. Cada vez parecía menos intimidado por mi presencia, hasta el punto de permanecer en las proximidades días enteros mientras su pareja no venía a reclamar más atención.
La situación había mejorado en los aspectos logísticos en un grado razonable. La comida no faltaba y las provisiones económicas arrebatadas al elegante garantizaban una temporada a salvo de ese tipo de penurias.

Eso había contribuido, paradójicamente, a complicar mis pensamientos, porque tendía a permanecer en el mismo sitio más tiempo del que aconsejaba la seguridad. Parecía presa de las relativas comodidades. Después de reparar algunos pequeños problemas en la cubierta de la cabaña, había rellenado los colchones con agujas de pino hasta conseguir descansar con algo más de comodidad y tapado algunos agujeros en la pared con arcilla y material vegetal seco. Mientras repasaba el horizonte cubierto de nubes cenicientas terminó por imponerse la conveniencia de ponerse en marcha.
Comprobados los alrededores en busca de cualquier elemento que delatara mi presencia, emprendí camino con el recuerdo de Merche instalado en algún rincón del pensamiento y muchas incógnitas por resolver en relación con aquella mujer. La temperatura había descendido moderadamente y el terreno absorbía ávido el regalo del cielo. Siempre disfrutaba de aquella lluvia pacífica de una forma que poca gente parecía compartir. Aquella frescura vivificaba el ánimo y cubría las cosas de un halo limpio y fresco que servía para soñar.
Trabadelo apareció en la distancia difusa por la lluvia, con los tejados brillantes. El aire parecía contemplar la lluvia extasiado y ni se atrevía a soplar. Había demasiado gente en los campos, así que el rodeo se hizo necesario. Superado ya el pueblo, y medio melancólico a causa de los aromas de los fogones, descubrí marcas redondas sobre la tierra húmeda, entre los pinos. Huellas de botas con tacos altos, como las mías. La masa arbórea transportaba el canto de algún pájaro alegre por la llegada del agua y ni un ruido más. Me quité el sombrero, al que iba acostumbrándome poco a poco, para escuchar mejor lo que pudiera escucharse.
El cielo gris asomaba tímidamente a cierta distancia, donde finalizaba la suave ascensión.

Las huellas seguían presentes unos metros más abajo, si bien se hacían más difíciles de percibir dado que la masa arbórea llevaba a impedir en buena medida la llegada de la lluvia al suelo. El olor a tabaco se hizo patente al tiempo que algunas voces. Apoyé la espalda contra las cáscaras recias de un buen tronco y entonces el cuervo aterrizó en las ramas de enfrente y lanzó uno de aquellos gritos casi cómicos mirándome de perfil. Luego se dejó caer y desapareció planeando monte abajo. El eco claro de un carraspeo rompió el silencio de forma muy imprudente. Parecía estar en lo alto del promontorio, lo cual era lógico. Volvió a toser sin molestarse en disimular lo más mínimo.
Me desplacé hacia la izquierda hasta que pude distinguir su perfil desde detrás de la arboleda. Llevaba un sombrero de cazador y estaba de espaldas, lo cual equivalía a decir que no estaba interesado en absoluto en la tarea que le habían encomendado. En unos minutos las siluetas de sus compañeros se hicieron también visibles. Tres hombres sin uniformes, cobijados bajo una gran cúspide de pizarra, uno de los cuales fumaba continuamente. La conversación se interrumpía frecuentemente y luego comenzaba de nuevo.
- Ya les atenderán tus suegros, que pa eso están.
- Tú bien hablas.
- Pues si quieres dar la vuelta coge camino y déjate de quejarte.
- Ahórrate los consejos.
Aquel hombre fumaba con tal ansiedad que el olor del cigarrillo forzosamente se había hecho dueño del entorno. Sobre la pared cubierta de musgo reposaba una escopeta montada, pero no había rastro de más armamento. El que acababa de hablar se irguió de pronto dándome la espalda y rebuscó algo por los bolsillos después de tirar el cigarrillo y aplastarlo con el zapato.

Tenía la chaqueta completamente mojada sobre los hombros y en aquella posición me ocultaba de la vista de sus compañeros. Cuando volvió a sentarse tenía un fusil apuntando en su dirección.
- El vigía no es de los mejores que haya visto yo.
Estaban los tres apoyados contra el musgo de la pared rocosa mirándome con cara de acabar de despertar. El más lejano inició el gesto de coger el arma pero el brazo se quedó paralizado a medio camino y luego volvió a su posición original. Levantaron las manos sin que se lo pidiera. No parecían llevar más armas y tampoco la mejor ropa para la pertinaz lluvia. Señalé al puesto de vigilancia y endurecí la voz.
- Haced que vuelva.
El más viejo se irguió sin dejar de mirarme, metió los dedos en la boca y lanzó un silbido breve y agudo. A lo lejos, el otro contestó sin ninguna discreción.
- ¿Qué pasa?
- Ven aquí, castrón.
Indiqué que se sentara al que había silbado y esperé la aparición tras un grueso tronco y el arma enfilada. Llevaba un pequeña pistola colgando de la mano y no intentó usarla.
- Déjala en el suelo bien despacio y que te vea.
Depositó el arma sobre la hierba mojada y levantó las manos mientras le indicaba que se reuniera con los suyos. Era demasiado joven y no brillaba la inteligencia en aquellos ojos asustados. Tropezó con los pies del que le había llamado y a punto estuvo de caer, lo que le granjeó inmediatamente un insulto murmurado por lo bajini.
- ¡Espabílate, imbécil!
Con la pistola a buen recaudo y mientras se acomodaba entre los suyos, avancé hasta abrigarme bajo la gran roca.

Obedecieron a la señal conminándoles a desplazarse hacia la esquina, de forma que todos quedamos protegidos de la lluvia pero manteniendo una cierta distancia.
- De donde sois.
El más asustado casi empezó a hablar cuando el que parecía dar las órdenes le hizo un gesto y calló. Me miró fijamente y respondió él mismo.
- ¿Quién lo pregunta?
- Haz el favor de responder, que no estoy de broma.
Se tomó su tiempo, miró al fracasado vigilante con cara de asesino y empezó a hablar.
- Venimos de Asturias.
- Habrá alguna razón.
- La hay.
No parecía muy dispuesto a colaborar, cosa que no podía reprochárselo. Por otro lado, ni él tenía que decir la verdad, ni parecía recomendable creer nada de lo que dijera. Quizás había otras maneras de obtener información.
- Vacía los bolsillos, por favor.
Debió sorprenderle el sonido de aquella coletilla tan educada, pero quizás fue eso lo que le decidió a obedecer. Se irguió sin dejar de mirarme y comenzó a arrojar cosas a sus pies. Un paquete de cigarrillos envuelto sobre sí mismo, un mechero de mecha, un par de billetes arrugados y un pañuelo.
- El otro.
Esta vez se lo pensó mejor y no obedeció hasta que me miró tan adentro que me sentí casi desnudo. Tenía la expresión muy concentrada y un rictus en la boca que recordaba al miedo, aunque no parecía ni mucho menos acobardado. Cayeron al suelo una foto pequeña y un papel amarillento sobre el que distinguí enseguida las siglas impresas en letra negra.

Recogí el panfleto del suelo y lo leí por encima después de echarles una mirada e invitar al hombre a sentarse de nuevo. El papel animaba a resistir y anunciaba una asamblea en un teatro de Avilés un determinado día a las 7 de la tarde. Por detrás había algunas notas y un número de teléfono marcado a lápiz y escasamente identificable.
- ¿Sois de la UGT?
- Yo soy de la UGT. Estos son de mi familia.
- Vaciad los bolsillos, por favor.
Una vez suavizado el tono de las pesquisas, las miradas recuperaron cierta viveza. No era agradable ver el miedo en aquellas caras, pero tampoco podía confiar. Cayeron al suelo algunos otros objetos personales y una foto que desde la distancia me pareció representar a una joven. Señalé los bolsillos de las chaquetas y sólo afloró un pañuelo manchado de sangre y el forro de los exiguos bolsillos. Con el fusil apuntando al cielo me disculpé al tiempo que devolvía el panfleto.
- Lo siento. No son tiempos de confianzas.
Mientras recogían todas aquellas cosas, me fijé en el supuesto vigilante que parecía ciertamente aliviado y no pude evitar un sarcasmo.
- Sigue vigilando así y se te acabarán los problemas pronto.
- ¡Valiente cabeza hueca!
El que había hablado miraba decididamente y portaba un mostacho respetable, tanto por el tamaño como por la antigüedad. Debía estar cerca de los sesenta y soportaba un cierto sobrepeso que debía estarle abandonando por la fuerza.
- ¿Y se puede saber quién eres tú?
- No necesitas saber tanto.
Quedamos callados un buen rato, como esperando acontecimientos.
- Supongo que escapáis de esa gente.
- No son gente. Son alimañas cobardes y sanguinarias.
- ¿Qué te han hecho?
- No necesitas saber tanto.
Había un poso de amargura en la voz y fuego en aquella mirada. Los otros agacharon la cabeza. Interesaba saber qué había pasado allá arriba así que insistí por otro camino al tiempo que les informaba de lo que sabía para no parecer insensible.
- He tenido que huir como vosotros. No hay grandes movimientos por la zona. Se rumorea que todo el mundo está allá arriba pero no viene mal andar con cuidado porque por aquí hay algunos conversos con pocas agallas pero armados y con ganas de demostrar su valía a cualquier señorón.
Dejé transcurrir un momento en silencio y luego pregunté directamente.
- Me interesa saber qué ha pasado allá porque eso influirá en lo que pase después aquí. Si no te importa.
El hombre mantenía el panfleto entre las manos, dándole vueltas nerviosamente. Respiró profundamente un par de veces y luego arrancó a hablar.
- Están haciéndose con todo porque las jodidas autoridades tienen mucho miedo de entregar las armas.
- ¿Por qué crees que ocurre eso?
- Porque se temen que la gente no se conformaría con machacar a los fascistas. No hay con qué defenderse y estos señoritos están esperando que les saquen las castañas del fuego para volver a subirse al caballito. Y mucha gente no está por la labor.
- Pura lógica.
Quedamos callados durante un buen rato mientras los otros hablaban entre ellos. Les aconsejé bajar la voz y me miraron como se mira a los abuelos.

A veces tenía la impresión de estar cambiando hasta más allá de lo que podía reconocer. Se abrió un pequeño claro entre las nubes y el sol barrió el bosque dándole un aire fantástico.
- ¿Tienes algo de comer?
Aquella pregunta atrajo la atención de todo el grupo inmediatamente. Introduje toda la comida en el paquete donde guardaba los chorizos, reservando una rebanada de pan y algo de membrillo para la comida, y se lo entregué. Los más jóvenes casi se disputaban el banquete, pero el gesto del más viejo les calmó enseguida. Me miró con una expresión bien diferente de la que mostraba no hacía tanto tiempo.
- No sé como agradecértelo.
- No hay de qué. Creo que he vuelto a engordar.
Nacieron sus sonrisas provocando una sensación de familiaridad.
- Me llamo Gaspar y no sé si volveremos a vernos. Si es así, ya sabes donde tienes un amigo.
Le estreché la mano mientras se ponía en pie. Miraba derecho y apretaba la mano.
- Yo soy Lito. Nunca se sabe qué nos reserva esta mala vida.
Ya me alejaba cuando el jovenzuelo me reclamó tímidamente. La pistola volvió a su dueño mientras Gaspar miraba al horizonte con una interrogación en el gesto.
- Continuad derecho hasta pasar aquellos robles y luego bajad. Encontrareis pronto Trabadelo. Es mejor rodearlo sin que os vean. Luego seguid descendiendo hasta encontrar el río. Siguiendo el curso hacia abajo llegareis a Villafranca. Hay una buena tirada pero tenéis tiempo.
- De acuerdo. Suerte.
- Suerte.
Las voces de los jóvenes llegaron de nuevo hasta mí mientras la distancia crecía. No habían aprendido aún a amar el silencio. Probablemente tendrían problemas, pero ¿quién no? El sol iba y venía como un invitado poco convencido de la hospitalidad que pudiera recibir, pero la fina lluvia no cesaba.
Las casitas de cuento de Sotelo aparecieron en lontananza con sus penachos de humo subiendo perezosamente al aire. Me pareció más juicioso rodearlo por alguna razón que nacía más de la extraña luz del día que de un razonamiento más o menos elaborado. Quizás comenzaba a hacer caso de ciertos signos que no están escritos. O quizás me estaba convirtiendo en un maniático.
El terreno estaba surcado por sendas que aquella gente debía seguir para ir a los mil sitios que necesitarían atención, bien por cuidar del patrimonio, bien por solazarse en aquel paraje privilegiado. Uno de ellos me llevó hasta un lugar elevado desde el que poder vigilar las proximidades mientras reponía fuerzas. La lluvia arreció y no hubo más remedio que guarecerse bajo la exuberante copa de un alcornoque que debía haber asistido a cientos de lluvias y tormentas sin inmutarse. El impermeable terminó de evitar que los gruesos goterones acumulados en las ramas más altas me incomodaran.
Deposité el pan sobre unas hierbas fuera del vegetal cobijo para que se humedeciera y perdiera un poco de dureza y luego di cuenta de él y de la escasa ración de membrillo. Un semi sueño poblado de rastros de senderos y recuerdos de la infancia acompañó al descanso concedido antes de seguir camino. La mínima actividad de aquellas gentes dio la señal de partida. Prácticamente todo el pueblo estaba al alcance de la vista. Reconocí la figura de Germán apoyado contra el marco de la puerta en tranquila conversación con un hombre de buena estatura.

Siguió allí cuando su interlocutor dio término a la conversación y se encaminó hacia la salida. Un rayo de sol arrancó un brillo delator de los correajes negros sobre la camisa azul impoluta. Luego el contorno de las casas lo ocultó hasta que el jeep salió atronando el espacio con aquel zumbido destemplado. No recordaba haberlo oído al llegar, así que no quedaba más que deducir que llevaban allí un tiempo.
Imposible saber si aquel tipo había salido de allí o se había acercado a lo que fuera, pero el hecho de no haber oído aquel motor al llegar producía una sensación cierta de incomodidad. A cierta distancia, un viejo abrió la puerta y sacó una silla sobre la que se sentó aprovechando el amparo del alero del tejado. Pronto recibió la visita de otro vecino de edad, que se sentó sobre un tronco rodeado de astillas y restos de leña portando un paraguas medio desvencijado. Todo parecía negar en aquel pequeño rincón la realidad de los acontecimientos. Germán desapareció tras la puerta haciendo nacer un oscuro temor, con causa o sin ella.
Se había acabado la comida. Mi condenado romanticismo hizo nacer un gesto de fastidio que terminó con un encogimiento de hombros. Nunca se sabía que era mejor o peor. Algo me decía que aquella débil llovizna era el anuncio de aguas más contundentes. Encajado el sombrero sobre los cabellos mojados, y con el impermeable sobre los hombros emprendí camino a Páramo, el último lugar donde quedaba el recuerdo cálido y contundente de aquellas caderas redondas como un queso fresco y codiciado. El viento cambiaba de dirección cada poco tiempo confirmando que la climatología no iba a ser una ayuda en las próximas horas. Los contornos de los montes iban confirmando mis pasos, a veces por la presencia de alguna cumbre lejana y a veces por la caprichosa disposición de los pinos, o los recodos de los senderos que siempre procuraba dejar a cierta distancia.
El vuelo del impermeable dificultaba el paso en los tramos de bosque más tupidos, lo cual se sumaba al calor que llegaba a producir con la caminata. Las ramas de aquellos seres inmóviles e impertérritos respondían al azote del viento como un mar de seres agitados por una danza incomprensible. Una ráfaga de aire se llevó el sombrero y lo dejó colgando de una rama rota para bajarla después violentamente con otra ventolada. Mientras lo recogía y arrojaba los restos de vegetación que habían quedado dentro, me dije que después de aquello iba a venir el diluvio. Debía quedar un buen trecho, así que por lo que pudiera pasar se hizo necesario inspeccionar el terreno con más detenimiento por si fuera posible hallar cobijo.
El viento comenzaba a aullar entre las vertientes de los valles y algunos goterones viajaban casi paralelos a la tierra haciendo blanco de cuando en vez en las mejillas y dejando una huella fría en las perneras del pantalón que el impermeable no conseguía cubrir.
El camino conducía ahora a una zona completamente expuesta que era mejor evitar, de manera que fijé la imagen del picacho que se levantaba a mi izquierda orgulloso y rodeé el claro. Enseguida apareció un sendero que no parecía usarse con mucha frecuencia.
Algunas de las plantas que lo invadían mostraban sin embargo la huella clara del paso de alguien, bien por haberse apartado del camino sin explicación aparente, bien por haber sido arrancadas sin más y abandonadas a escasa distancia. Era fácil seguirlo por lo rectilíneo de su trazado. A la derecha se elevaba el claro que había decidido rodear y a la izquierda crecían robles y matorrales de un tamaño importante. Caminé con el oído atento y el viento aullando y callando, siempre frente a mí.
Con el tiempo había nacido la costumbre de mirar hacia atrás de improviso, a fin de sorprender a algún posible perseguidor.

Tras las huellas sólo quedaba el baile loco de las ramas. Cuando la vista volvía al frente un contorno anguloso se destacó al contraluz un poco más abajo. Tal como se estaba poniendo la cosa era una clara invitación. Las botas se deslizaron en un par de ocasiones sobre el suelo resbaladizo a causa de la lluvia hasta que el terreno se empinó aún más obligando a asegurar un paso antes de dar el siguiente. Había un aroma extrañamente familiar en el aire, pero no era fácil identificarlo. Finalmente hubo que retroceder para salvar un desnivel del terreno, con las formas de algún refugio humano ya a la vista. Ni un solo ruido más allá de los producidos por la naturaleza.
Alguien había trabajado duro en aquel pequeño rincón. La pared mostraba la huella del pico y la pala, a pesar de hallarse ya cubierta por un fino manto de musgo y hierbas de mil tipos diferentes. Se había allanado una pequeña parcela para dar cabida a la choza, de aspecto ciertamente robusto y prácticamente cubierta por la vegetación. Nada a la vista que mostrara la entrada .
Cuando me percaté de lo que pasaba estaba dando tumbos monte abajo. Detuvo la caída un tronco que me dio la bienvenida con un tremendo golpe en los riñones. Nació una imprecación que sonó extrañamente sobre el zumbido del viento. Desde allí sí se distinguía la entrada del casetucho a la que sólo se podía acceder a través de unos escalones labrados sobre el terreno que había cedido en el punto en que había apoyado el pie mientras miraba en otra dirección.
Nada importante parecía haber ocurrido a mi alrededor, salvo en lo concerniente a los riñones que reclamaban alivio. Hubo de limitarse éste a unas someras friegas que tampoco aliviarían el previsible dolor futuro. Seguía oliendo a algo terriblemente familiar que hacía brotar la saliva en la boca. Llegó el momento de inspeccionar la escalera de acceso y la pequeña puerta. Habían colocado un sencillo travesaño giratorio que encajaba entre los troncos y otra madera clavada sobre ellos al efecto. Por una rendija entre las gruesas piezas de madera podía examinarse el interior iluminado débilmente a través de las juntas. Me introduje sin más en el habitáculo.
Bajo un par de mantas extrañamente limpias apareció un buen montón de mazorcas de maíz. Cuatro o cinco pasos por apenas tres de fondo era todo el espacio disponible, parte del cual estaba ocupado por las herramientas presumiblemente utilizadas para construir la choza.
La lluvia empezó a arreciar afuera revelando las carencias del refugio. El agua penetraba a través de las juntas por donde el aire soplaba sin clemencia y las goteras del techo se hicieron presentes de inmediato. Apenas quedaba una hora de luz, lo cual hacía poco aconsejable aventurarse a buscar un sitio más resguardado. Allí no había más que cachivaches, alguna leña no demasiado seca y un montón de sacos que curiosamente sí lo estaban. Era un rincón como otro cualquiera donde pasar la noche. Un par de mazorcas de maíz expuestas a la lluvia servirían de cena.
Olía a callos. Ni más ni menos. Aquello implicaba presencia humana bien cerca, pero con la noche que quedaba no parecía constituir ningún riesgo. Acabada casi la segunda mazorca y con la boca llena de una pasta poco sabrosa pero perfectamente comestible, con el impermeable por encima y estirado cuanto era posible sobre los sacos extendidos, coloqué el fusil a mi alcance y me entregué a un duerme vela que siempre debía soportar cuando dormía en algún lugar desconocido. Los sueños se poblaron de figuras absurdas, olores de pino, correajes bruñidos y amistades que vagaban por la memoria como fantasmas huidos a otros mundos.