domingo, 1 de agosto de 2010

Cap. XXVI


L
os perfiles de los montes que rodeaban la Cuevona se hicieron presentes una mañana de nubes altas y grises. Cualquiera podría notar el presagio claro de la lluvia. El estómago protestaba por la desatención ya crónica mientras los pájaros anunciaban la visita cumpliendo escrupulosamente con su tarea de perenne vigilancia. Un alto en el camino con la atención fija en cada pequeño detalle y los ojos y oídos bien abiertos era una buena manera de familiarizarse de nuevo con el terreno.
Todo parecía estar en su lugar. La cuerda que guardaba el perímetro estaba donde debía estar y no había en el sendero rastro de presencias extrañas. Ya dentro del escaso espacio busqué en el lugar adecuado hasta encontrar un buen trozo de bacalao que no pudo esperar a ser desalado convenientemente. Con la sal abrasando los labios bajé hasta el riachuelo con un pequeño recipiente donde al poco reposaba toda la pieza.
Cerca del agua las pisadas menudas y profundas del jabalí con su prole y el murmullo cálido y continuo del agua. La techumbre del refugio necesitó de un cierto repaso ante lo que se aproximaba. Las nubes no prometían grandes cantidades de agua, pero nadie ha sabido predecir nunca la lluvia adecuadamente.
Darse una vuelta por los alrededores mientras el bacalao terminaba de perder los rastros de la sal era una buena manera de emplear el tiempo.
Con el impermeable envuelto en la mochila salí de la Cuevona para la inspección. El aire olía a humedad y el canto de los pájaros tenía un aquel de anuncio real o imaginario. La vegetación había crecido en determinadas zonas y parecía más escasa en otras, como si la lluvia, escasa en los últimos tiempos, se hubiera repartido de manera desigual, o el azar hubiera determinado qué cosas crecían y cuáles no.
Una pareja de cuervos descendió de lo alto de los pinos al llegar a lo alto de una loma y en la distancia se inició un rumor propagado por los valles. Poco después el sol mandó una serie de reflejos que se producían a intervalos regulares y nacían siempre hacia el sur. Dada la distancia no se podía más que imaginar una serpiente de vehículos con el adecuado camuflaje, delatados por el ruido inevitable de los motores en la ascensión. No parecían andar cerca, pero era mejor pensar que lejos tampoco.
Escogí del bacalao las piezas más delgadas, dejando que el resto reposara dentro del agua. Comer despacio y masticando lentamente, venciendo la ansiedad que el hambre provoca siempre. Olvidar a base de recuerdos, a ser posible agradables. No siempre era posible. Algo dentro parecía preferir regocijarse con las imágenes de las víctimas. Los otros. El enemigo. Quizás tenía razón aquella mujer.
Aquello crecía dentro, como un tumor, pero era también un buen recurso contra el miedo, o la soledad, o el hambre. El cuervo aterrizó sobre una de las lajas que rodeaban el refugio, con su semblante serio. Nació una sonrisa poco a poco. Es difícil distinguir a un cuervo de otro, pero aquella manera de mirar, descarada y atenta a cualquier acontecimiento, era muy del "Sabio".
También resultaba familiar el tono profundamente azulado de las plumas del pecho. Esperó en vano algún regalo y se marchó al poco sin despedirse. No eran tiempos de abundancia. Consumidas las partes del bacalao más comestibles, tomé el cuenco y volví al riachuelo para renovar el agua. Con suerte estaría en su punto adecuado para la cena. Por el camino unas pequeñas sombras revelaron una agradable presencia. Resultaba sorprendente no haber reparado antes en aquellos frutos negros y sabrosos que regalaban las zarzamoras.


Una vez retirada el agua del recipiente, llenaron el espacio que el bacalao dejaba libre hasta que el riacho se hizo de nuevo presente. Con el agua renovada y las moras bien lavadas se hizo mucho más llevadero el camino de vuelta. De vez en cuando el aire traía rumores lejanos, imposibles de identificar. Las primeras gotas levantaban un olor a ozono a punto de llegar a casa.
El sabor delicioso y líquido de los oscuros frutos consumió los minutos mientras el sol coronaba los cielos y la lluvia arreciaba sin llegar a producir daños. El aire estaba en calma y en la atmósfera se propagaba la sensación de una paz añorada, pero víctima ya del pasado reciente. La lluvia había detenido su tierno murmullo cuando la luz exterior inundó el austero hogar y algún rayo de sol alegró el paso lento de los minutos.
Un reguerillo de agua penetraba en el habitáculo oscureciendo la arcilla hasta formar un pequeño charco allí donde los pies reposaban.
En el exterior corría un viento leve que levantaba escalofríos en la piel mientras reparaba el pequeño agujero que había invitado a entrar a la lluvia. Reinaba un silencio contagioso y pacífico, sólo interrumpido por el gripo estridente de algún mirlo lejano. Un par de aguiluchos trazaban círculos en lo alto contra el fondo gris y discontinuo de las nubes. Por entre los montes, al fondo del horizonte, una nueva masa de nubes anunciaba su pronta presencia.
De nuevo a cubierto decidí emplear el tiempo en el cuidado del arma y la revisión de la munición. Pasaron las horas envueltas en una cierta somnolencia hasta que una cena temprana a base de bacalao húmedo y las moras que quedaban dio paso a la noche. Cubierto por el impermeable para evitar la humedad reinante, me entregué a un sueño frágil y huidizo.
Apenas la claridad comenzaba a asomar cuando el tarugo de madera cayó de su alojamiento mientras la cuerda producía un leve siseo contra las piedras y la arcilla de la pared. Llegaron voces claras y rotundas mientras me precipitaba al exterior con el arma en la mano y el impermeable bien amarrado alrededor del cuerpo sacudido por la sorpresa y el frío.
Tomé la dirección contraria al sendero y agazapado tras las altas rocas me detuve a escuchar. Los ecos de las voces se confirmaron una vez más al otro lado señalando claramente la dirección de la huida. Una vez en el rio ascendí por la otra vertiente aprovechando la masa boscosa hasta situarme en una cota lo suficientemente alta como para observar lo que ocurría al otro lado.
Las voces habían cesado. Lo probable era que la sorpresa hubiera ocupado toda la atención de los recién llegados. Una cierta claridad se adivinaba entre las nubes del fondo cuando sus primeros movimientos se hicieron visibles. Dos hombres rodeaban el refugio con los fusiles apuntados hacia adelante y mucha cautela en el andar, inclinando la cabeza hacia el suelo para buscar algún rastro. Portaban uniformes regulares y botas recién enceradas.
Su conversación se había reducido a la nada. Apareció otro hombre, con la pistola apuntando al cielo, al lado de la cabeza, y tras él un cuarto individuo sin uniformar. Se detuvieron a hablar los dos últimos, sin que el ruido de la conversación llegara a hacerse audible. Observé el equipo de los cuatro cuidadosamente.
Los militares portaban una pequeña mochila que no podía contener más que lo estrictamente necesario para la supervivencia, pero la del civil era algo más voluminosa.


Pasaron los minutos mientras los de abajo seguían observando el terreno siguiendo el mismo itinerario y los de arriba buscaban en el horizonte algo que llamara su atención sin buscar protección alguna. Pasados unos instantes, uno de los de abajo miró hacia atrás y el de la pistola extendió el brazo señalando un punto que venía a coincidir con el inicio de la ascensión que me había llevado al lugar que ahora ocupaba.
Una arista pizarrosa que sobresalía de la pared se convirtió en mi nuevo e improvisado escondite. Me recorrió una sensación de alivio cuando decidieron ascender en lugar de inspeccionar los alrededores del riachuelo.
Al otro lado, el tipo de la pistola rebuscaba en la mochila del que iba sin uniformar. Saltaron las alarmas ante la posibilidad de que tuvieran medios para comunicarse, pero todo lo que salió de allí fue un mapa. La lógica indicaba que de poderse comunicar ya lo habrían hecho. Decidí tomar la iniciativa. La pendiente facilitó el descenso y al cabo de media hora desemboqué en el camino que conducía a la Cuevona, sin dejar de preguntarme como podían haber dado con la entrada. El jeep que les había transportado apareció un poco más abajo, medio oculto entre la abundante vegetación.
Había un par de prendas militares y una pequeña carterilla de cuero negro de mala calidad. En el interior un grupo de cuartillas cortadas por la mitad con nombres y apellidos frecuentes en la zona. Anta, Delgado, Corcoba. Carmen Corcoba Sánchez. La tía Carmen. Al otro lado del papel, siguiendo la línea horizontal una "i" mayúscula cuyo significado no estaba claro. Recorrí las hojas sembradas de nombres y apellidos sin ordenar. En el fondo del montón había algunas escritas con una caligrafía más cuidada y ordenadas por apellidos. Enseguida lo vi. Luis Vieitez Delgado.
Nadie había llamado Luis a mi padre jamás. Todo el mundo lo conocía por Sito, y Sito era en realidad lo que había tras aquellas tres escuetas palabras. Siguiendo la hoja hacia la derecha, una indicación más clara. Trasladado. El corazón se encogió violentamente dentro del pecho. Como el maestro. El papel vino a descansar en un bolsillo interior de la camisa mientras los demás volvían dentro de la cartera.
A punto de cerrarla, otro nombre familiar, esta vez no entre los de la relación, sino al lado de uno de los cuños que daban carácter oficial al documento. Germán Sánchez Moreno. Volvieron a la memoria las bromas que la madre de Germán solía utilizar para asociar su apellido con la tez oscura que le había dado la naturaleza. Al lado del nombre, después de la coma, otra palabra nada inofensiva. Supervisor.
La ira continuaba creciendo en el interior mientras seguía el camino hasta llegar a una abrupta revuelta tras la cual el camino quedaba tapiado por dos altas paredes durante un corto trecho. En la escasa cuneta llena de escombros y vegetación descansaba una gran laja de pizarra, de aspecto robusto.
Apoyada sobre los restos de un viejo tronco que hubo de ser arrastrado con cierto esfuerzo desde el bosque cercano, componía la plataforma de despegue que necesitaba. Ahora todo consistía en esperar mientras las letras formaban nombres familiares en la mente, en letras gruesas y negras, como en las esquelas.
Los cuervos viajaban por el aire en grupos de dos o tres individuos, dejándose caer desde los árboles para ocupar alguna rama al otro lado del camino. De cuando en cuando caía una ligera llovizna que levantaba un tenue olor a menta y después el sol descubría de nuevo el camino hasta el suelo mineral. Un dolor puntiagudo comenzaba a instalarse entre las sienes cuando el motor se anunció a lo lejos.


Las ruedas levantaban el polvo en aquellos tramos en los que el ramaje protegía a la tierra de la caricia del agua que caía intermitentemente de los cielos. El conductor ajustó el rumbo a la derecha para sortear la violenta curva con solvencia y entonces la rueda se encontró con la improvisada plataforma de pizarra que elevó el jeep por los aires hasta que se empotró con un ruido brutal en la pared de enfrente y quedó tendido sobre uno de sus laterales.
Afinaba la puntería con los dientes apretados contra una de las siluetas que comenzaban a asomar bajo las chapas retorcidas cuando desde una brecha abierta en el depósito comenzó a manar abundante la gasolina. El segundo disparo elevó una columna de fuego y calor insoportable hacia el cielo.
Las llamas hacían presa de algunos de los pinos vecinos cuando me puse de nuevo en movimiento desandando el camino que acababa de recorrer. El sol lucía absurdamente entre una lluvia fina que la piel agradecía como una caricia.
Localizar el maltrecho vehículo arrebatado a los asaltantes de la Cuevona tomó más tiempo del previsto. A lo lejos, a través de la masa boscosa se levantaba delatora la enorme columna de humo negro. Todo aconsejaba tomar la dirección contraria por más que las incógnitas se multiplicaban con el paso de los segundos. No había más alternativa que poner tierra de por medio y sin más demoras.
Las curvas del camino se convertían una y otra vez en posibles trampas tras las cuales otras curvas tomaban el relevo convirtiendo la marcha en una tortura difícil de soportar. A la izquierda de la ruta se dibujó repentinamente el contorno de una carretera peligrosamente próxima sin que entre ambas se interpusiera más que una línea de vegetación escasa y de poca altura y al fondo un río con muy poco caudal que no recordaba haber visto en ningún momento.


A lo lejos, como brotada de la nada, una columna de camiones con el familiar todo pardo que facilita el camuflaje entre los montes. Detuve el jeep en medio del camino obligándolo a serpentear de un lado a otro al clavar los frenos sobre la superficie arcillosa y húmeda. La inmovilidad era la única estrategia sensata.
La serpiente parduzca se movía siguiendo el curso del valle con un eco que el aire traía con claridad. De frente, el camino, con el bosque a la derecha y el río al otro lado, y corriendo sinuosa junto al río, la carretera por la que habría de aparecer la columna. No podía tardar más de unos diez o quince minutos. El terreno resultaba completamente desconocido, pero la carretera temía que venir de algún núcleo importante. Súbitamente la columna de camiones desapareció tras un accidente del terreno. La trasera del jeep bailó sobre la pista mojada acusando la violencia del acelerón.
Una alta chimenea se recortó de pronto contra el fondo oscuro de las nubes. A una marcha prudente las ruedas avanzaron unos cientos de metros hasta que a la derecha se abrió un estrecho acceso escarbado toscamente en la masa del bosque. La montaña de escombros resultaba algo escasa para ocultar el vehículo, pero quizás tampoco fuera fácil descubrirlo desde el otro lado.
Entre los árboles se distinguía con claridad la silueta familiar de la chimenea metálica.
Enseguida se hicieron presentes algunos ruidos que delataban cierta actividad en las proximidades. Al otro lado del río, el eco de la columna se adivinaba cada vez más próximo. Me aposté a unos metros del vehículo entre unas matas de espliego que crecían sobre los escombros, observando de vez en cuando lo que pasaba en torno a la fábrica. La columna se aproximaba rápidamente.


Volvía a caer una agüilla pertinaz cuando la primera unidad del convoy pasó enfrente y el conductor dejó vagar la vista al otro lado. El gesto no denotaba alarma de ninguna clase, y lo cierto es que la chimenea debía ser atractiva para la vista.
Su extraña silueta sufrió el examen de todos cuantos habitaban las cabinas de cada uno de los camiones del convoy, sin que en sus rostros se dejara notar alguna señal de alarma. Sujetas a la parte de atrás de las últimas unidades viajaban cuatro piezas de artillería que obligaron a recordar la piel blanca de Lola, su boca de fruta... su ausencia ya definitiva.
Pasó la última de las unidades dejando un rumor mecánico en el aire cambiante de la tarde. A punto de reanudar la marcha apareció en medio del acceso un tipo de mediana edad con las manos en los bolsillos, un bigote pobladísimo, boina calada y la cadena dorada de un reloj colgando sobre el chaleco. No articuló palabra.
Un segundo antes de que me incorporase dio media vuelta y desapareció como un fantasma. De nuevo se hizo evidente lo importante que era poner tierra de por medio, y la mejor solución era ponerse en marcha.
Un color más oscuro se adueñaba de las nubes a medida que la tarde avanzaba y una clara sensación de urgencia se instalaba en algún rincón. Lo lógico era que hubiera controles en las carreteras, lo cual aconsejaba no acercarse a las vías principales, pero por otro lado, permanecer a bordo del jeep era más irresponsable a cada minuto que pasaba.
Como surgido de la niebla de un sueño nació en el fondo del valle el silbido familiar de un tren. Las ruedas resbalaron suavemente sobre el barrillo acumulado en el camino al accionar el freno. Era una posibilidad. Algo más que la nada.


Unos kilómetros más abajo, interné el coche por una estrecha senda que murió a unos cientos de metros junto a un casetucho destartalado y abandonado en un pasado ya lejano, en el que no había signos de actividad reciente. Volvía a caer una llovizna suave que despertaba los sentidos aportando una cierta calma a la atmósfera llena de incertidumbres. Se hicieron necesarios algunos cálculos.
La vía del tren podría distar no más de tres o cuatro kilómetros y quedaban apenas un par de horas de luz. La primera se iría en la aproximación al fondo del valle. Allí habría que esperar la llegada de la noche.
Abandoné el jeep tras una elevación del terreno, fuera de la carretera. La marcha hubo de iniciarse sin la protección de la proximidad de los árboles, hasta que al cabo de un cierto trecho los chopos y algunos grupos de robles y alcornoques sirvieron de sobria compañía. Brotó un rumor al fondo del camino obligando a trazar una corta carrera e internarse entre la vegetación.
Pasó un camión con la lona echada para proteger a los ocupantes. Debía haber seguido la misma ruta. Tras un par de kilómetros de caminata, las siluetas de sus ocupantes se dibujaron en la oscuridad creciente, a ambos lados del camino. Los miles de obstáculos que pueda haber en un lugar desconocido se enzarzaban en los pies mientras monte a través buscaba un sendero que me alejara de aquella patrulla. Apenas quedaba luz cuando un senderillo dibujó su imagen blanquecina por entre los altos chopos.
La luna insistía en agazaparse tras las nubes bajas con más frecuencia de la que hubiera deseado y la vegetación cubría el sendero una y otra vez, ocultando su rastro pálido.


Muy poco a poco comenzaron a nacer luces domésticas más abajo, en el valle. Fijé sus referencias cuidadosamente ante la imposibilidad de saber exactamente en qué punto había quedado el control.
Las cosas importantes suelen exigir paciencia y mucha calma. Me repetí la misma letanía una y otra vez mientras los pies buscaban el rastro cada vez más difuso del sendero. A veces con curiosas variaciones de tipo casi matemático. Si un camino toma un par de horas, también puede hacerse en cinco o seis. O siete. La oscuridad era en aquel momento el único refugio. Tras unos minutos más de camino y después de ascender lentamente una pequeña loma, un grupo de luces más importante se hizo presente en el horizonte.
Casi podía distinguirse la silueta alargada de las lámparas que en las estaciones suelen acompañar al rótulo que identifica la localidad a los ojos del viajero que termina su viaje. La esperanza se hizo más fuerte a pesar de la llovizna que empezaba a tomar la forma de lluvia pura y dura.
Me eché por encima el impermeable sin vestir las mangas para evitar una transpiración excesiva y acomodé el paso a un ritmo aún más lento para evitar el chapoteo en los inevitables charcos. El aguacero llegó a su fin justo cuando el sendero desembocaba en otro más ancho pero mucho menos visible.
Algunos árboles se elevaban a la izquierda impidiendo ver las luces del valle que me había fijado como referencia. La luna se abrió hueco en el cielo colmado de nubes bajas y reflejó tenue pero inconfundiblemente las dos líneas aparentemente interminables de la vía férrea. Un camino difícil de seguir pero imposible de perder. Pasó más de una hora hasta que las luces familiares de la estación se hicieron próximas entre la tiniebla nocturna.
La distancia hacía imposible distinguir la hora que marcaban las manecillas del reloj sobre el fondo redondo y amarillento. El andén consistía apenas en una superficie mínimamente elevada sobre las vías y un par de bancos de madera cuya apariencia era imposible apreciar.
Ni un alma en todo el espacio circundante. A la derecha de la vía principal había otra secundaria ocupada por un par de vagones. Con el oído atento me acerqué a los dos examinando el interior dando la espalda a las luces para que los ojos pudieran acostumbrarse a la oscuridad.
Ascendí al vagón por el lado contrario al andén y me acomodé en la única esquina que ofrecía una cierta protección, con el impermeable por encima y los brazos cruzados sobre el pecho para combatir el frío. Casi en un sueño recordé a aquel viajante que solía bromear con Herminio a causa de los fallos continuos de su coche. Le molestaba terriblemente tener que coger el tren tan temprano y me pregunté qué hora sería exactamente "tan temprano".
Después pensé que sin saber el dónde, poca importancia tiene saber el cuándo. Entonces se tornó necesario saber cuál era el nombre de aquel lugar. Por entre las rendijas de las tablas de madera apareció el rótulo encajado entre las dos bombillas proyectadas en el aire por dos barras metálicas protegidas por un capuchón. Requejo.
Aquello estaba en el camino a Valdeorras, la tierra de Marta, la que había sido madre de mi madre. El tren tendría que pasar bien entrada la madrugada y el riesgo consistía en quedarse dormido, pero el frío parecía prestarse a colaborar.
La oscuridad era total cuando el chirrido del convoy se anunció desde la lejanía. Apenas un par de farolillos ante el cilindro colosal de la máquina y el penacho impetuoso de vapor inundando el aire por la chimenea.


En cuanto se detuvo observé al otro lado por debajo de los vagones. Dos pares de botas altas y el pantalón de tonos azules del jefe de estación. Del tren descendió el vestido amplio de tonos claros de una dama y un segundo después se oyó el tono destemplado del silbato que autorizaba la partida. Y nada que se interpusiera en mi camino.
Agazapado tras el contorno del vagón que me había dado su fría hospitalidad, esperé que iniciara la marcha mientras me enfundaba en impermeable ajustando firmemente los botones en los ojales y la capucha en torno a la cabeza. Iba a hacer mucho frio. Lo demás fue una corta carrera hasta los asideros y un salto para colocar firmemente los pies en lo más alto para impedir que desde al otro lado pudieran verse.
El convoy fue tomando velocidad hasta dejar atrás las luces amarillentas. Cuando la oscuridad se hizo completa los pies se acomodaron en el peldaño inferior permitiendo una postura algo menos forzada y el viento comenzó a azotar la superficie del impermeable por la espalda.
El primer túnel fue una desagradable sorpresa. El frio martirizaba las piernas y las manos, aferradas con desesperación al metal indiferente de los asideros. Sólo las curvas que el tren tomaba del lado derecho permitían un pequeño descanso en la presión que se necesitaba para permanecer a lomos de la bestia de hierro. Detrás del primer túnel vino otro y otro y otro más, hasta que el entumecimiento comenzó a generalizarse por todo el cuerpo.
Sólo la tregua concedida por la lluvia contribuía a aliviar la tortura. La posibilidad de intentar abrir la puerta e introducirse en el vagón era más una tentación que una verdadera posibilidad. Una revelación acudió en un instante al cerebro martirizado por la fatiga física y anímica. En el andén de Ponferrada mi cuerpo casi petrificado quedaría al descubierto.


Y entrar en el tren era un suicidio. El convoy iniciaba una leve ascensión que ralentizaba levemente la marcha. En cuanto tomó una curva a derechas empujé el cuerpo hacia el extremo del peldaño buscando con la mano izquierda un asidero en la parte trasera del vagón. El perfil de madera alivió el frio aterrador de los dedos mientras con el pie seguía el perfil metálico de la plataforma.
Poco a poco el cuerpo fue situándose sobre los enormes bulones que protegen el contacto de los vagones en su parte posterior. La superficie redondeada impedía una comodidad razonable, pero el verse libre del azote del viento hacía nacer rápidamente una sensación de calor vivificante. Al cado de unos minutos el perfil del otro lado ofreció la base adecuada para una estancia mucho más confortable y abrigada del viento cortante de los laterales. La esperanza renacía con fuerza.
Las lucecitas que nacían abandonadas a lo lejos comenzaron pronto a anunciar la proximidad de la ciudad. Pasaron cada vez más próximas, hasta que la velocidad del tren fue menguando más y más. Intenté entrar en calor para el salto, frotando las manos una contra y otra y flexionando las piernas repetidamente hasta que nació una mínima sensación de fatiga.
La total oscuridad comenzó a aconsejar prudencia en razón de los riesgos que implicaba una mala caída que se hacía más que probable saltando desde semejante posición. Busqué el asidero de madera y seguí con el pie el perfil metálico de la plataforma hasta situarme sobre los peldaños de la puerta contraria al andén. Tras el cristal, la espalda robusta y arropada de un viajero que se disponía a abandonar el tren.
En la vía adyacente apareció poco a poco el contorno difuso de un tren de mercancías. A unos cincuenta metros abandoné el convoy iniciando una rápida pero torpe carrera para neutralizar la inercia y ocultarme tras los vagones de mercancías.


Al resguardo de las enormes ruedas metálicas inspeccioné el espacio por debajo de las plataformas. Había gente acá y allá en el andén. Zapatos brillantes y algunas botas también. La prudencia aconsejó ascender a uno de los vagones por si el examen se extendía al resto de las vías. El tren iniciaba de nuevo la marcha mientras los soldados miraban a uno y otro lado sin extremar el celo.
Finalmente se cobijaron tras los cristales de la cantina, iluminada por una luz escasa y cenicienta, aplicando una cerilla al cigarrillo que acababan de depositar en los labios.
Los alrededores de la estación estaban tristemente desiertos. Una agüilla continua y pertinaz descendía de las nubes instaladas sobre los montes mojando apenas el pavimento de las aceras iluminadas por farolas frías e impersonales.
Permanecían cerradas y oscuras las ventanas de las casitas bajas de los alrededores, mientras en los bloques de edificios se iluminaban los pisos de los más madrugadores. Por las estrechas callejas próximas al mercado llegaban los ecos lejanos de las cajas de madera que se arrastraban pesadamente hacia el interior con ayuda de garfios de hierro provistos de un grueso mango de madera.
Dando un rodeo enfilé una de las calles que subían hasta el centro evitando en lo posible cruzarme con nadie. De la garganta subía un resquemor ácido que resultaba a la vez familiar y molesto. Se abrió una puerta al otro lado de la acera y una mujer echó a caminar por la acera con la espalda encogida y la cabeza protegida por gorrito de punto. Una leve claridad acertaba apenas a adivinarse cuando comencé a ascender la cuesta de la calle que me llevaría a mi antiguo y relativamente confortable escondrijo.
Nada parecía haber cambiado allí.


Las escasas luces de la calle seguían alumbrando cansinamente los rincones de siempre y los gatos se paseaban perezosamente, arrimados a las paredes encaladas. Ningún signo de vida en la casa de Damián y tampoco en el sendero que descendía hasta el escondite. El sol anunciaba su vuelta a la vida mientras deambulaba por los alrededores de mi modesto hogar revisando el primario sistema defensivo.
La cuerdecilla había sido claramente desplazada del lugar en el que debía reposar. Puerta y ventanas permanecían cerradas sin mostrar ningún signo que indicara que alguien hubiera accedido al interior. Jamás había entrado Damián en la casa desde que me había autorizado a servirme de ella y de hecho llamaba a la puerta antes de entrar. Agotado por el cansancio y el frío permanecí encogido junto a la pared hasta que la luz del día adquirió cierta firmeza.
La llave estaba disimulada en el hueco de costumbre del que hubo que retirar algunas hojas y polvo acumulado. No había forma humana de comprobar si alguien me esperaba dentro, así que, con absoluto estoicismo hundí la llave en la cerradura y entré cerrando de nuevo la puerta.
Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad brotó de la tiniebla el amoroso contorno del catre, las sillas solitarias alrededor de la mesa y los pocos cachivaches que componían el modesto capital que me hacía la vida más agradable. En una esquina destacaba la blancura de las sábanas, dispuestas sobre una rudimentaria estructura de madera que evitaba que el polvo se acumulara sobre las pocas ropas de que disponía.
Una cierta sensación de hogar recuperado conseguía afianzarse sobre el frío interior que había dejado la pérdida de Lola. Apartado el catre, comprobé el estado del dinero disimulado en un pequeño hueco practicado entre las piedras de la pared.


La humedad despedía un olor familiar que se adhería al papel y a las piezas de algodón que lo rodeaban. Dentro del cajón de la mesa algunos restos de comida que despedía un olor dulzón muy desagradable. Las frías sábanas de la cama estaban a punto de recibir el cuerpo martirizado cuando ante la puerta un trozo de papel blanco reclamó toda la atención aclarando al mismo tiempo cuál era la razón de que el sistema de alarma hubiera saltado.
Letras menudas y bien trazadas mostrando un mensaje lacónico y probablemente poco útil. "Pásate mañana por el bar después de las 10 de la noche." Dado el tiempo que podía haber pasado desde que se había dejado allí la misiva, poco podía hacerse. Dos finos hilillos de luz penetraban por los resquicios de las contraventanas cuando las sábanas húmedas recibieron con cierta pena un cuerpo dolorido y casi extenuado.





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sábado, 31 de julio de 2010

Cap. XXVII


Y
a entrada la tarde, volvía la consciencia a pasitos cortos y los ojos iban registrando con cierta alegría los detalles insignificantes de las maderas del techo. Entre las sábanas vivía un calorcillo vivificador que siempre se recordaba. Uno de los pocos signos de normalidad que las circunstancias permitían sólo de cuando en cuando. Por los caminos interiores del cuerpo, garganta abajo, nacía una sensación como de quemadura, una irritación cuyo origen delataba algún líquido que insistía en deslizarse por la nariz. No se puede viajar impunemente en un tren, a la intemperie.
Una corriente líquida se manifestó en la nariz en cuanto me incorporé. El sol parecía haber caldeado el austero espacio, pero la tarde caía ya y el frío nocturno era algo seguro. Había algunas cosas que no se podían demorar. Los restos de comida propagaban por el aire un olor desagradable y el cuerpo necesitaba de algunos cuidados que correspondían principalmente a la alimentación.
Asearse mínimamente ayudaría también a despertar por fin de un sueño reparador. Abierta una de las contraventanas, la luz inundó discretamente la estancia. Alguna columnita de humo en el aire era el único signo de vida en el exterior.
Los cuervos hicieron acto de presencia en cuanto los restos de comida fueron depositados lejos de la casa, a una cierta distancia del rio. Aquel murmullo del agua se antojaba a veces necesario para conseguir una cierta paz interior. El entorno no mostraba ningún cambio a primera vista.
Recorrí lentamente las márgenes del rio acompañado de la musiquilla natural de la corriente mientras la luz se escondía cada vez más tras los montes. Antes de volver corté algunas ramas verdes de matorral que servirían para adecentar el piso de la casa. La siguiente tarea consistió en fijar un orden de prioridades en las tareas pendientes.

Razonablemente aseado y con ropa limpia salí a la calle observando al pasar la casa de Damián sin signos aparentes de vida. Elegí una tienda que no había visitado nunca para proveerme de algunos alimentos indispensables, en una cantidad discreta para evitar la curiosidad del tendero, un tipo de pocas palabras, de hombros hundidos y ojeras hundidas.
Ya estaba con otras tareas cuando me dio las vueltas y las buenas tardes. La llovizna del día anterior había dado paso a un cielo apenas manchado por algunas nubes blancas y altas que, con algo de suerte, evitarían que la temperatura bajara demasiado por la noche. Había poca gente en la calle y los pocos bares por los que pasé permanecían casi desiertos.
Los carteles de contenido propagandístico aparecían aquí y allá, ocupando los muros y las paredes que delimitaban las fincas abandonadas o los terrenos de labor. Un grupo de uniformados dio la vuelta a una esquina a lo lejos obligándome a tomar otra ruta. Apoyé un instante el paquete de alimentos en una ventana baja, me limpié los mocos que pugnaban por salir de su encierro y seguí camino.
El vecino malquerido de Damián había sacado la silla fuera de casa y disfrutaba de la soledad exterior con el cuello de la chaqueta subido y el bastón golpeando a intervalos regulares el suelo, como siguiendo el ritmo de algo. Canturreaba alguna cancioncilla cuando pasé a su lado sin prestarle atención. Puede parecer imposible, pero en ciertas circunstancias las miradas de la gente llegan a notarse como se nota el viento o la caricia de la lluvia.
Esta mirada tenía poco de caricia y me hizo pensar que la supuesta seguridad de mi refugio estaba lejos de ser definitiva. Se perdió el eco de la cancioncilla al llegar a lo alto de la cuesta.

Necesitaba noticias de aquel Damián pero la presencia del viejo más abajo aconsejaba prudencia. Ladraba algún perro a lo lejos cuando llegué a la casa.
Lo bendecí por haber acumulado aquella leña seca. Unas simples tablillas debajo de un par de troncos abiertos y el fuego reinaba fácilmente convirtiendo la estancia en un lugar más apto para la vida. Después de hincarle el diente a una jugosa manzana dispuse algunos simples planes y esperé la llegada de la oscuridad. Un picor en la garganta anunció el esperado avance del resfriado.
Eché mano de un viejo chaleco para combatir el frio exterior, y con el cuello de la chaqueta levantado me dirigí directamente a la casa de Damián. Empujé discretamente la puerta y esta opuso una resistencia mínima. La escasísima luz no permitía un examen mínimamente útil. Busqué por la cocina hasta encontrar el mechero de yesca sobre el tirador de la chimenea y alimentando la exigua brasita soplando de cuando en vez inspeccioné el comedor y las habitaciones.
Nada más empujar la puerta del dormitorio se hizo presente un olor dulzón muy familiar. Sobre la mesita de noche reposaba un plato con una manzana completamente podrida. La cama estaba desecha y el cuchillo que habría servido para pelar la fruta descansaba indiferente a todo en el suelo, junto a la pared.
Empujé la puerta del mínimo espacio que utilizaba para el aseo. Cuando soplé sobre le mecha, el espejo devolvió la imagen fantasmagórica del rostro y el rastro escarlata de cuatro letras dibujadas toscamente sobre el cristal. Rojo.
La imagen reflejada por el cristal parecía mostrar mejor que nada la realidad que se imponía cada día. Un rostro magro, avejentado, la tiniebla acentuada por la débil iluminación y el futuro en letras rojas. Por las paredes, diseminados aquí y allá más rastros de sangre ya reseca.

Lo mejor era escabullirse después de recuperar cualquier cosa que resultara útil. Me sorprendió descubrir dentro de un armario la ropa femenina y algunos pares de zapatos de charol en el fondo. Recordé vagamente algunos comentarios más bien sarcásticos que había hecho sobre la que había sido su mujer y a los que apenas había prestado atención. Después me pregunté qué razón lo habría impulsado a conservar aquellas ropas y concluí que las razones no siempre obedecen a leyes lógicas o racionales.
La búsqueda resultó inútil. El hombre no parecía haber dispuesto de nada que no fuera lo imprescindible para la vida. El frío se hacía más intenso cuando eché la cabeza para comprobar que en el exterior todo continuaba tranquilo. Algo ardía ya garganta abajo sumándose a la sensación de ligero mareo que suele acompañar a los males del frío.
De vuelta a mi refugio, el calorcillo de la cocina aportó un cierto alivio a las perspectivas del nuevo y sórdido hallazgo. Una cena breve y austera dio paso a un periodo de reflexión al lado de la chapa caliente y a la caricia húmeda pero reconfortante de la humilde cama.
La mañana nació con una niebla espesa instalada a cierta altura, fría y húmeda. La picazón de la garganta empezaba a ceder y sólo una leve tos testimoniaba los efectos de la fría incursión en el tren salvador. Parecía recomendable no darse muchos paseos ante el viejo de la cuesta, y la solución era obvia. La puerta de la bodega ofreció una cierta resistencia.
Localicé la entrada al pasadizo y uno vez levantada la gruesa trampilla cerré de nuevo la puerta de entrada. La débil luz de la mecha iluminó los pasos en el claustrofóbico espacio hasta llegar al espeso matorral que disimulaba la entrada. La niebla parecía más inclinada a descender sobre el mundo que a ceder paso a los rayos del sol.

Desembarqué discretamente por las calles estrechas. Era hora de moverse. Alguna gente caminaba urgente por las aceras, siempre aisladamente, como si la compañía fuera algo prohibido. Localizar el bar tomó su trabajo y la caminata no tuvo más recompensa que la visión del abandono más absoluto. Hojas muertas, papeles de periódico y desperdicios de todo tipo se acumulaban en el lugar. La falta de información comenzaba a hacerse insoportable y todo alrededor empezaba a dibujar un panorama particularmente negro.
Caminando por las calles intentando aparentar una normalidad acaso difícil de entender ya, se entró la mañana. Pasó un elegante coche negro, abrillantado y dentro de el cuatro tipos con cara de pocos amigos y el gesto concentrado. Me extrañó no ver apenas los uniformes y correajes que hacía poco tiempo eran tan frecuentes en las calles.
Como si de una respuesta se tratara llegó un eco de lo alto de las montañas y tras el primero un rosario de estallidos que recordaron inmediatamente la voz de Lola. Son cañones, había dicho. Como estos. La gente que transitaba por la calle apuró el paso después de mirar hacia lo alto. Alguien tenía que saber algo.
La humedad que rodeaba todavía un pasquín colocado sobre la cristalera de un local con apariencia de abandono llamó entonces mi atención por la abundancia de letras que contenía. No era información lo que aquello contenía sino más bien un alud de advertencias contra todo aquel que osara prestar la más mínima colaboración a los "enemigos de la patria". Todo lo que parecían necesitar ya era sacar a quienes se ocultaban de sus cubiles.
La violenta claridad de la niebla que por fin ascendía puso un claro contrapunto a la oscuridad que nacía y se extendía por los caminos del cuerpo, dentro quizás del alma.

El olor a garbanzos o verduras que se extendía por las calles indicaba la proximidad de la hora de la comida. Un rumor de voces salió a la calle desde un local que no recordaba. Aparcó un pequeño camión en la acera y dos hombres de edades diferentes se apearon con gesto de cansancio y traspasaron la puerta abierta completamente. Decidí seguirles. Gente con gorras y boinas se alineaban sobre bancos corridos apoyándose en las mesas en silencio.
Sólo un par de individuos bien vestidos charlaban en la barra mientras daban cuenta de dos vasos de vino e introducían de cuando en cuando un pimiento verde entre las fauces. Salió una mujer de una puerta al fondo del local, con un mandil de flores oscuras sobre un fondo azul.
- Tenéis callos y arroz, muchachos, vosotros diréis.
Había dos grupos de tres personas en una de las mesas y otras dos aisladas en la de enfrente. Seguía entrando gente. La concurrencia elegía entre los dos platos y la mujer se iba a la cocina sin más. Súbitamente noté presión en el hombro y enseguida se me vino un tipo corpulento encima, reclamando sitio sobre el banco y sin prestar la más mínima atención a mi reacción.
Controlé un primer impulso y cedí el sitio haciendo de paso hueco a otro que lo acompañaba. Volvió la mujer de la cocina con tres platos de callos y preguntó con la mirada. Elegí arroz. Se sirvieron los platos y algunas jarras de vino aterrizaron en la mesa sin que nadie las pidiera. Luego vinieron los vasos, gruesos y gastados. Entró un par de hombres por la puerta y uno de ellos habló con tono autoritario.
- Ponnos una mesa.
La mujer hizo un gesto de fastidio mientras el tipo paseaba una mirada displicente por entre los asistentes.

Disimulé como pude la sorpresa de ver al antiguo jefe de Lola a su lado, con gesto serio y bien vestido. La mujer trasladó una mesa redonda hasta la entrada con ayuda de uno de los clientes del local y la arrimó a la pared para evitar obstaculizar la entrada. No recordaba el nombre de aquel tipo y dudaba si me podría reconocer. Una sensación de relativo alivio me recorrió cuando ocupó la silla que quedaba de espaldas.
El tono altisonante de su conversación contrastaba llamativamente con lo contenido de las voces del resto del comedor. Los de la barra terminaron sus vinos, pagaron y marcharon sin contestar al agradecimiento de la camarera.
Entre el arroz blanco había algún trozo de calamar más bien duro y un huevo cocido. En conjunto no resultaba especialmente sabroso pero ayudaba a llevar las penas. Los tipos a los que había hecho sitio hablaban de cuestiones de campo, cosechas, semillas y fechas.
El grupo de tres a mi derecha hablaba apenas y miraba de reojo a la mesa de la entrada. Presté más atención a sus cuchicheos y a la conversación de los dos de la mesa redonda, a la cual había que atender aunque fuera involuntariamente.
Entre los cuchicheos del grupo llegaba alguna palabra aislada. Carracedo. Una columna de humo. Los gestos denotaban interés y de vez en cuando escapaba una mirada a la mesa de la entrada. Sus dos ocupantes conversaban como si no pasara nada en el mundo. Cifras, fechas y algún adjetivo que denotaba educación y formación técnica.
- … evitando en lo posible los alarmismos.
El que fuera jefe de Lola hablaba poco y se rascaba frecuentemente la cabeza en un gesto quizás de inseguridad. El otro tipo miró a la camarera con un gesto autoritario hasta que la mujer acudió a la mesa apresurada.

Al poco se les acercó con un plato lleno de jamón recién cortado cuyo aroma hizo levantar la vista a todos los presentes, y dos servilletas de paño. Comprendí que era imposible recabar información fiable en una situación como aquella. Súbitamente aparcó un jeep frente a la entrada y los músculos se tensaron involuntariamente.
Entró apresuradamente un oficial que se cuadró ante la mesa redonda mientras la concurrencia observaba con atención. Observé la reacción del jefe de Lola mientras el otro tipo escuchaba las novedades y después hacía un gesto con los dedos de la mano. El oficial entró con un prisionero que llevaba la frente cubierta por una venda amarillenta y las manos a la espalda. Se levantó, examinó los papeles que el otro le mostraba y murmuró apenas.
- Trasladado.
Oficial y prisionero abandonaron el local rápidamente mientras el tipo se limpiaba la boca con la servilleta y respondía a las miradas curiosas con un gesto altivo que las devolvió a los platos. Sólo el rumor de los cubiertos sobre la loza conseguía hacerse notar al lado de su voz profunda y autoritaria. Alguna gente comenzó a abandonar el local después de pasar a pagar por la barra.
Unido al grupo que salía salí del comedor con una sensación de que el tiempo se había acabado y una necesidad urgente en el estómago, en el que la comida parecía haberse congelado. El malestar fue creciendo hasta que un vómito repentino me asaltó en un pequeño descampado entre casas ruinosas. Mientras me recuperaba observé con cuidado la puerta del local.
Eché a andar cuando sentí el rumor del jeep aproximarse desde el cruce próximo. Paró a recoger al importante y siguió camino. El jefe de Lola comenzó a caminar en mi dirección.

Desde la otra acera sentí un instante su mirada atenta y una vez se hubo alejado lo suficiente seguí sus pasos. Vestía una gabardina de aspecto pulcro y factura impecable y su caminar parecía reflejar un mundo interior estable y en paz. Dobló la esquina obligándome a acelerar el paso. Tras un recorrido relativamente corto levantó la vista hacia uno de los pisos de un edificio de construcción reciente.
La bandera bicolor flotaba en una de las ventanas más altas. Subió con seguridad los amplios escalones de la entrada y apretó un timbre. Le franqueó la entrada uno de uniforme alto y circunspecto. Frente al edificio se levantaba una capilla casi diminuta rodeada de un pequeño jardín con dos entradas.
Entré al tiempo que una mujer enlutada que llevaba de la mana a una cría rubia de pelo liso sujeto por una pequeña coleta. Ella entró en la capilla mientras mis pasos recorrían despacio el jardín exterior. Algunas nubes se deshacían en lo alto permitiendo el paso de los rayos del sol. No había en el jardín nada que llamara especialmente la atención.
Setos bajos componiendo un espacio geométrico en el interior del cual crecían flores y plantas de exuberantes hojas verdes. Interesaba más la capilla. La pared trasera describía un semicírculo imitando los ábsides de otras construcciones de carácter religioso, albergando una puerta de madera recia y oscura y un par de ventanales en un nivel más alto.
Completada la vuelta al recinto me encontré de nuevo ante la gran puerta de entrada sobre la que se había colocado un pequeño cartel con el horario de misas. El cristal que lo protegía reflejaba con todo detalle la imagen del edificio de enfrente y los embates del viento sobre la bandera.
Los pasos producían un eco inevitable en el interior de la capilla. La mujer enlutada se había arrodillado en uno de los bancos más próximos al altar.

Otra mujer, en traje de faena , limpiaba cuidadosamente las aristas y ángulos de los bancos con un paño que humedecía periódicamente en un cubo de cinz. Al otro lado del pasillo, adosada a la pared, una escalera de madera ascendía por una empinada pendiente hasta un nivel superior.
El aire del exterior no ayudó a dispersar los fantasmas que cabalgaban en algún rincón, entre los nervios y las arterias, seguramente cerca del corazón. Una extraña inquietud se hacía dueña de todo mientras caminaba por las calles sin perder de vista la entrada del diminuto templo.
Salió la mujer enlutada con la niña de la mano y al poco tiempo, mientras me aproximaba, siguió sus pasos la limpiadora. Giró enseguida a la izquierda dirigiéndose con paso seguro hacia el fondo del jardín. Me interné de nuevo en el recinto mientras con un ojo observaba como se inclinaba para vaciar el cubo por el sumidero y con el otro permanecía atento a la pequeña escalinata presidida por la rojigualda.
Una vez dentro dejé que una de los columnas ocultara mi presencia a quien pudiera entrar de nuevo.
Al cabo de unos minutos, los pasos de la mujer despertaron nuevos ecos sobre el piso encerado. Caminó de prisa hacia la sacristía, entró en uno de los recintos y salió deprisa sin los útiles de limpieza. En mitad de uno de los pasillos laterales estiró el cuerpo hasta una cierta altura en la columna y accionó un interruptor, apagando las pocas luces que alumbraban el recinto.
Desde la puerta emitió una voz que resonó extrañamente entre la imaginería, los bancos y las columnas de piedra.
- Voy a cerrar. ¿Queda alguien?
La llave basculó pesadamente dentro de la cerradura y después se hizo el silencio. El sol se colaba por los altos ventanales laterales sin conseguir aportar un gramo de calor.

No había contado con un desenlace tan rápido y sorpresivo, pero a cambio contaba con toda la libertad para examinar la actividad en el edificio de enfrente sin más riesgos que una noche sin cena y un poco de calor. La escalera de madera subía con una acusada inclinación hasta un altillo probablemente destinado a un coro que no podría ser en ningún caso numeroso.
Tres ventanas proporcionaban luz bajo un pequeño rosetón desprovisto de toda policromía. El único mobiliario consistía en una pequeña escalera de madera que sirvió perfectamente para instalar el observatorio. Del edificio de enfrente salía y entraba gente con cierta frecuencia, sin que el trajín llegara a ser continuo.
Gente uniformada o elegantemente vestida. Algún pintor también, con el mono de trabajo decorado profusamente por gotitas más o menos llamativas de muchos colores, sobre los que parecía predominar el blanco.
El frío comenzó a ganar terreno después de un cierto tiempo de observación. Nada alrededor de lo que echar mano. En la sacristía aparecieron algunas prendas cuya utilización parecía reservada a los oficiantes y un par de mantas sobre un estrecho catre que quizás utilizaran para descansar entre oficio y oficio. Parecían de buena calidad.
De vuelta al observatorio, algunas nubes comenzaron a interponerse ante los rayos del sol. La temperatura era realmente fresca, pero tampoco era probable que descendiera demasiado. La puerta del edificio se abrió de nuevo franqueando el paso a un oficial, alto y atlético y a un tipo que delataba cierta irregularidad en el paso por los escalones. Se pararon en medio mientras el militar extendía el dedo índice para enfatizar lo que estaba diciendo. Al principio se hizo un poco extraño reconocer a su lado las facciones familiares de Germán.

Después volvió rápidamente a la memoria aquella imagen de los montes de Sotelo y la posibilidad apuntada por el amigo de nombre desconocido de que fuera el parentesco lo que uniera a aquellos dos hombres. Ningún parentesco podía situarlos juntos en aquel escenario.
Una intensa pesadumbre se acomodó entre los ojos aconsejando cerrarlos, como si la oscuridad pudiera ser un consuelo. Volvieron recuerdos remotos de la infancia y la juventud. La existencia humilde pero digna de los primeros años de trabajo en Vega, las facciones ya borrosas de Herminio, la expresión eternamente sombría de aquel hombre que quizás aún seguía siendo mi padre.
Pero no… Nada en todo cuanto nos rodeaba permitía atisbar el más mínimo indicio de esperanza. Probablemente se cansarían de actuar de aquella manera, pero pasaría tiempo. Entretanto, todos éramos carne de cañón. Lola. Quizás ella había sido capaz de verlo todo con más clarividencia. Lola callada para siempre. Lola, llorosa, abandonada. Abandonada. No hay peor desazón que la provocada por las cosas que ya no tienen remedio.
Los dos hombres se separaron al llegar al fondo de las escaleras. Germán avanzó con su paso pesado y desigual hasta desaparecer de la vista y el otro permaneció pensativo, como si no supiera exactamente cuál era su destino. Finalmente bajó presuroso los escalones y desapareció. Llegó la noche mientras me paseaba por los pasillos del templo vacío y en penumbras, levantado del suelo un rumor de dudas y zozobras que nacían en el alma y más concretamente en el recuerdo.
El tacto de las manos blancas de Lola abandonada dejó un rastro claro sobre la piel huérfana de caricias. La sensación extraña de estar a salvo entre la imaginería de las paredes y las luces avergonzadas de los cirios terminó por crear una especia de duermevela que se parecía mucho a una borrachera.

Todo se pobló de recuerdos vagos de la juventud y otros más recientes, duros y descarnados. Gente muerta, abandonada en los caminos. Extendí las manos del verdugo, parado en medio del pasillo, examinando con asombro su sorprendente estabilidad comparada con el temblor enfermizo de los primeros días de huída. La costumbre. El hábito.
El instinto de supervivencia y la asombrosa capacidad de adaptación de todo ser humano. ¿Humano? La pregunta quedó flotando en un lugar desconocido y los pasos volvieron a su ritmo cansino entre los bancos alargados de la iglesia y la mirada muerta de las imágenes.
Un cansancio más anímico que físico invitó al cuerpo al reposo. Busqué el interruptor que accionaba el alumbrado. Estaba en una de las zonas más oscuras. Por si alguien entraba a horas excesivamente tempranas coloqué en medio del pasillo una de aquellas pesadas palmatorias, de manera que no le quedara más remedio que derribarla en medio del silencio. El estrecho catre de la sacristía dio cobijo después a un cuerpo dispuesto a abandonarse al sueño.
Reinaba la oscuridad absoluta cuando en la calle se levantó un ruido de voces. Tras los ventanales del coro un grupo de gente armada trasladaba a cinco personas con las manos atadas a la espalda y la cabeza baja. Parecía habérseles unido un grupo más nutrido de civiles que no cesaban de increpar a los prisioneros y algunos de los cuales se atrevían a zarandearlos sin contemplaciones. Puta.
El insulto llegó claro y contundente. Puta de los rojos. Las formas femeninas se revelaron apenas bajo la luz escasa de las farolas. La melena corta y las caderas redondas de una mujer con la cabeza erguida, al contrario que sus compañeros.

Uno de los uniformados se situó ante los más exaltados y al poco tiempo desembarcó de un jeep recién llegado un tipo corpulento que recordaba mucho al acompañante del jefe de Lola. Los prisioneros fueron introducidos en el edificio, la puerta se cerró tras ellos y el grupo de exaltados se fue disolviendo poco a poco. Se encendieron algunas luces de salas contiguas en el tercer piso.
Tras las cortinas, la silueta del hombretón tomó asiento en una mesa tras la que comparecieron, uno por uno, los apresados. Aparcó un camión junto a la escalinata y al cabo de un cuarto de hora los prisioneros fueron obligados a subir a la plataforma, acompañados de un par de hombres armados. El camión partió y volvió el silencio.
En el estrecho catre del cura las ideas iban y venían en una corriente casi absurda de interrogantes sin solución. No siempre sirve de algo preguntarse por las razones de lo que ya ha escapado del presente. Ciertos tonos rosáceos en lo alto anunciaban el alba mientras una rabia sorda se iba haciendo dueña del mundo. Un deseo irreprimible de compensación, de reparación del daño.
Y una sensación de hastío invencible, mucho más intensa que el deseo. Como un minúsculo roedor instalado en el interior del cuerpo, el hambre exigía tributo mientras caminaba por el pasillo lateral y retiraba la palmatoria depositándola después en su lugar.
Ascendí de nuevo al coro con la manta por los hombros y fijé la vista en el exterior. Aquella gente madrugaba. El oficial permanecía en la habitación en la que había despachado con los prisioneros, recostado sobre la silla, atendiendo a la conversación del que se paseaba por el despacho con pasos irregulares. El abuso no sabe de esperas.

Es una tentación urgente, irreprimible, que echa de la cama aún a los cojos, que se supone deben estar más cómodos reposando. Mientras contemplaba a través de las cortinas la silueta difusa de Germán, el odio se concentró ante los ojos, preñado de recuerdos y los dedos buscaron el tacto frío y reconfortante del revólver.
Brotó en el silencio el ruido sostenido de la llave en la cerradura y una línea de claridad fue abriéndose cuando se abrió por completo una de las puertas laterales. Sonaron relajados y cadenciosos los zapatos del cura sobre la madera encerada. Observé su silueta como si perteneciera a un habitante de otro mundo, un alienígena de aspecto siniestro. Dio unas vueltas en torno al altar disponiendo las cosas necesarias para el oficio y entró en la sacristía.
Entonces fui consciente de la presencia de la manta sobre los hombros. Y del hecho aún más problemático de que del lugar en que me encontraba sólo podía bajarse de una manera. Tampoco recordaba haber compuesto mínimamente las ropas del catre. Abandonada la manta en cualquier lugar descendí rápida y silenciosamente por las escaleras de madera recia y oscura. Se abrió la puerta de la sacristía antes de llegar abajo.
El cura transportaba una de aquellas llamativas prendas hasta una silla especialmente construida para arrodillarse y no parecía haberse percatado de nada. En cuanto volvió a penetrar en la sacristía escurrí el bulto sin poder evitar un pequeño chirrido de las bisagras de la puerta.
Un jeep aparcó al pie de las escalinatas cuando aún permanecía bajo las bien labradas piedras de la entrada. Bajó un uniformado con dos galones rojos y se precipitó escaleras arriba dejando el vehículo en marcha. Algunas cosas suceden porque tiene que suceder, como si estuvieran marcadas en el libro del destino desde el principio de los tiempos.

Germán cedió el paso al que subía apresurado y después enfiló su paso irregular sobre los escalones. Eché a andar de prisa con la culata de madera entre los dedos, bajo la chaqueta. No se daba mucha prisa. Pasé el lado del jeep y en cuatro zancadas silenciosas me planté a un metro de su confiada silueta.
- ¡Germán!
Volvió la cara iniciando un gesto de sorpresa que no llegó a completarse. La bala proyectó la cabeza hacia atrás con un empuje brutal que arrastró al cuerpo hasta dejarlo desmadejado sobre las frías piedras de los escalones. Saltar al coche y ponerlo en movimiento fue cuestión de un par de segundos. El tipo que me miró desde la acera con una insuperable expresión de asombro no me resultaba desconocido.
El de la otra acera se dio la vuelta sin disimulos. Miré su cara por el retrovisor pero la gorra que llevaba encasquetada me lo impidió. Por segunda vez en poco tiempo contemplé las manos aferradas al volante, extrañamente tranquilas. Aquel tumor de hielo parecía alimentarse bien a pesar del hambre. Conducir tranquilo, sin prisas, cambiando de dirección con frecuencia. Llegar. Y después ya se vería.
Nada en el aire que anunciara que algo terrible acababa de ocurrir. Terrible especialmente para el traidor. El supervisor. Germán, el canalla. Volvió a la memoria su extraña manera de bailar y la expresión de azoramiento que le asomaba al rostro ante la proximidad de un cuerpo femenino.
Ya está. La frase se abrió camino como si acabara de dar a luz a un nuevo individuo. Un tipo que sabía qué había que hacer. El coche avanzaba por un sector de la ciudad que conocía poco. Casitas bajas diseminadas irregularmente por una llanura en la que crecían matorrales bajos y algunos árboles frutales que los vecinos seguramente cuidarían. Observé el reflejo del río a lo lejos y el contorno de un secadero de tabaco.

Abandoné el jeep bajo las maderas resecas del recinto, en el que se conservaba el olor penetrante de las grandes hojas, algunos restos de las cuales permanecían aún en alguna esquina. Hacía frío de una forma rotunda.
Las calles de la ciudad vieja me recibieron con algún rayo de sol filtrado entre las masas algodonosas de la niebla mañanera. Localicé el lugar con ciertas dificultades después de cruzarme con gente que barría el polvo de las casas, caminaba encogida por las aceras o se echaba a lomos de una bicicleta con el abrigo bien ajustado y un gorro que tapara las orejas. El murmullo del río traía ecos de una paz definitivamente fracasada.
Avancé por el sendero hasta encontrar la entrada del escondite tras los matorrales y ayudado por el mechero accedí por fin a la bodega. El sol se colaba ya tímidamente por las rendijas de las contraventanas cuando el sabor del pan humedecido y la cecina terminaron con el molesto vacío en el estómago. Mientras el vino tinto circulaba despacio garganta abajo, cierta sensación de alivio vino a instalarse en el aire frío del refugio.
No había más salida que la derrota total, pero ya no sería sin lucha. No es lo mismo, me dije, masticando lentamente las duras láminas de cecina oscura y aromática. No es lo mismo. Quizás no eran tan invulnerables como pensaban y era bueno demostrárselo. Sólo había un problema. A aquella gente no iba a gustarle que actuara por mi cuenta. Recordé el corpachón de Camilo y casi adiviné una severa reprimenda.
Parecía aconsejable mantenerse oculto un tiempo, pero la falta de información era un problema que sólo podía atajarse de una manera. La silueta del viejo de la calle de arriba se destacó contra las paredes cuando un par de horas más tarde alcancé la cima de la cuesta y eché una mirada a la casa de Damián, como quien da un responso a uno que se ha ido. Aquel viejo era un problema.

Decidí solucionarlo de la forma más expeditiva. Mientras avanzaba por la calle, un eco de motores llegaba en la lejanía. Debía haberse armado una muy gorda.
El viejo seguía mirando el suelo, aprovechando la caricia del sol cuando llegué a su altura. No saludó.
- ¿Cómo le va?
- A otros les va peor.
Se me agolparon en la cabeza las imágenes de las letras abandonadas en el espejo de Damián. Quizás el tipejo había colaborado. Pero no se puede ir por la vida matando viejos.
- Por cierto que sí, pero eso puede pasarle a cualquiera.
Se le congeló la sonrisa.
- ¿Tiene usted familia?
- Tengo.
- Estaría mejor con ellos.
No contestó. La mirada se le congeló como la sonrisa y tragó saliva.
- Se hace un paquete con toda la mierda que tenga y se va con viento fresco. Ahora. No se lo repito más. Estoy esperando.
La vista le iba de las piedras del suelo a las que debía ver en mi cara. Ni se le pasó por la cabeza otra ironía. Miró al frente unos instantes y se levantó. Pasaron las horas y el sol fue encaramándose a lo más alto.
Al filo del mediodía sacó una tabla con un par de ruedas de madera sobre la que había acomodado de forma precaria lo que había decidido llevarse. Ayudado por un bastón emprendió camino sin mirar atrás. Los utensilios cacharreaban cuando el extraño vehículo se veía obligado a sortear algún obstáculo. Nadie salió a despedirle. Mientras desaparecía de la vista, un asomo de culpa asomó a la conciencia. Lo despaché pensando que le había regalado la vida.