jueves, 12 de agosto de 2010

Cap. XV


L
a casita de al lado tenía mucho más que arreglar, aunque dada la utilización que hacía de ella, no parecía tan importante. Se hicieron las reparaciones más urgentes mientras ella iba y venía echando siempre una mirada al interior.
Caía ya la tarde cuando me expulsó sin miramientos obligándome a sentarme en un viejo tronco a la vuelta de la casa. No todo va a ser trabajar, dijo. Charlamos un poco y callamos mucho más. No parecía encontrarse incómoda ante el silencio, lo cual me tranquilizó porque tampoco las palabras eran mi mejor habilidad.
Cenamos y volvimos a quedar en silencio. Comenzaba a plantearse la incómoda pregunta de dónde iba a dormir el tipo que acababa de invadir su hogar. Mientras trabajaba había visto un rincón donde dormir sobre la paja sin grandes inconvenientes, así que lo planteé cuando el sueño empezó a invitar al descanso.
- Dormiré ahí al lado, si no te importa.
No hubo respuesta. Su mirada parecía anclada en uno de aquellos cuadritos por el que parecía sentir predilección. Estaba muy seria.
- La paja está seca, así que estaré perfectamente.
Asintió desganadamente e incluso quiso dejar asomar una sonrisa, pero lo que resultó fue una extraña mueca que murió precipitadamente. Su figura de espaldas, inmóvil, era un imán para los ojos cuando la puerta emitió aquel quejido apenas accionado el viejo pestillo.
Había inclinado la cabeza. Casi a punto de cerrar, su inmovilidad anunció que algo no iba bien. Sus hombros comenzaban a temblar. La puerta volvió a emitir aquel exánime lamento mientras me aproximaba sin saber qué hacer. Respiraba entrecortadamente, produciendo un ruido que no acababa de interpretar en aquel extraño silencio.


Por fin, la madera denunció los gruesos goterones que caían de sus mejillas. Hay cosas que no pueden pensarse. Aproximar una silla cualquiera y coger aquella cabeza convertida en un puro temblor entre las manos, susurrando algo que salió de mi boca sin pedir permiso.
- Vamos, vamos...
Uno de sus brazos colgó desmayadamente en el aire mientras el otro reposaba en la mesa falto de voluntad. Los sollozos comenzaron a hacerse sitio, dando término a un silencio que resultaba estremecedor y en apenas instantes sus manos tomaron contacto con las mías, hasta que vino a acurrucarse desvalida sobre mi hombro, liberando un llanto que parecía haber sido contenido durante siglos. Alguien entonaba una letanía insistentemente.
- Vamos, vamos...
El consuelo nacía de un contacto claro y vivificante que ordenaba a los labios acariciar sus mejillas humedecidas por las lágrimas. El encuentro de las bocas fue sólo cuestión de tiempo, apenas perceptible al principio, cálidamente demorado más tarde.
No sabría decir cuándo había comenzado a besar con una especie de devoción nunca sentida aquel cuello delicado, o por qué las manos recorrían su espalda presas de un ansia que no requería explicación. Las lágrimas mojaron la camisa mientras el silencio envolvía la escena y su rostro se mostraba, avergonzado, surcado por aquella corriente que mojaba los labios y colgaba después del mentón suave y redondo.
Las miradas de los dos se transformaron en todo cuanto existía en aquel instante de la vida y ya nada pudo parar el deseo en las bocas unidas por un apetito repentino y voraz. Había en ellas una promesa de sonrisas cuando nos separamos y retomamos la dulce tarea ya con más atención y menos vehemencia.


Sus labios aceptaron sin condiciones el delirio cuando las manos volaron sin pensarlo a su pecho y luego fue la boca quien quiso poseerlos y dictó la sentencia de vencer aquella insufrible separación de cuerpos.
Como borrachos asaltamos la habitación. No existía nada que no fuera aquella piel tersa que subía y bajaba en una llamada que debía ser atendida a costa de cualquier cosa. La puerta golpeó la pared mientras nos precipitábamos sobre la cama y las bocas se buscaban poseídas por algo mágico e incontenible. Sus ojos negros y encendidos proclamaban la imperiosa necesidad de hundirse en ellos hasta perder la vida. Las manos comenzaron a buscar todo cuando obstáculo se interponía entre las pieles ávidas. En su boca una sola palabra repetida dulcemente una y otra vez.
- Ven, ven...
El sujetador se negó a desvelar sus secretos hasta que ella misma acometió la tarea, sin dejarlo caer. La prenda se deslizó apenas sobre la piel blanca, marcando los límites a los que el sol acostumbraba a llegar mientras repetía su escueto mensaje con dulzura.
– Calma...
Convencido por fin de que aquello no era una ilusión, rendido por fin a su mensaje, dejé que el tiempo transcurriera apenas en suspiros y roces leves en el reino del tacto. Recorrer su desnudez blanca con los ojos, las manos o la boca.
Dispuesto a convertir aquello en un juego infinito me vi de repente bajo su cuerpo. Una de sus manos bajó hasta el centro del universo palpitante, tomó posesión de lo que deseaba y elevando las caderas lo engulló mientras sus párpados se cerraban y la boca iba abriéndose despacio, conformando un abismo colmado de delicia.


No era dado saber qué era aquello que sentía cuando sus pechos blancos y colmados danzaban sobre mí mientras mis manos recorrían sus caderas y su vientre redondo. Poco después su cuerpo entero se abrió al infinito y liberó una especie de estertor con una expresión asombrada que vivió un tiempo incalculable y murió tan lentamente como la llamita leve de una vela exhausta. Aquella corriente me recorrió entonces violentamente, tensando los músculos del estómago hasta alzarme a su rostro donde sucedió una explosión magnífica que estaba en todas partes y lo llenaba todo. Nació su sonrisa, algo triste, y la mía después. Aquel abrazo duró una noche entera.






  * 

miércoles, 11 de agosto de 2010

Cap. XVI


D
esperté sobresaltado cuando apenas las luces del alba comenzaban a inundar la habitación en penumbras. Enseguida se hizo notar aquella calidez en la piel, como el rescoldo de la lumbre en el hogar. El contacto de mi mano en sus caderas desnudas negaba las alarmas que avisaban del peligro acechante, como cada día.
Aquello no pareció real hasta que la caricia me recorrió el pecho, el estómago, el vientre y el sexo, que se alzó ávido ante los dedos delicados. Me volví hasta encontrar el brillo cambiante de su mirada triste y pronuncié aquella sencilla frase.
- He de irme.
Tenía un rictus amargo en la boca cuando dejó que la espalda reposara plenamente sobre las sábanas mientras miraba el techo y emitía un suspiro apesadumbrado. Recorrer la piel blanca, subiendo y bajando entre el vientre y el pecho, sin prisas, al tiempo que su caricia se hacía más insistente. Casi sobresaltándome se encaramó sobre mí y encajándose la verga entre las piernas, desató una tormenta de movimientos rápidos y frenéticos que remataron en un largo gemido final. Cuando se detuvo, dos gotitas dejaron sendos y suaves impactos sobre el estómago.
Acaricié su cara notando la humedad en aquel silencio de amanecer prohibido, un instante antes de comprobar cómo dolía su abandono. Se vistió con rapidez y salió casi corriendo de la habitación. Las maderas delataron su deambular por la sala contigua, dejando un eco de ruidos domésticos indeterminados y aquel otro más rudo de la puerta al cerrarse.
Había dos trozos de pan sobre la mesa y una porción de queso amarillento. Después de asearme sin mucha convicción di cuenta del queso y uno de los panes y guardé el otro para el camino.

La escena de la habitación se parecía mucho a una despedida y la realidad de afuera recomendaba también seguir camino. Los recuerdos recientes en la piel de las manos recordaban mucho las angustias de un crío privado de su mejor juguete. En la vida se sufren muchos tipos de dolores. El de aquel momento era de los más lacerantes. La mañana se levantaba afuera envuelta en nieblas. El agua de una pequeña conducción de regadío circulaba creando un murmullo tranquilizador. La vi a través de los cristales con una pequeña azada en la mano. Apenas me miró un instante y después aplicó la pequeña herramienta entre los surcos.
En el exterior el frío producía un leve estremecimiento mientras moría la distancia entre la casa y aquel pedazo de terreno en el que la azada producía un murmullo pacífico. Estuvimos a punto de tropezar cuando se volvió sin advertir mi presencia. Evitaba mirarme, lo cual producía un sentimiento realmente doloroso, pero no se alejó. Cuando mi mano alzó su cara siguió mirando al suelo. Después se rindió.
– ¿Qué ocurre?
– Ya sólo sirvo para algún desahogo ocasional. Espero que al menos lo recuerdes con cariño.
Hay dolores que no pueden curarse con palabras. Quizás los ojos puedan dar más consuelo, así que la miré abierta e intensamente al fondo de los ojos negros. Algo llevó mi mano a acariciar su vientre y allí se entretuvo mientras los ojos se decían lo que los labios quizás no supieran decir.
– Esos pensamientos son para los viejos, no para ti.
Quizás una lucecita de esperanza brilló en aquellas brasas negras un instante. Luego acaricié su mejilla sin que ella correspondiera de ninguna manera concreta.
– He de irme, pero me gustaría volver a verte.
– Debes irte.
Acompañó la lacónica respuesta con un giro del cuerpo y se dirigió de nuevo hacia los surcos de tierra húmeda donde descargó el peso de la azada, quizás con cierta rabia. A punto de perderla de vista siguiendo el curso del sendero volví de nuevo la mirada y apenas oí el eco sordo del metal en la tierra.
Casi ni recordaba lo que me había traído hasta allí, pero el encanto de aquella humilde casa plantada en tierra de nadie se había instalado confortablemente, quizás porque echaba de menos aquella dulce sensación de lo doméstico. Y el recuerdo del tacto de aquella piel blanca convertía el recuerdo en un suplicio.
Avivar el paso para combatir el frío, y preguntarse inmediatamente a dónde demonios va uno. Qué cosas merecen la pena y cuáles no. Qué personas deben conservarse a costa de todo, que es justo lo contrario de abandonarlas. Algo protestaba en las entrañas, pero la actitud de la mujer había cambiado de una forma ciertamente drástica y eso inclinó definitivamente la balanza. No podía permanecer allí como si no ocurriera nada.





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martes, 10 de agosto de 2010

Cap. XVII


S
e encendió una lucecita en el cerebro. La escopeta y los cartuchos. Aquella cueva. Convenía no descuidar aquel tipo de cosas.
Los senderos conocidos se entrecruzaron con otros que no lo eran tanto, devolviéndome poco a poco a la vida real, bien alejada de los quehaceres domésticos y de la calidez entrañable que significa la compañía de una mujer. Un paso tras otro y otro, durante horas, hasta que el sol en lo alto aconsejó deshacerse de algo de ropa.
Todo alrededor era apacible. Apenas se presentó a la vista uno de aquellos picos que el mapa marcaba como los lindes de aquel pequeño mundo, decidí descansar y dar cuenta del pan que me quedaba en los bolsillos. A eso siguió un ligero sueño poblado de recuerdos de piel blanca amenazados por algo intangible pero muy presente.
El fin del sueño coincidió con un vientecillo fresco que arrastraba las nubes sobre las cumbres de los montes, despertando aromas del mundo vegetal y aconsejando seguir la marcha de nuevo. Horas después, cuando la luz parecía dispuesta a claudicar, los perfiles de la cueva se dibujaron contra la incipiente penumbra. Una vez acomodado en el modesto refugio no hubo necesidad de mucho más que atrapar lo que quedaba del día con los sentidos.
Una lucecita hacía señales en algún rincón de la memoria, traviesa y pertinaz, como un vigía consciente de la importancia de su tarea. Los cartuchos. Los dedos tantearon en la bóveda de la cueva hasta que la culata de la escopeta se hizo notar con su tacto seco y rotundo. Los cartuchos estaban envueltos en papel, ni enteramente secos ni tan húmedos como para perder su utilidad.
El día siguiente me sorprendió con la luz ya alta.

Después de buscar algún resto de plástico para envolver cuidadosamente los cartuchos y sin nada que llevarme a la boca, puse rumbo a la choza con el paso vivo. Todo parecía tranquilo hasta que en un momento dado pareció tomar un tono de atmósfera irreal y desconocida.
Las lomas no se parecían a nada, o quizás todas eran iguales, los chopos estaban donde tenían que estar pero no me recordaban ningún sitio conocido y los pinares del fondo parecían sacados de un lienzo mediocre e impersonal. La sensación me pilló por sorpresa, sobrecogiéndome.
Sobre los jirones de niebla superviviente nubes altas y blancas, llenas de una luz molesta que no permitía observar claramente la posición del astro que debía estar más allá. Entre los montes corrían los ecos imposibles de un silencio espectral. Ni un pájaro llamando a su pareja, o denunciando la presencia del intruso.
Demasiado silencio. El olor del pecho blanco de Lola vino a la mente como una llamada de socorro. Sacudí la cabeza para ahuyentar las fantasías y me encogí tras una mata de arbustos, a una cierta distancia del camino.
La nariz se enfriaba rápidamente al succionar el aire del exterior buscando algún rastro en el vacío. Estalló un "pac" lejano, sordo y aislado como un náufrago, mientras cada milímetro de piel, huesos o músculos se ponía en tensión. Más silencio. Un vacío que se parecía mucho a la falta de oxígeno. Luego otro estampido. Pac. Pac. Pac.
Los ecos se multiplicaban ahora facilitando su localización. Ningún movimiento por los alrededores visibles. Comencé una carrera leve, procurando mantener las rodillas próximas al suelo, buscando la dirección de los ecos y un punto desde el que poder observar lo que ocurría. Volvieron a repetirse. Pac, pac, pac.

Luego lo que parecía alguna voz desabrida, apenas distinguida entre las corrientes de aire de los montes. El terreno descendió bruscamente encaminándome hacia un conjunto de rocas de granito desgastado por el agua y los vientos. Los ecos parecían llenarlo todo y estaba claro que los nuestros no disparaban así.
Por entre los pinos se hizo por fin visible la columnita de humo producida por una de aquellas armas, pero el objetivo de la cacería permanecía lejos del alcance de la vista, oculto por los accidentes del terreno. Esta vez la carrera hubo de hacerse cuesta arriba, arrancando jadeos agónicos a punto de culminar la cuesta.
Tumbado en el suelo alcancé las aristas de las rocas y el panorama se dibujó claramente más abajo. Cacería era el nombre más adecuado. Cinco hombres haciendo puntería sin apretar mucho el paso. Ante ellos el objetivo, moviéndose en zigzag en una huída más lenta de lo recomendable. En uno de aquellos cambios de sentido se hicieron patentes los cabellos largos, negros. Parecía muy cansada. Tras ellos un grupo de tres hombres aplicando una brutal paliza a alguien tendido en el suelo.
Las armas se alzaban en el aire y bajaban raudas hasta que la culata encontraba la carne indefensa y luego repetían el movimiento en una especie de paroxismo asesino. Por fin se alzó una leve nube de humo de uno de los rifles y pasados unos segundos llegó el eco. Pac. Aún aplicaron alguna patada al desgraciado antes de sumarse a la batida.
Aprovechando la ira que crecía dentro como una tormenta, ascendí lo que quedaba de subida mientras me hacía una composición de lugar. La liebre no tenía ningún futuro ante aquella pared. La ascensión acabaría enseguida con las pocas fuerzas que le quedaban a juzgar por la lentitud de sus movimientos.

Se detuvo tras un grupo de árboles, seguramente para recuperar el resuello, mientras los de atrás continuaban su marcha sin precipitarse. Uno de ellos levantó la mano y los disparos cesaron. El que iba en cabeza gritó ebrio de mal instinto y brutalidad.
– ¡Vamos a pasarlo bien, cariño!
Los de atrás rieron. Luego arreció una auténtica letanía de obscenidades. Imaginé lo que debía pasar por la cabeza de aquella mujer. Estaba más cerca, mirando desesperada hacia las alturas. Apoyada en un árbol, se hizo con el fusil que llevaba colgado en el hombro, lo cual significaba claramente que iba a plantar cara renunciando a la huída. Desde arriba observé las agudas puntas pizarrosas alineadas a su izquierda y enseguida supe que desde su posición no podía advertir que aquella era su única esperanza.
Volvió a mirar hacia arriba con una expresión de animal acorralado y la boca mostrando los dientes encajados. Abrió mucho los ojos al ver mi mano señalar repetidamente en dirección a aquellas aristas pizarrosas. Su rápida carrera delató lo que vale una nueva esperanza de vida. Parapetada tras las agudas aristas volvió a mirar a mi posición. Descendí unos metros para no ser visto por los perseguidores e hice oscilar la mano abierta en el aire adelante y atrás. Enseguida asomó el fusil por entre las aristas de la pizarra, en posición. Los de abajo se las prometían felices.
– ¡Me la has puesto bien gorda, cariño! ¡Ya voy!
Entre las obscenidades volvió a iniciarse la sucesión de disparos que esta vez no fueron atajados por el que mandaba. Los pinos crecían más apretadamente por donde bajaba tratando de controlar la furia que me ardía en el estómago. Fantasías de sangre invadían la imaginación hasta que la carrera trajo una cierta serenidad.

Parado tras de un árbol mientras contemplaba el cauto avance de aquella partida, reconocí en mi interior a alguien a quien no conocía. Como si una creciente sensación de fatalidad me convirtiera en alguien insensible. También al miedo. No temblaba. No vacilaba. Parecía invadido por una luz tenebrosa, fría y violenta, que guiaba mis pasos y ahuyentaba cualquier sentimiento de culpabilidad. Los sabía cobardes y eso me convertía en invencible. Pero la cautela no estaba de más, me dije mientras oía el primer disparo desde mi derecha. Uno de aquellos gritó y cayó llevándose las manos a la cara.
– ¡Le ha dado la hija de puta!
Una lluvia de balas enfiló su posición haciendo saltar esquirlas de pizarra en todas direcciones. Descendí tan rápido como pude aprovechando que concentraban la atención en la mujer. El que mandaba hizo una señal a los que iban a su derecha, que se desplegaron avanzando en mi dirección. Quien se siente fuerte suele descuidar la defensa.
Avanzaban sin protegerse, casi a pecho descubierto, víctimas de la furia más incontenible. El problema era que a aquel paso pronto íbamos a encontrarnos. Escoger una pieza, oculto entre un grupo de pinos y hacer diana en el imprudente, como en una tómbola de feria. El tipo se llevó las manos al vientre berreando como una res y sorprendiendo a los demás que detuvieron el avance y se pegaron al suelo. Sin duda estaban preguntándose qué pasaba, porque desde la acribillada posición de la mujer era casi imposible disparar.
– ¿Qué hostias ha pasado ahí?
Mientras el tipo se deshacía en un puro grito, ascendí un poco más por la pendiente del pinar para observar detenidamente sus posiciones. Uno de ellos se arrastró hasta el caído y contestó.
– ¡Le han dado al Chulo!
– ¿Quién?
– No lo sé.
Un silencio espeso se extendió poco a poco sobre el monte cubierto de arbustos. El olor a pólvora se adueñó del espacio mientras un vientecillo traspasaba las lomas haciendo silbar las ramas de los pinos. Conté mentalmente. Seis. Transcurrieron los segundos y luego los minutos. Aquella gente seguía pegada al suelo. Nadie daba órdenes y nadie parecía querer arriesgarse a salir ahora que las cosas se habían torcido. Estaban muertos de miedo.
Aquel mensaje irrumpió en mi cabeza sorpresivamente, quizás para darle sentido a lo que quería hacer. Descendí hasta llegar a la planicie, y una vez fuera del cobijo de los pinos, corrí como alma que lleva el diablo hacia los dos más próximos, después de observar que una pequeña elevación del terreno me protegería del fuego de los demás.
Estaba sobrealimentado y tenía el pánico pintado en el rostro cerúleo. Se echó el arma a la cara porque no tuvo la oportunidad de salir corriendo, pero el tembleque era tal que hacía pensar en un enfermo. Estaba a punto de levantar las manos pero no tuvo ocasión. Su compañero, un poco más allá, elevó la cabeza sobre el tronco que lo protegía y apuntó. Las hojas de los arbustos marcaron la trayectoria del proyectil que siseó en el aire unos instantes, mientras los del otro lado vociferaban.
– ¡Chusco, qué pasa ahí!
– ¡Hay un rojo aquí...!
La voz de Chusco no era de las que transmiten confianza. Me descubrí gruñendo como un animal mientras daba un rodeo y me lanzaba corriendo hacia su posición. No me esperó. Inició una carrera deslavazada para reunirse con sus compañeros del otro lado, pero en lo más alto de la elevación que les separaba algo le hizo tambalearse y caer después.

El "pac" característico llegó a mis oídos unas décimas de segundo más tarde, mientras en la posición de la mujer se alzaba una nubecita de humo. La cosa se les estaba complicando. Parapetado en lo más alto del pequeño altozano, y después de comprobar que seguían paralizados, grité como poseído por el diablo.
– ¿Habéis comulgado, fascistas?
Silbó una bala sobre mi cabeza, marcando la posición del que había disparado y luego muchas más. Cuando parecía imposible detener aquel alud de disparos volvió un silencio oscuro, enfermizo y el olor de la pólvora se enseñoreó de todo. Volver a gritar, dejando que la adrenalina pinte el mundo de rojo.
– ¡Es la hora de morir! ¡Vais a morir, cagados!
– ¡Que te jodan, ruso de mierda!
Era la voz del mandamás, pero no hubo nadie que la secundara. Se hizo de nuevo el silencio. Un grupo de aves huyó por el cielo dejando un rastro de abandono. Transcurrieron unos minutos hasta que uno de aquellos sujetos se movió y las zarzas que lo ocultaban fijaron el blanco. Sentí el golpe seco de la culata contra el hombro. Apenas unas hojitas bailaron en el aire y luego una mano reposó para siempre mientras el cuerpo rodaba apenas abandonado a la fuerza de la gravedad.
– ¡Se ha ido al cielo, fascistas.! ¡Rezad por su alma!
Algún tímido disparo respondió a la provocación. Mientras desplazaba la posición hacia la derecha, ocurrió algo que no tenía previsto. Dos de aquellos sujetos se lanzaron hacia la posición de la mujer. Resultaba imposible ayudar dada la distancia. Observé como se acercaban sin que saliera un solo disparo desde las agudas aristas pizarrosas. Se encogió el corazón cuando entraron los dos disparando en la pequeña fortaleza.

Entonces brotaron dos nubecitas desde un punto a la derecha, más elevado. Luego su voz se extendió triunfante y burlona por entre los pinos protectores.
– ¡Esperadme que os voy a enseñar como se llevan los güevos, acojonaos!
Tenía una voz atiplada, broncínea, que me recordaba algo familiar y al tiempo poco agradable. Bajó corriendo hasta nuestra posición desafiando las leyes de la cordura. Cuando buscaba un sitio más alto desde el que cubrirla, las dos liebres que se ocultaban poco más allá se incorporaron y levantaron las manos mirando en todas direcciones. Como no vieron reacción decidieron que era la oportunidad de su vida y pusieron pies en polvorosa.
Con cautela y sin dejarme ver más de lo necesario, busqué una posición más elevada. Desde allí la vi avanzar con el fusil dispuesto a la batalla. Ante nosotros no había más que el rastro de los que corrían en busca de refugio. Habría jurado que olía a excrementos.
Llegó a mi altura cuando estaba examinando la vestimenta por si hubiera alguna herida de la que no me hubiera percatado y efectivamente quedaba un rastro en una de las botas que hacía pensar en una bala. Me miró como quien mira a un miembro de la familia con quien se hubiera enemistado hacía tiempo. Tenía las facciones desencajadas y la mirada triste y furiosa al mismo tiempo. Unas profundas ojeras marcaban los ojos negros y curiosos. Aquella sensación familiar y al tiempo un poco molesta seguía rondando.
– Así que eras tú...
– ¿Nos conocemos?
En lugar de responder miró alrededor con aire desconfiado extrayendo de los bolsillos algo de munición que me entregó silenciosamente.

Debía ser su manera de dar las gracias. Después se le fueron los ojos por la planicie cubierta de monte bajo para terminar mirándome con una expresión aprehensiva. Recordando a su acompañante moví la cabeza de un lado a otro. No pareció impresionarse demasiado. Si acaso asomó a su boca un gesto de profundo cansancio.
Sin pensar lo que hacía pregunté quién era y luego lamenté haber hecho la pregunta. De cualquier forma, no hubo respuesta. Una mirada codiciosa se abrió paso hasta la pistola que llevaba atravesada en la cintura.
Los músculos protestaron doloridos cuando iniciamos la ascensión por entre los pinos. Pequeños signos de alarma nacían aquí y allá, como una huella mental del enfrentamiento difícil de olvidar. Pero poco a poco la vida animal recobró su pulso recordándonos que todo tenía un principio y un final. Ella caminaba delante, ni deprisa ni despacio, con la cabeza erguida y el fusil atento.
En un determinado momento, metió la mano en un bolsillo y extrajo una goma con la que sujetó la larga melena en una coleta que se ondulaba levemente al final. Reconocí inmediatamente a la mujer que abrazaba a Merche después del canje. Era muy suyo aquel gesto desconfiado y la mirada dura y concentrada.
Se detuvo a descansar sin consultar, sentándose en un tronco medio vencido en mitad del mundo de pinos. Cuando menos lo esperaba comenzó a hablar.
– Esto parece más tranquilo.
Apoyado sobre un tronco dejé que el cuerpo resbalar hasta quedar en cuclillas, sin atreverme a decir nada.
– Allá arriba es un infierno.
– ¿Asturias?
Asintió con la cabeza y continuó con su monólogo, transmitiendo la sensación de necesitar desahogarse de algo muy pesado de llevar.
– Tomaron el puerto casi sin oposición mientras la gente pedía armas en las calles. Luego todo fue un caos.
– ¿Y los demás?
– La columna de Camilo no debe andar muy lejos. O lo que queda de ella...
La conversación se mantenía en un tono de voz apenas audible, hasta el punto de que los pájaros y el mismo aire llegaban a impedir la escucha.
– Creo que esto se va a poner muy peligroso. Los que aguantan vienen para estos montes y los otros lo saben. Así que...
Por un momento pareció que estuviera intentando adivinar mis pensamientos. No hubo ninguna reacción especialmente significativa, así que al final tuvo que preguntar directamente.
– ¿Y por aquí?
– Como tú dices, más calmado.
Compuso un gesto de fastidio, como si lamentara dar malas noticias y luego preguntó si me había encontrado con alguna otra partida. Negué con la cabeza mientras me miraba con una expresión entre apesadumbrada y curiosa.
– Se te veía en tu salsa, ahí abajo.
No era admiración lo que dejaba entrever su tono. Más bien un cierto deje de reproche no disimulado.
– Si quieres un consejo, te recomiendo que no te dejes vencer por esa locura sanguinaria.
Quizás notó un gesto de incomprensión que la hizo continuar.
– Venancio me dijo un día que en realidad los más arriesgados buscan sin saberlo una muerte rápida porque no son capaces de soportar la perspectiva del día a día.
– No soy ningún valiente. Y tampoco un sanguinario. Lo hago de la única manera que sé hacerlo y... sencillamente, me dejo llevar. Hasta ahora no me ha ido tan mal.
No contestó. Me sentía algo intimidado con aquella mujer. Había una dureza clara y patente en su mirada, pero cuando hablaba parecía gozar de una extraña lucidez, como si todo aquello no pudiera afectar a sus entrañas, a su fondo de humanidad a salvo de cualquier vaivén.
Cuando se puso de nuevo en marcha la seguí un par de pasos por detrás. Me interrogó con la mirada cuando llegamos a un punto en que la masa boscosa se reducía drásticamente. La segunda cueva debía estar a un par de horas de camino y parecía razonable buscar refugio después de aquellos sobresaltos. Echar a andar delante de ella era la mejor forma de contestar.
El viento acudía a nuestro encuentro por la espalda, lo que solía producir cierta sensación de estar expuesto a algo indefinido que terminaba por poner a uno de muy mal humor. Ella no hablaba y el hecho de tenerla siempre detrás tampoco contribuía a tranquilizarme. Aquel sexto sentido de Merche en lo que concernía a su hermoso trasero volvió a la mente como un pequeño presente de alegría en medio de aquella difícil situación.
Las familiares siluetas de las lomas en torno a la cueva comenzaban a hacerse visibles cuando me llegó un sonido desde atrás y la vi agachada tras los arbustos con el arma lista. Un grupo de seis individuos caminaba por la vertiente contraria a buena marcha. Cruzamos la mirada con un gesto dubitativo. La columna superó la cresta de la loma acelerando la marcha, dejando un buen espacio de terreo entre cada unidad, y desapareció de la vista. La interrogué con la mirada cuando llegó a mi altura sin conseguir ninguna información.

Estaba claro que no estaba dispuesta a contarme su vida por capítulos. Ni ninguna otra cosa. Al cabo de una media hora de caminata llegamos a las inmediaciones de la cueva. Oculta tras un grupo de hayas observaba curiosa mis evoluciones mientras comprobaba que las marcas que había dejado en un par de sitios cerca de la entrada seguían donde debían estar. No era el caso. Una de ellas yacía justo ante la entrada y aquel no era el lugar que le correspondía. Aunque el hecho de aparecer en un sitio tan obvio descartaba la intención humana. Había huellas de pezuñas en el sendero, grandes y pequeñas.
Salí de la cueva después de abandonar el fusil contra la pared de granito, a tiempo de verla avanzar cauta y con el arma lista. Sus ojeras desmentían la indiferencia de la expresión distante y casi indiferente. Ya dentro del exiguo espacio se enredó con el cordel que corría por el fondo arenoso y lo siguió con la mirada. No pareció sorprendida cuando advirtió el grueso taco de madera atado a su extremo, pero preguntó.
– Tu alarma personal, supongo. Con el tamaño que tiene es difícil que falle.
– Los jabalíes me lo tiraron una vez en toda la boca. No me hizo gracia, pero el susto fue mucho peor.
Tenía hambre pero no comida. Como si adivinara mis pensamientos, echó la mano a la mochila y sacó un pedazo de pan que cortó con un cuchillo sin prisas. Luego un trozo de carne dura y oscura que me entregó sin hablar y algo para sí misma que no pude distinguir porque la luz comenzaba a ser escasa. Comimos en silencio.
Antes de que pudiera ofrecerle el improvisado colchón de agujas de pino del que estaba tan orgulloso, se hizo con dos montones de las que almacenaba al fondo del cubículo, los situó debajo de las caderas y de los hombros y se estiró sobre una corta manta cubriéndose después con la propia ropa.

Me sentí observado cuando tensé la cuerda sobre el taco de madera. Era un sistema sencillo pero eficaz. El taco quedaba colgado sobre una pequeña astilla encajada en una grieta de la pared y la cuerda permanecía tensa a una cierta altura del suelo. Cualquiera que invadiera el perímetro haría caer la madera sobre el cuerpo que reposaba debajo. En cuyo caso sólo quedaba aferrar la artillería y salir del agujero como una bala. Y esperar que no hubiera nadie esperando. Cuando volvía de comprobar la cuerda en el exterior, el rumor de una respiración lenta y acompasada invitaba al sueño.






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lunes, 9 de agosto de 2010

Cap. XVIII


A
penas había nacido la luz del nuevo día cuando sentí que me sacudían por los hombros. La señal de alarma murió enseguida ante la suavidad del gesto.
– Vega queda hacia abajo, ¿verdad?
Asentí con la cabeza. Se enfundaba las ropas para combatir el frío de la mañana con cierta parsimonia, mientras acababa de masticar algo. Desde mi posición se adivinaba un cuerpo no exento de gracia dentro de aquellas ropas. Me miró con aquellos ojos duros y extrañamente inteligentes. Tenía algo muy especial, sin duda. Aquel tono metálico y al tiempo cálido de la voz le daba un aire misterioso, acaso inaccesible.
– Me voy. Te dejo una tajada. Mantente vivo y estate bien alerta.
Un escueto "suerte" apenas articulado mientras me incorporaba y la despedida fue un hecho. Observó con cautela el exterior deslizando apenas el tejido que tapaba la entrada y salió tan rápidamente como debe salirse de una cueva. No ocurrió nada. Marcharon sus pasos decididos hacia el valle hasta que se enredó en la cuerda en el sitio esperado haciendo rodar el taco en el interior. En la distancia sorprendí su gesto casi avergonzado y levanté la mano a modo de saludo. El día estaba claro y luminoso.
La tiniebla daba pasa al aura rosada que recorría el horizonte visible hasta el valle. Los mirlos se comunicaban las noticias de la mañana con un chillido agudo e incansable que se mezclaba con cientos de voces de aquellos seres alados. Eché de menos al cuervo, confiando en volver a verlo si había suerte. Mientras daba cuenta de la ración que había dejado aquella mujer de la que ignoraba todo, repasé los acontecimientos y me hice un pequeño plan de acción. La prioridad era clara: información. El grupo del día anterior se hizo un hueco en la memoria. Parecía gente propia.

Así lo confirmaba el orden de marcha, distanciado pero uniforme, el carácter absolutamente silencioso de la columna, y sobre todo la manera de superar la cresta de la loma, uno por uno y a todo prisa.
Bien, Lito, me dije... En marcha. Destino Vega, el lugar donde naturalmente deberían recalar los facciosos procedentes de Asturias y la fuente de información necesaria. Cuando me echaba la mochila a la espalda descubrí debajo del áspero tejido el tono mate y grisáceo del cañón de la pistola. Faltó poco para liberar un grito de alegría. Un montoncito de balas echó a rodar por el suelo cuando ascendió en el aire, en mi mano, que la sopesaba despacio y luego la ponía a la altura de la vista para hacer puntería.
Aquella mujer tenía una rara manera de agradecer las cosas, pero no se quedaba corta. Y cómo demonios se llamaba aquella mujer... Escondí el preciado regalo entre las ropas y me eché al mundo feliz por no tener que cargar con el fusil ni andarle buscando escondites más o menos inseguros. Y cómo demonios se llamaba aquella mujer...
Aquella pequeña adivinanza entretuvo el camino mientras el sol ascendía despacio, indolente y orgulloso de su poderío. Mantener los senderos al alcance de la vista, pero distantes. Adivinaba malos momentos. Precisamente esa circunstancia en que una rutina bien aprendida puede servir de mucho y un descuido puede terminar con todo en una décima de segundo. Tembló un arbusto delante. Cerca. Muy cerca.
Antes de llegar a percatarme de lo que ocurría, la cola escurridiza y exuberante del zorro puso distancia entre el animal y el humano, siempre más peligroso. El camino se hizo sin incidentes reseñables. Las casitas de Sotelo se hicieron visibles un poco antes de que el sol llegara a lo más alto.

Un alto en el camino, con la espalda contra un viejo roble y la vista escudriñando por entre los patios, las chimeneas, las cuerdas llenas de ropa a medio secar, las galerías... La casa de Germán parecía vacía, con las contraventanas echadas, la chimenea inerme y el perro echado a pocos pasos de la entrada, atento a la llegada del hombre.
Rosa... Clara... me gustaban los nombres cortos, claros, sencillos y sonoros. Podía incluso llamarse como yo, Lita... O podía tener el nombre más largo del mundo. O quizás se llamara también Lola, lo cual invitaría a la tristeza. Mientras jugaba con las letras di cuenta de la comida que ella había dejado tras de sí sin dejar de observar el pueblo.
Era hora de comer, pero tanta tranquilidad parecía excesiva incluso para el lugar más tranquilo del mundo. Hubiera jurado que las ventanas de las casas vecinas a las de Germán solían permanecer abiertas durante el día. Todo lo contrario de como aparecían ahora. En realidad todo el lugar parecía paralizado, clausurado por alguna fuerza sólo desmentida por la débil fumarola de las chimeneas.
La casa de Germán era una de las pocas que no exhibían el rastro del fuego del hogar. Súbitamente algo alteró la calma. Se oyó un rumor de goznes y pasadores, el perro se levantó meneando el rabo alegremente y se acercó al límite de sus dominios sin atreverse a ir más allá. La mujer dejó en el suelo un recipiente de zinc y el perro se aplicó a la comida.
Cuando ella ingresó de nuevo en la casa me puse de nuevo en marcha preguntándome si aquella ausencia tenía algún significado.
La idea de volver a Vega, después de pasearse una y otra vez por los misteriosos senderos de la mente, se revelaba cada vez menos afortunada.

Me conocían hasta los perros y si bien se podía confiar en general en la gente, las cosas estaban cambiando rápidamente y la mayoría tendrían bien clara la elección si tuvieran que escoger entre mi pellejo y el suyo. Pero allí estaba la poca familia que quedaba y los recuerdos. Mucho más de lo aparente. Después de asearme de manera sumaria dispuse lo necesario para el afeitado.
Como mandan los cánones hubo de comenzarse por la parte más alta de las mejillas, donde el pelo crecía dándome un aspecto casi lobuno, continuando luego hacia abajo, por el cuello y la barbilla. Repetida la operación en el lado opuesto de la cara, escurrí la espuma sacudiendo la navaja en el recipiente lleno de agua y a punto de continuar la tarea sorprendí aquella imagen tan desconocida en el espejo.
La espuma se había quedado como olvidada sobre los labios y a los lados de las orejas. No vendría mal un cambio de aspecto. Quizás con los cabellos peinados hacia atrás, como hacían quienes adoptaban la tendencia que imponían los tiempos. Al cabo de unos minutos Lito tenía un mostacho abundante, dos patillas de una considerable longitud y el cabello peinado hacia atrás. Tenía pinta de vendedor de lana.
Mientras repasaba el traje y los zapatos, algunas cuestiones de seguridad aún no resueltas volvían a hacerse presentes. Si las cosas se ponían peor de lo que estaban, los refugios en medio del monte empezarían a ser más y más vulnerables. En medio de una ciudad más o menos populosa sería más fácil pasar desapercibido.
No había muchas alternativas. Ponferrada era el lugar ideal. Pero haría falta una mínima morada. Y una documentación. Necesitaba un fiambre lo más parecido a mi persona. La frivolidad con que nació aquel término en la mente se convirtió enseguida en algo muy desagradable.

Los fiambres son personas antes de llegar a fiambres, me dije. Pero lo importante es que tú no llegues a adquirir semejante condición, respondí sin demora. Lo que un día es trágico pasa a ser una costumbre andando el tiempo, cuando la tragedia se pasea por las calles casi con arrogancia.
Apenas se insinuaba la luz del día cuando la choza me vio partir a buen paso, después de encajar la pistola entre el cinturón y el surco que formaba el vientre con los huesos de la cadera. En cuanto el día se enseñoreó del paisaje, salí a la carretera como un paisano más.
Pasó algún camión cargado de muebles y objetos domésticos, y una motocicleta que me recordó a la que había quedado tirada junto a aquellos chopos. Qué sería de ella. La entrada de Vega apareció ante los ojos, oscurecida por el sol que se levantaba por detrás. En el último segundo decidí continuar por el camino de San Miguel, rodeando el pueblo. Cómo estaría padre...
Se instaló la duda entre hacerle un corta pero muy temeraria visita o internarse en Vega, que era igual de temerario si no se tenía en cuenta mi nuevo aspecto. Finalmente fueron las calles de Vega las que acogieron aquella delgada figura de paisano que va de un lado a otro, quizás a pagar unas deudas, quizás a ver a la familia, quizás a conversar con algún buen amigo.
Poca actividad en el pueblo. Una bandera rojigualda ondeando en un balcón, en medio de la plaza, en lo que debía hacer las veces de ayuntamiento. Lo habían cambiado de sitio. Un jeep parado ante la puerta con el conductor apoyado en el metal del vehículo en actitud de espera.
Alguna mujer colgaba ropa en la galería poblada de vigas de madera oscura y poca gente por la calle. Cruzaron un par de conocidos por el otro lado y fue imposible impedir un envaramiento en el andar. Una mirada acaso curiosa y continuaron su camino.

Por las calles de detrás de la plaza llegaban olores domésticos, ruidos de puertas que se abren o cierran, gritos de algún crío empeñado en despertar a quien se demorara aún perezosamente en la cama. La madre salió al balcón con él en los brazos y se me quedó mirando mientras el infante se tranquilizaba ante la luz diurna.
Ladró un perro desde detrás de una reja que guardaba un patio lleno de leña, una pesada raíz donde cortarla y un viejo remolque. Desde una bocacalle que enfilaba hacia la plaza se distinguía el perfil de dos tipos que conversaban tras la bandera, gesticulando enérgicamente.
A punto de cruzar hacia el camino que conducía al río una sombra pasó a la carrera mirando hacia los tejados. Sin reparar en otra presencia que no afuera la de los que volaban, se apostó tras uno de los postes que sostenían el cable que daba luz a las casas y apuntó el tirachinas hacia el alero donde acababa de aterrizar un grupo de gorriones. La piedra salió rauda hacia su destino dejando el cuero que la transportaba bailando en el aire un instante, voló tras las pizarras y sembró la alarma en el grupo de pájaros que sensatamente decidieron un segundo después cambiar de posición.
- Vaya... esa puntería no mejora.
Se volvió como un rayo y quedó parado, con la mirada repasando una y otra vez aquella figura que no le debía ser enteramente desconocida. Antes de emprender la huida se dibujó en sus ojos algo parecido al miedo. Las casas próximas al río seguían necesitando una buena mano de pintura sobre las maderas acuciadas por la humedad y el resol del verano.
Me pregunté una vez más si era prudente estar donde estaba y dejarme ver por quien quizás ya no fuera amigo sino todo lo contrario. Pero necesitaba saber.

El sendero conducía al río directamente, cerca del pequeño puente cuyas maderas retorcidas resistían aún al paso de los años. La sombra se apostó entonces tras un grueso tronco de castaño, mirando con descaro en mi dirección, con tanta más atención cuanto más me acercaba. Imposible evitar una sonrisa.
- Creo que te debo algo.
Se le abrió por fin la boca pícara mientras brotaba una chispa de curiosidad en la mirada. Era un auténtico placer caminar por el sendero que bordeaba el río, con el sol arrancando pequeños destellos de las aguas. El chaval caminó tras mis pasos unos metros, algo retraído, y después se puso a mi altura y hasta se atrevió a echarme la mano al pantalón, como queriendo comprobar su consistencia. Reprenderle con la mirada sólo sirvió para hacer nacer su expresión de experto en la escapada.
- ¿Siguen en el molino?
- Y en la casa de la viuda.
- ¿La viuda de quien?
- Del Pucho. Lo mataron.
Aquello sonó casi natural en la boca del crío, que ni siquiera alteró su expresión. Debió verme muy serio, porque bajó la vista y echó las manos a la espalda. Pucho no había sido nunca muy sociable, lo cual le había granjeado más de una antipatía. Había trabajado duro y se decía que tenía un capital considerable. Tampoco parecía de los que ceden el patrimonio graciosamente para ninguna causa, por buena que sea.
- ¿Tú sabes qué pasó?
- Le dispararon un día de caza.
- Entonces fue un accidente, ¿no?
No contestó. Se quedó como pensando y luego negó con la cabeza.

Pleitos entre propietarios de fincas, viñas y demás no eran precisamente infrecuentes. Incuria a la hora de fijar los lindes por parte de algunos y simple avaricia por parte de otros, siempre dispuestos a obtener ventaja. Pero obtenerla de aquella manera parecía sencillamente increíble.
El sendero serpenteaba sobre las riberas del rio, ascendiendo lentamente hasta llegar a una llanura arcillosa que solía represar el agua en los momentos de mayor caudal, que siempre coincidían con el deshielo. Allí podía quedar alguna pesca que podía obtenerse sin siquiera caña, dada la poca profundidad. Sólo había que proveerse de un par de hojas de higuera para impedir que la pieza se escurriese entre las manos.
- Es aquí.
El crío miró con cara de incredulidad, sin terminar de explicarse lo que le estaba diciendo.
- Tienes que venir cuando el deshielo. Un día que venga el río bien alto. El agua se cuela por allí y aquí se quedan los peces cuando el agua baja. Sólo tienes que coger una hoja de higuera en cada mano, para que no se te escapen. ¿Lo has entendido?
Agitó la cabeza asintiendo, con una sonrisa de éxito seguro cruzándole el rostro de oreja a oreja. Me pregunté cómo sería la vida de aquella casi persona. La madre era una mujer trabajadora, de las que no despreciaban jamás unos bailes o una buena conversación con las vecinas. Del padre no podía decirse nada bueno y aquello no me tranquilizaba precisamente.
- Cuco.
Me miró muy serio, desviando la vista con la aprehensión. Se quedó esperando lo que tenía que decirle dándole vueltas al tirachinas entre las manos.
- Tú sabes que no debes contar que me has visto. ¿Si? No debes hacerlo nunca. A nadie.
- Ya lo sabía.
Nunca supe si convencía más su naturalidad o la sombra que le atravesaba la expresión en según qué momentos. Lo mejor que podía pasar era que considerara aquel secreto como un gran tesoro, a condición de que siguiera siendo un secreto.
- Tampoco a tu padre, Cuco.
Camino de regreso escuché con atención algunas cosas que contaba de lo que se comentaba entre el vecindario. A punto de llegar al pueblo lo dejó caer como una bomba.
- Ayer mataron a tres comunistas. Y al otro lo tienen en la cárcel.
Pensé despacio qué preguntas debía hacer antes, porque el camino se nos acababa y aquel chaval no solía despedirse.
- ¿Qué cárcel?
- Han puesto una cárcel en la cuadra del Tino, el de San Miguel.
- ¿Y tú cómo sabes que eran comunistas?
Se encogió de hombros y por toda despedida apartó la vista en cuanto otro grupo de gorriones vino a alojarse en unas ramas bajas. Iniciaba de nuevo su eterna carrera cuando algo me dijo que no era prudente continuar allí mucho más tiempo. Pero había que saber quién era aquella gente. Afortunadamente la cuadra del tal Tino estaba relativamente apartada del pueblo y no parecía muy necesario disponer guardia si al pobre preso lo habían tratado como era fácil suponer.
Rodeando la plaza me acerqué al lugar procurando no llamar la atención. Desde una de las callejas divisé la tienda del finado Herminio. Estaba abierta. Alguien entró y salió poco después con un paquete en los brazos. Aquello era sorprendente. Aprovechando la entrada de otra clienta escogí un lugar más adecuado. La delgada figura del antiguo jefe de Lola asomó por el escaso espacio que dejó la puerta cuando abandonó el local.
Alguien salió del edificio sobre el que ondeaba la bandera.

Atravesaba la plaza con algunos papeles bajo el brazo a una distancia que juzgué demasiado corta, pero iba en otra dirección. O eso ocurría hasta que algo vino a su cabeza y varió repentinamente su ruta, caminando hacia mi persona apresuradamente. Miró con toda la atención cuando nos cruzamos.
Los refuerzos metálicos de sus zapatos dejaron de golpear sobre las piedras de la plaza, invitando a pensar que se había detenido. Entonces compuse el gesto de quien de repente recuerda algo importante y eché a andar hacia la bandera con decisión. Ya enfrente de la puerta de entrada comprobé de nuevo la situación. Afortunadamente, había desaparecido.
Una de las callejas sirvió de oportuna escapatoria, ya de camino hacia lo que el crío había llamado cárcel. No parecía haber vigilancia, pero de todas maneras tampoco era oportuno pararse a curiosear. A menos que otros lo hicieran. No ocurrió tal cosa. Mejor investigar por la parte de atrás.
Había un ventanuco alto al que hubo que encaramarse a pulso. Contra la luz del corredor adyacente se recortó una forma en el suelo, apoyada contra la pared. Brotó la pregunta en un susurro a través de los barrotes del ventanuco.
- ¿Quién eres tú?
No hubo respuesta. Los músculos comenzaban a acusar el esfuerzo y no había posibilidad de apoyar los pies en nada. Hubo que insistir.
- Soy amigo. ¿Quién eres?
Giró la cabeza lentamente sin levantarla de la pared hasta que bajo la diminuta luz que se colaba por alguna ranura del techo se evidenciaron los rasgos familiares y ahora tumefactos de Gaspar, el asturiano.
Volví al suelo buscando por los alrededores algo sobre lo que poder apoyar los pies.

Un grueso tronco sirvió como apoyo después de hincar su extremo en la tierra hasta producir un pequeño agujero. Izado de nuevo hasta la pequeña ventana inquirí en voz bien baja.
- ¿Has comido algo?
La cabeza fue de un lado a otro de la pared, siempre sin separarse de ella, como si no hubiera fuerzas para más.
- ¿Puedes comer?
- ¡Agua!
Hay cosas que sencillamente no pueden hacerse y aquello era una de ellas. De repente llegaron ruidos de pisadas por el corredor. Entraron tres personas. Las dos de atrás portaban una especie de camilla de tela basta y ennegrecida. Quizás alguno de aquellos conservaba un algo de compasión. Lo siguiente fue un estampido sordo y después una frase sencilla y perentoria.
- ¡Vamos! Ya hemos perdido demasiado tiempo con esta escoria.
Se me hizo corto el camino hasta apostarme tras la pared, a tiempo de ver a los tres calle arriba, con un brazo del muerto colgando de la camilla como algo inservible. Parecía mentira que aquel cuerpo de esmirriado pudiera almacenar tanta crueldad. Algunas ventanas se abrían apenas y volvían a cerrarse inmediatamente, antes de que el uniformado llegara a fijar su atención en los curiosos.
Las botas producían un eco no disimulado y las faldas del pantalón, de corte militar, se abrían hacia los lados dándole al sujeto un aire teatral. Cuando llegaron frente al ayuntamiento apareció un camión donde fue arrojado el cadáver sin contemplaciones. El chófer descendió y siguió al oficial que se adentró en el edificio de dos plantas. La curiosidad fue más fuerte que la prevención y a medida que pasaban los minutos un cierto número de gente se iba congregando en torno al camión, observando el cuerpo inerme.

Me acerqué por si tenía la fortuna de verle la jeta al malnacido. Hubo suerte. Salió por la puerta taconeando con las manos a la espalda, como si no conociera otra manera de caminar, dio una seca orden al chófer y se paró ante el grupo iniciando una arenga cuyo contenido no escuché.
Tenía la lúgubre mirada del fanático y la actitud fatalista y urgente de cualquier paranoico. Los músculos de las mandíbulas marcados sobre el mentón afilado. La boca fina y las comisuras de los labios permanentemente húmedas. Las cejas ocultaban casi los ojos hundidos y menudos, de mirada porcina.
Su verbo destilaba toda la energía que la figura negaba y las palabras salían de entre sus dientes grandes y amarillentos como partículas de metralla, arrojando saliva involuntariamente. Sentí el tacto de la pistola en los dedos y enseguida empezó a crecer una sensación de peligro que resultaba agradable, un cosquilleo que desafiaba las reglas de la protección.
- ... y ay del que ampare a cualquiera de estos delincuentes. Se acabaron los partidos y la familia es la patria. Ni padres ni hijos ni maridos ni mujeres. Quien tenga a alguno de estos desalmados dentro de casa correrá su misma suerte. ¡No vacilaré ni un segundo! Espero que lo hayáis entendido bien.
Alargó la mano histriónicamente mientras los tacones producían un chasquido seco justo en el momento en que en la plaza entraban dos camiones llenos de gente armada y perfectamente uniformada. El tipo se dirigió hacia los recién llegados mientras los mandos inferiores proferían órdenes secas en un lenguaje que parecía inventado para los animales.
El grupo de gente se fue retirando y las palabras de la mujer sin nombre volvieron a la memoria. Quizás Lito también prefería morir rápidamente porque no podía soportar aquello.