sábado, 21 de agosto de 2010

Cap. VI


M
i padre se llamaba Manuel, como yo. Y como su padre, que murió joven en las minas, en Fabero. Aquella ausencia le había marcado de una forma dramática. Es difícil saber por qué algunas personas nos resultan tan imprescindibles.
Se casó relativamente mayor con una mujer aún mayor que él. Aquel enlace fue una sorpresa para todos. Se les vio juntos en un par de celebraciones muy próximas en el tiempo y poco después se casaron en la pequeña iglesia de Vega, con poca familia de compañía y sin ningún tipo de celebración. No hubo luna de miel y yo siempre pensé que tampoco hubo noche de bodas.
Había algo en el comportamiento de los dos que me lo decía, aunque Marta, que era quien me contaba todo en las noches largas y frías del invierno, nunca quiso soltar palabra de aquella historia. "Non son cousas túas".
A aquella mujer se la llevó una enfermedad cuando yo tenía 11 años. No entregaron grandes afectos ninguno de los dos, quizás por culpa de aquella extraña relación. Me crié entre tareas no siempre apropiadas a mi edad y aprendí a arreglármelas sin depender de nadie. Su ausencia no me dolió más de lo que sentiría la falta de comida o de calor en aquel clima despiadado. Él si lo acusó. Se volvió aún más taciturno y más insociable, si ello era posible.
Cuando llegué a casa el sonido de la piedra de afilar se hizo presente de nuevo, pero tenía cosas más importantes de que ocuparme. Por un momento estuve tentado de marchar sin decir ni palabra. Pero él apareció de improviso y se quedó mirando fijamente la correa de la escopeta cruzada sobre mi pecho. Mi cara debía ser un poema. Omitiendo los cruentos detalles, le expliqué que tenía que irme. Preguntó a dónde y no supe qué decir.
– Te lo haré saber en cuanto pueda.
Con alguna ropa en la mochila, aquel gastado impermeable y el dinero que quedaba en la mesilla de noche salí al exterior. La silueta asombrada de aquel hombre incomprensible se recortó en el hueco de la puerta contra la luz amarillenta de la cocina. Arranqué sin encender la luz y tomé camino de Villafranca después de colocarme el impermeable contra el pecho y calzarme los guantes de lana.
Apenas coronado el pequeño alto a la salida del pueblo apagué el motor. Los neumáticos necesitaban presión y hacían un ruido exagerado para lo poco que avanzábamos, pero era mejor que atronar el aire con aquel estruendo. Fue una buena idea. Enseguida oí voces y distinguí el haz tímido de alguna linterna. El saberse fuertes no invita a la discreción. Apenas vi el haz de luz rozarme otra vez me eché a la cuneta, extendí el impermeable sobre la máquina y me fundí en la tierra lo mejor que pude. Cuando el camión pasó a mi lado, luego de un buen rato, la noche era casi impenetrable. Sentí que las nubes eran mis únicas amigas. Y el frío me abrazó también con entusiasmo. Fue un consuelo pensar que podría ser peor. Mucho peor.






  * 

viernes, 20 de agosto de 2010

Cap. VII


H
ay dos formas de esconderse. La soledad y la multitud. Aquel Julio con su flamante camisa azul nació en el recuerdo y permaneció allí como la imagen de una pesadilla. Un vecino, como quien dice.
La multitud ofrecía poca seguridad. Y el monte no era amable, pero al menos lo conocía. El vivir entre los demás planteaba también el problema de implicar a quien me diera cobijo. Así que estaba decidido.
Sería un lobo más. Sólo necesitaba una buena guarida. Un territorio bien conocido y difícil de peinar. Lo suficientemente amplio como para poder cambiar de cobijo si las cosas se ponían difíciles. La escopeta y la munición quedaron escondidas en el tronco imponente de un castaño relativamente alejado del camino, envueltos en un trapo seco, y al abrigo de aquel árbol antiguo fueron madurando poco a poco los pensamientos.
Necesitaba sentirme entre gente de ley y eso planteaba problemas. De tal tenía fama la gente de Trabadelo y en particular aquel maestro que había visto con la expresión perdida y el pelo revuelto en aquel maldito jeep. No estaba muy lejos el lugar. Por el momento no había visto mi rostro por las paredes, lo cual me permitía conseguir alimento sin grandes dificultades, aquí y allá, pero sin permanecer más que unas horas en los sitios habitados. El cansancio era una tortura los primeros días. Al poco los pantalones se me escurrían y el cinto necesitó un par de agujeros nuevos. La higiene era otro problema. Empezaba a oler como el ganado.
La pensión de la Paca en Vilatorbes fue mi escondite durante un par de días que empleé en asearme con agua congelada y lavar la escasa ropa interior y la camisa que llevaba conmigo. Después me dirigí a Trabadelo a pesar de no conocer a mucha gente allí.

Apenas había hecho un par de viajes en todo el año pasado para algún particular, pero tenía algún conocido de juventud. Algo me dijo que debía prescindir en lo posible de aquella manía de esconderme de todo el mundo que empezaba a adueñarse de mí. Aún quedaba dinero pero no sería eterno. El pequeño bidón de gasolina que llevaba siempre conmigo se estaba quedando vacío.
Aparecieron las primeras casas aconsejando apagar el motor y dejar la moto trabada detrás de un muro de piedra. Concederse permiso para disfrutar de los rayos del sol sin pararse a pensar quien pudiera observar o no. Caminar con las manos en los bolsillos de la chaqueta con el pensamiento detenido. Hay momentos en que la seguridad depende de la suerte. Necesitaba suerte.
No ladraron los perros, lo cual era una novedad sorprendente. El pueblo era poco más que un par de hileras de casas a ambos lados del camino. Un sendero conducía a la parte de atrás de las viviendas. Tierra arada, las flores amarillas de las "peliqueiras" y un hombre tirando de una yunta de bueyes con el arado separando la tierra seca, avanzando en mi dirección. Paró cuando llegó a mi altura.
– Buenos días.
No hubo contestación. Echó mano a las astas de uno de los animales deteniendo su avance perezoso y volvió a mirarme sin hablar.
– ¿Conoce usted al Germán?
Siguió mirando con una expresión que era mucho más que desconfianza y luego meneó la cabeza a ambos lados. Me pregunté si sería mudo. Casi estaba a punto de seguir camino cuando recordé al maestro. Estaba convencido de que era de allí.
– ¿Alguna noticia del maestro?
Se relajó su expresión antes de fijarse en mis zapatos llenos de polvo. Avanzó despacio mientras extraía un pitillo ya liado de un pequeño envoltorio y ofrecía otro hurgando en mis pupilas. Tenía los ojos negros y el pelo desordenado. La zamarra ya gastada transmitía el olor del sudor antiguo mezclado con el frío seco. Un olor rotundo a tierra y esfuerzo inacabable. Rechacé la invitación con la cabeza.
– ¿Lo conocía usted?
Me alarmó que hablara en pasado.
– Lo vi en el coche cuando se lo llevaban. ¿Han sabido algo de él?
Nació como con desgana un suspiro profundo mientras encendía el pitillo con un fósforo y se colocaba a mi lado mirando hacia los bueyes.
– No hemos sabido y no creo que lleguemos a saber. Dicen que lo iban a llevar a juicio, pero últimamente aparece gente muerta en las cunetas. No creo que los juzguen.
– ¿Había hecho algo?
– Pues claro que había hecho algo.
Su mirada se perdió en aquellos montes cubiertos de castaños y robles desnudos. Salió al aire el humo del pitillo y después una risa amargada.
– Enseñar al que no sabe, que hoy es el peor pecado.
Quedamos los dos callados disfrutando del sol mientras los bueyes meneaban las cabezas vencidas por el peso de la yunta. Olía al humo de las cocinas de leña y en el ambiente había un silencio que en otro momento de la vida hubiera parecido pacífico.
– ¿Puedo saber de qué conoce al Germán?
- Solíamos buscar moza juntos en las fiestas, ya sabe. Aquí mismo nos hemos marcado más de cuatro bailes. A los cojos les encanta bailar.
Un detalle así, deslizado inocentemente en la conversación servía como confirmación. Asintió con la cabeza.
– El año pasado se fue para Sotelo. No está muy lejos, pero tienes que subir todo el monte que tienes enfrente. Puedes seguir por aquí, no hace falta que pases por el camino.
Aquello debía decirlo por algo que seguramente tenía que ver con mis polvorientos zapatos. Los bueyes lo miraron indiferentes mientras volvía hacia ellos y yo daba las gracias. Por toda contestación se limitó a manejar la vara para obligar a los animales a dar la vuelta y yo me alejé por donde había venido. Tronó el motor de la moto y arreció después a fin de conseguir la energía necesaria para subir aquel monte.
Sotelo era como un cuento de hadas. Casitas aisladas entre árboles recios de copas redondas y fumarolas ascendiendo en el frío de la mañana. Montones de leña a los lados del camino y algún perro ladrador. Trabar la moto tras una hilera de chopos y tranquilizar al chucho inclinándome para ponerme a su altura, pan comido. Una vez me olisqueó cuanto quiso se quedó más tranquilo.
Había un hombre ya entrado en años recogiendo pequeños troncos de debajo de la escalera que conducía a su hogar. Buenos días, ¿sabe usted donde vive Germán? Señaló una casa al fondo de un estrecho sendero que ascendía entre pastos y algún frutal y se quedó observando mientras me alejaba.
La casa fue haciéndose más real a medida que la distancia iba muriendo. Una edificación simple en planta baja con un pequeño voladizo para protegerse de la lluvia. Sencilla y no demasiado grande. Un poco más lejos lo que debía ser un pequeño granero.
El perro se levantó del suelo sin hacer el más mínimo ruido y avanzó hacia mí hasta que los dos concordamos en detener nuestros pasos. Se agitaron brevemente unas cortinas y la puerta se abrió. Acuéstate, Tas. Se me quedó mirando largamente, como si no me conociera y luego su sonrisa creció despacio.
– ¿Será posible...?
Aquellos andares de cojo acostumbrado a la cojera se me fueron haciendo familiares mientras avanzaba a mi encuentro. Nos saludamos con esa efusión tímida que es propia del tiempo que pasa y enseguida debió notar algo en mi expresión que lo obligó a echarme las manos a los hombros. Debí recordar entonces la caricia del calor humano porque se me humedecieron los ojos y hubo que disimular fijando la atención en la casita y lo que la rodeaba.
Al rato estábamos sentados a la mesa con una jarra de tinto fresco y unas rodajas de chorizo picantón. Seguía soltero. No acabo de entenderme con las mujeres, dijo, con una expresión como ausente. No era un hombre muy comunicativo con según qué temas. De ahí pasamos a comentar un poco como iba la familia y más tarde a los últimos acontecimientos. Parecía contagiado de la apatía que sufría todo el mundo a la hora de hablar de ciertas cosas. O del miedo. Al final le conté que estaba en dificultades sin ser mucho más concreto. A punto de terminar con el vino, pregunté si seguía cazando.
– Han requisado todas las escopetas aunque sé de algunos que no la han entregado. La mayoría de las casetas están abandonadas. No sé si recuerdas la del Carballón. Al final sólo la usaba yo y terminé por cansarme de que nadie me acompañara. Muchas de las de por aquí están así.
Asentir con la cabeza y alabar el chorizo para cambiar de tema. Aquello eran buenas noticias. Recordaba aquel pequeño refugio por alguna invitación de alguien del lugar.
Aquel día los conejos tuvieron una mala experiencia. El acceso no era fácil, pero había agua muy cerca. Y si no era el único en la zona, era justo lo que me convenía.
– Oye, puedes quedarte unos días si lo necesitas.
– Dormiré hoy si no te importa. Lo que sí te agradecería es que me consiguieras un poco de comida mañana.
No quiso aceptar el dinero que le entregaba. Dormí aquella noche en una cama estrecha que hacía miles de ruidos y al día siguiente me fui con una buena provisión de cecina, chorizo, alguna fruta y un pan de hogaza que debía administrar bien. Seguramente eran de su propia despensa, pero no era necesario hacer preguntas. Miradas francas al despedirnos.
– Cúidate, amigo.
– Lo haré. Y si necesitas algo ya sabes dónde estoy.
– Te lo agradezco. Es suficiente con que no lo comentes.
– No hay necesidad. Cuidate tú también.
Me eché el impermeable por encima deshaciendo el camino que me había llevado hasta aquel hombre, atento a los ruidos del bosque y aprovechando los senderos que circulaban más o menos distantes, por precaución, anotando mentalmente los pequeños detalles. Pequeñas represas para el regadío, casetas para la herramienta, cruces de caminos, lugares sin posible escapatoria, abundancia de aves rapaces... No estaba claro qué hacer con la moto. Por un lado era un medio de transporte más que interesante y por otro una rémora que impediría moverse con libertad.
El sol estaba en lo más alto cuando hice una pausa para dar cuenta de una modesta ración, con la espalda recostada contra un enorme pino. Apenas había visto un par de camiones de reparto en toda la mañana. Terminado el modesto ágape se impuso la conveniencia de dar una vuelta por el espeso pinar. Pinos viejos y robustos.
El terreno se inclinaba ligeramente hacia el norte y abajo corría un arroyo más bien exiguo. El suelo estaba regado de aquellas agujas ya descoloridas que por la zona llamaban "pinaveta". Ascendí hasta el punto más alto, donde una formación de pizarras sobresalía del terreno formando un pequeño abrigo natural orientado al sur.
Aquel pequeño castillo natural merecía un examen más detenido. En su centro había una pequeña hondonada imposible de cubrir con pocos medios, pero imposible también de ver desde el exterior. Por de pronto parecía buena idea recoger de los alrededores un pequeño garrafón de cristal con la habitual funda de caña bastante estropeada, y algunos palos de cierta altura que podrían servir en su momento para levantar una modesta cubierta. Bautizar un lugar. " La Cuevona". Allí quedó la mayor parte de la comida lo mejor oculta que se pudo antes de emprender de nuevo el camino.
Renunciar a la moto. O quizás no. Al final se impuso una solución intermedia. Ocultarla. Trabadelo me recibió en un estado mental muy próximo a la confusión absoluta. Miles de preparativos intentaban hacerse hueco como si nada pudiera quedar en el aire. Un buen momento de recuperar la escopeta y la munición.
Quedó atrás el pueblo siguiendo el camino donde me había encontrado al hombre de los bueyes y en poco tiempo más nació al contraluz la silueta del enorme árbol. El cansancio comenzaba a hacerse sentir. Me recosté contra el dios vegetal pensando en los próximos pasos a dar mientras oteaba el horizonte visible. Apenas alguna gente en los campos.
Recuperada la escopeta se hizo evidente que disimular aquel artefacto no era tarea fácil.

Aún liberada del cierre y doblada sobre la báscula seguía asomando aquel negro cañón por algún sitio. Me eché el impermeable por encima y la colgué del hombro con el cañón apuntando hacia el suelo.
No tardaría en anochecer. Atravesaba el pueblo por aquella senda tras las casas cuando observé a un par de paisanos charlando tranquilamente y liberando una columnita de humo al cielo de cuando en cuando. Remolonear entre los árboles, fijando la atención en cada detalle del entorno por si pudiera servirme de ayuda en el futuro hasta que aquellos dos se despidieron. Quedaba en el aire el rastro del humo de los cigarrillos.
Me sobresaltó aquel papelajo al caer inopinadamente al camino desde una de las ventanas, justo enfrente del terreno marcado por los surcos del arado. Lo habían doblado con energía de forma que los signos, muy marcados en tinta negra, fueran visibles. Aquel "coba" que se adivinaba entre los pliegues arrugados me resultó más familiar de lo apetecido.
Mirando como por casualidad hacia las ventanas fui extendiendo aquel galimatías con los pies, como un crío curioso, hasta que todo quedó claro. El retrato era muy defectuoso pero el nombre era bien reconocible. Manuel Vieitez Corcoba. Ese soy yo. El paso se hizo más vivo.






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jueves, 19 de agosto de 2010

Cap. VIII


A
quella era una buena noche para averiguar cómo sería el futuro. La oscuridad llegó antes de lo esperado, impidiéndome alcanzar la Cuevona como había previsto. Alejado lo más posible del camino, acumulé una buena cantidad de aquellas agujas de los pinos bajo las caderas y el pecho, con intención de dormir boca abajo para evitar que algún ronquido involuntario delatara mi presencia, por más que el silencio absoluto hacía pensar que me encontraba completamente solo.
Alguna criatura correteó sobre mis piernas apenas había conciliado de alguna manera el sueño. Luego el frío se hizo punzante y el silencio se rompió con miles de sonidos desconocidos, alimentando la vigilia. Cuando brotaban las primeras luces levanté del suelo los doloridos huesos y me acurruqué entre dos grandes rocas cubiertas de maleza por su parte superior.
Eché el impermeable por encima confiando en que aquel verde impersonal disimulara mi presencia y dormí sobresaltado un par de horas confiándome al azar.
El grito desabrido de un cuervo declaró el nuevo día cuando la luz se hacía ya franca y algún rumor mecánico llegaba a mis oídos. Todos los huesos parecían fuera de su sitio y un dolor sordo rumiaba las entrañas en algún lugar bajo la frente. Apenas dados los primeros pasos me atenazó un frío desconocido, como de otra latitud. Cobijadas las manos bajo las axilas y envuelto en una fina neblina, ascendí entre los pinos con energía para combatir aquel entumecimiento y encontrar el camino lo antes posible.
En cuanto la senda estuvo de nuevo ante mis ojos descendí unos pasos para no delatar mi silueta al contraluz, procurando mantener el sendero al alcance de la vista.

Las dos grandes rocas quedaron en la retina cuando miré hacia atrás memorizando cada pequeño accidente. Hubiera sido mejor quedar en su parte posterior. La Cuevona resultó más difícil de localizar de lo que había previsto, lo cual era una buena noticia. Si era difícil para mí peor sería para quien me buscara. La brisa parecía soplar del lado este, así que encaminé mis pasos hacia el poniente para buscar un lugar donde hacer mis necesidades. El frío envolvió la piel mientras me aliviaba donde un grupo de pinos formaban una especie de corro inocente. También tendría que prescindir de la higiene tal como la conocía. El rumor del arroyo guió mis pasos mientras sujetaba el pantalón con las manos.
Mientras el agua congelaba mis manos nació un rayo de sol entre la niebla arrojando claridades entre los troncos inmóviles. Los pájaros rompían el silencio entre aquellos sueños de ramas nebulosas y luces esquivas. Era hermoso el lugar. Apunté mentalmente algunas necesidades básicas. Había que limpiarse y secarse. Sin dejar rastro. Y mucho menos el que acababa de dejar arriba, entre los pinos. Qué locura.
Pensar con rapidez. Cavar significaba dejar un rastro más. Y taparlo no era suficiente. Errores peligrosos que habría que evitar en el futuro.
El sol parecía haber detenido la leve y helada brisa en su ascensión. Un poco de pan y aquella cecina deliciosa mitigaron las penas del estómago. La escueta ración era un principio inamovible. Los rumores más o menos lejanos se multiplicaban poco a poco. Quizás era mejor dormir cuando los demás no lo hacían. Inspeccioné los alrededores con más atención tratando de encontrar una solución al problema de los restos del cuerpo. Una lata grande de aceite junto a una viña. Ningún resto te delatará si lo encierras aquí, me dije. Para lo que vas a comer...
Hacia el final de la mañana había reunido en la Cuevona algunos cachivaches que tendrían utilidad. Un par de sacos rellenos de pinaveta harían las veces de colchón. Coserlos con cuidado con sus propias hilachas y aprovechar el calorcillo del sol para dormir un poco.
El mismo frío me despertó cuando el astro caía en el horizonte. Qué pintaba aquel cuervo mirándome tan fijamente desde las aristas de pizarra más arriba... Ni se inmutó cuando me moví. No podía dormir al relente mucho tiempo más. Había que volver a Sotelo y localizar las casetas de los cazadores, pero no estaba muy claro cuando debía hacerse. Aquel frío que viajaba a lomos de la brisa nocturna empezaba a resultar odioso. La luna anunciaba una noche clara al otro lado del firmamento. También tendría que aprender astronomía. Y aquel día era tan bueno como otro cualquiera para iniciar las lecciones.
Con un ligero condumio y la escopeta colgada al hombro, inicié el camino a la luz de Selene con la sensación de entrar en una nueva etapa de la vida, como si me hubieran parido de nuevo los montes. Vinieron a la mente aquellos curiosos proverbios de Marta. "Á forza aforcan". Las referencias geográficas aún no se habían afianzado, pero ya estaban allí. La noche enviaba unas remotas luces del pueblo, más abajo, y el pálido reflejo lunar recortaba la silueta del Maluro al fondo, como un vigía sempiterno.
Subían voces propagadas por la brisa nocturna y dos haces de luz que viajaban entre los "caborcos" siguiendo el curso del camino. Algo estaba ocurriendo. El rumor del camión se aproximó más y más hasta que las puertas al cerrarse anunciaron que había llegado al final de su recorrido. No se oyeron más que unos sollozos y una orden seca. Luego dos estampidos y el chasquido de las puertas mientras el rumor del motor se alejaba de nuevo. El miedo me inundó como una lluvia imprevista. Permanecí paralizado con la vista fija en aquel punto, no muy lejano, y los ecos de los disparos grabados en las nubes bajas de la memoria. 
Imaginé las últimas horas de aquel que ya no estaba en este mundo, indefenso y rodeado de gente armada y bien dispuesta para la "limpieza". Seguramente le habrían gastado alguna broma mientras observaban su gesto entristecido, la boca lánguida y los ojos quizás llorosos. Su último e irremediable silencio y las reacciones incontrolables de su cuerpo ante las pistolas señalando el corazón un segundo antes de perder todo cuanto uno tiene. Por fin, su efímero gesto de dolor y el colapso que acaba con el cuerpo en tierra, desarbolado, como un guiñapo.
Me aproximé al lugar impulsado por todo lo que me unía a aquel desconocido, sin poder evitar que otro sentimiento paralizara las piernas y la voluntad, como queriendo evitar la visión de lo que fácilmente podría ser el propio futuro.
De repente, el espacio donde debía latir el corazón parecía ocupado por un vacío horrendo. Me alejé del cadáver unos pasos, siguiendo el mandato de un pánico nuevo, enraizado en las tripas, pero enseguida tenía que volver sobre ellos, avergonzado, como si acabara de traicionar todo cuanto era valioso en mi vida.
Permanecí en esa disyuntiva un largo rato, mirando de vez en cuando al volumen oscuro en el que la vida acababa de ser segada en un segundo. Todo cuanto había sucedido hasta ese fatídico instante parecía ahora cubierto por un velo confuso, falso. Los juegos de la niñez, las voces protectoras de la abuela,  las largas caminatas a la escuela, los ojos claros de aquella muchacha rubia, los primeros fracasos, la agonía prematura del trabajo, los confines poco humanos de la vida de los pobres, la angustia, la esperanza...
Me pregunté qué habitaba el corazón de los verdugos, imaginando su viaje de vuelta, acabada la tarea, silenciosos en la cabina, pensando en la recompensa que el tiempo les habría de deparar, en los galones que habrían de hacer agachar la cabeza a aquellos otros seres. Los otros. Los vencidos.
Imaginé la llama amarillenta de su mirada oscura, los labios fruncidos aspirando el aire del cigarrillo con fruición, con calma, la sonrisa oblicua en la que aquella muerte no había dejado ninguna señal, ni un simple asomo de remordimiento. Cuántos seres de aquellos habría en los alrededores. Cuántos en la comarca, en el país, cuántos en el mundo. De qué manera tocarían aquellos seres a sus mujeres, cómo acariciarían a sus hijos o besarían a sus madres.
Aparecieron ante mí, como fantasmas, en medio del luto de la oscuridad, parados con sus expresiones indefinibles, sus facciones de bruma del pasado, su fatal y fatídico ensimismamiento. Su hedor de abuso bien remunerado.
Volví la mirada al bulto abatido en tierra, detenido en la inmovilidad de los montes callados, taciturno, ausente, indiferente ya. La brisa  trajo de nuevo aquel olor dulzón, apenas presentido y una sensación de contacto prohibido con el mundo lejano de los muertos. Un frío extraño, aletargado, al lado del cual comenzaba a abrirse paso una furia con el rostro helado, un espasmo de violencia contenida que no necesitaba de desahogos inmediatos. En un instante supe que había cambiado, que me estaba convirtiendo en un extraño al que en muy poco tiempo quizás no podría reconocer.
Despacio, como temiendo despertar a algún dios maléfico, reanudé la marcha. El rastro de aquellos senderos no era fácil de seguir bajo la tenue luz lunar. Las escasas luces de Sotelo me sorprendieron cuando ya había rebasado el pueblo involuntariamente.
El olor de la madera crepitando en las cocinas inundaba el aire. Por primera vez me asaltó el sentimiento del paria alejado de lo que le era propio. La niebla empezaba a espesarse dificultando la orientación aún más si cabía. Las nubes practicaban un juego cruel que hacía necesario detenerse de cuando en vez para no perder la dirección, hasta que la luna volvía a hacerse dueña de las sombras.
Empezaba a escuchar un rumor de agua en la distancia cuando el sendero desembocó en otro más ancho. Las lomas se recortaban redondas más arriba entre la niebla, y la oscuridad crecía a ambos lados del camino. Una sombra afilada sobre el reflejo azulado de la pizarra, llamó mi atención. La luz murió en el preciso momento en que llegaba a su altura. Oí el chasquido inevitable de algo que murió bajo mis pies y enseguida brotó de la tiniebla la geometría familiar de la caseta.
No había ventanas visibles, ni puertas. Hubo que rodearla para distinguir apenas una puerta encajada de cualquier manera en la madera húmeda del marco, tosco pero recio. La vegetación crecía incluso por encima de la cubierta y a los lados como si fuera la verdadera propietaria del humilde refugio. Ningún olor en particular se me hizo reconocible. Sonreí al darme cuenta de que empezaba a utilizar los sentidos como un buen lobo.
La puerta no estaba dispuesta a dejarse vencer fácilmente. El astro se empeñaba en esconderse una y otra vez obligándome a maldecir a cada paso. Una nueva acometida sin éxito. La posibilidad de un mínimo de comodidad cobraba la apariencia de la dicha absoluta.
A punto de recurrir a una buena patada, la prudencia aconsejó repasar la superficie con la mano buscando algo que sobresaliera. Un trozo de madera pulida unida a una cuerda de plástico. Algo se desplazó allá adentro al empujarla hacia abajo, liberando la puerta que se abrió sin resistencia.
La luz lunar penetró en el exiguo espacio mostrando lo que parecía un catre cubierto con mantas y devolviendo el reflejo de algún utensilio metálico. No ocurrió nada en todo el rato en que permanecí agazapado, atento al más mínimo ruido. Aquella cabaña había permanecido mucho tiempo sin calor humano o animal. El terreno era traicionero para los pies y estaba rodeado de grandes arbustos en todas direcciones. Quizás hubiera sido imposible verla en cualquier otro momento, sin aquella luna exuberante. Una vez sacudida la fina capa de polvo que cubría las mantas del catre, encomendé mi reposo al dios del sueño. No llegó pronto. En su lugar acudieron los ecos de los disparos y un rostro de rasgos blanquecinos y ojos llorosos que llenó la noche de pesadillas y malos augurios.






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miércoles, 18 de agosto de 2010

Cap. IX


L
a mañana se presentó con un ejército de nubes bajas barriendo los montes, húmeda pero menos fría. La luz permitió un examen más detallado de la choza. Algún cachivache para calentar líquidos, un "tres pies" ennegrecido por el uso, un mechero de mecha, cuerdas, un cepillo de púas de madera y alguna leña seca. Las paredes parecían firmes pero sería necesario tapar algún que otro agujero. Una cierta corriente de aire que circulaba en sentido ascendente me obligó a mirar al techo. Habían practicado una abertura protegida del viento del oeste, seguramente con intención de permitir la salida del humo. Un largo cuchillo había sido encajado entre las maderas que soportaban la pizarra de la cubierta. La puerta cumplía bien su cometido a pesar de algunas largas grietas y dos piezas de cuero hacían las veces de bisagras. No hacía el menor ruido. El sonido de un arroyo llegaba apenas a escucharse entre el canto festivo de los pájaros. Di cuenta de un escaso desayuno, me guardé una exigua ración por si se presentaba algún imprevisto y salí con precaución procurando localizar aquel agradable sonido. Mientras me orientaba, los enormes arbustos se hicieron patentes. Casi parecía imposible haber llegado hasta allí.
El arroyo corría alegre un par de cientos de metros hacia el norte en la vertiente contraria del camino. La ascensión me hizo entrar en calor. Un movimiento a lo lejos y las manos buscaron automáticamente el tacto de la escopeta mientras me ocultaba entre los árboles. Pasó ante mí inclinando el cuerpo hacia adelante para vencer el desnivel del terreno. Nada podría negar un rastro de miedo innegable en su rostro y la carga era excesiva. Miraba hacia todas partes de vez en cuando y no se permitía un sólo respiro. Sabía perfectamente por donde debía ir. Seguí sus pasos a una buena distancia después de comprobar que el aire corría en dirección contraria a su marcha, embriagándome con aquel leve perfume de hembra bien aseada. Casi a punto de salir al camino y divisar Sotelo y sus casitas de cuento, se internó a su derecha entre una maraña de zarzas de manera inexplicable. Imposible averiguar por donde se había escurrido.
La moto vino a mi mente. Seguía sin tener claro qué hacer con ella. El tenerla cerca no era ninguna ventaja en aquellas condiciones y siempre había dejado un tufillo a gasolina que no era aconsejable. Una fila de chopos altos no muy lejos del camino era lo que tenía que buscar y con un poco de suerte el mismo tufillo ayudaría. Caminar se estaba convirtiendo en una especie de ritual continuo que hasta llegaba a hacerse agradable en las primeras horas en que el frío mordía la piel. A pasos largos por los terrenos llanos y más cortos por las pendientes. Aprenderse los campos y gozar sus secretos.
El silencio parecía haberse ido adueñando de todo en aquellas últimas semanas. Nadie silbaba a las mulas o arreaba el ganado como solía hacerse. Como si la tierra hubiera dado una consigna transmitida por los vientos que soplaban como apesadumbrados. Los oí hablar mucho antes de que el olor a gasolina me advirtiera que estaba en la dirección correcta. Sólo aquella gente elevaba la voz de aquella manera. Oculto tras los troncos de los pinos observé el gesto contrariado de aquellos dos cuervos vestidos de azul. Fumaban sin parar.
– Joder, van a tenernos aquí toda la mañana.
– Órdenes son órdenes
– Muy contento te veo yo a ti , pipiolo de los cojones.
El pipiolo calló ante la andanada del otro, más viejo y mucho menos paciente. Se echó a andar cansinamente descubriendo a sus espaldas el color familiar de los neumáticos de la moto, cubiertos de polvo.
– Ya vienen allí, no es para tanto.
El camión ascendía la pendiente con un ruido sordo, dejando tras de si una nube de ocres cansina y efímera. Se me antojó que subía excesivamente lento, lo cual sólo podía deberse a una cosa. Venía muy cargado.
– Ajá, nos vamos de caza.
El tipo pateó la rueda trasera de la moto con una bota recién encerada al tiempo que en mi cerebro estallaba la señal de alarma. Recordar las consignas. Nada de pánico. Cabeza fría y movimientos rápidos pero silenciosos. Era fácil decirlo. Las ramas que me golpeaban la cara mientras huía desmentían tanta frialdad. Serenar la carrera mientras el ruido del camión se acercaba asombrosamente deprisa. Apareció en una de las remotas revueltas, allá abajo, casi renqueante. No podía ser. La explicación se hizo patente cuando se oyeron las primeras voces. Eran dos y el primero acababa de llegar. Por el ruido del motor se diría que venía más ligero. Desesperado por correr como un conejo aterrorizado y oculto tras los troncos de los pinos vi descender hasta seis hombres con las armas dispuestas.
La ascensión no era fácil y aquellas voces bramando órdenes como latigazos no contribuían a la tranquilidad. Se hizo el silencio y solo el rumor cansino del segundo camión llenó los valles verdes, ajenos a la humana tragedia. Miles de dudas, en la mente, en los ojos, en las manos. Tampoco parecía un grupo suficiente para peinar todo aquel terreno. En lo alto de una pequeña elevación me detuve después de comprobar las posibles vías de fuga. Los pájaros habían callado y hasta el ligero vientecillo parecía rendido ante las armas. Transcurrieron unos minutos largos, demorados en la atmósfera sórdida y pesada. Ni un ruido, aparte de mi respiración desbocada.
Descender suponía tener que luchar contra el terreno en una posible huída, pero los escasos rumores parecían provenir de más abajo.
Después los escalofriantes gritos de la mujer rasgaron el aire. Al trote corto descendí procurando no pisar los traicioneros montoncillos de pinaveta, hasta que las voces se hicieron más próximas. Voces y risas. Ella había dejado de gritar. Quizás aquella presa era todo lo que buscaban. Pasaron ante mis ojos por un claro entre la arboleda, confiados y mucho más cercanos de lo que suponía. Un tipo alto y delgado sujetaba la cabellera de ella dentro del puño cerrado. Uno de los hombres manoseó sus nalgas jaleado por sus compañeros hasta que el captor impuso su jerarquía con la mirada. Mi posición no era la más adecuada. A punto de iniciar la carrera dos sombras atravesaron la espesura verde. Sentir el frío del metal en la nuca y una sola palabra.
– Quieto.
Algunas sombras más ocupaban el espacio y desaparecían tragadas por el aire.
– Échate al suelo.
Los tacos de una bota violentaron la espalda mientras algunos restos penetraban en mi nariz siguiendo la corriente de la respiración agitada. Todo el peso de aquel cuerpo se trasladó a la bota en un momento dado dificultando la respiración. Algún leve cuchicheo atravesaba el aire.
– Vienen los otros. Hay que darse prisa.
– Encárgate de este pero ven a echar una mano si hace falta.
El peso desapareció y vislumbré por el rabillo del ojo los tonos apenas adivinados de una de aquellas banderitas rojas y negras y el cañón de la escopeta a mi lado.
– Puedo ayudar
– Cállate
Tenía voz de crío.
La mujer volvió a gritar e inmediatamente estalló una hecatombe de ecos secos y violentos repetidos mil veces por las vertientes de los valles. Me asombró aquella voz. Parecía divertirse.
– ¡Ven con mamá, fascista acojonado!
El reclamo infundía confianza, pero el tiroteo se estaba alargando más de lo que a mí me parecía recomendable. Los ecos renqueantes del segundo camión se aproximaban. Grité.
– ¡Hay que parar a ese camión!
La duda asomó a la expresión del chaval sin rastro de barbas. Y no se podía dudar.
– ¡Vamos, chaval!
Incorporarse y correr. Asir el cañón frío del arma y correr como el lobo que debía ser para apostarme tras un viejo tronco adornado de helechos y hojas secas. El imberbe me alcanzó, sorprendido, y apuntó la pequeña pistola en dirección al camino. El camión hizo su aparición tomando una curva muy pronunciada. Era una pura diana. Apunté al conductor y el arma empujó contra el hombro una vez y otra y otra. Alguien blasfemó dentro de la cabina cuando aquel cacharro se precipitó por la pendiente sembrada de pinos. El imberbe le daba gusto al gatillo sin parar.
– ¡No dispares al tun-tun!
Aquel chaval no debía saber mirar de otra forma. Tenía la boca abierta permanentemente y los ojos como platos. La corteza del pino que me protegía saltó en mil minúsculas partículas. El instinto de supervivencia hacía crecer la cólera. Disparaban desde abajo pero lo que más se oían eran juramentos y gritos que delataban el miedo. Estábamos en ventaja y había que aprovecharla. Otro golpe seco sacudió la corteza del pino mientras una nubecilla azul se elevaba tras una roca blanca al otro lado de la carretera.
En ese preciso instante al camión cesó violentamente su carrera contra un gran tronco. El tipo que disparaba miró hacia el lugar donde había nacido aquel estruendo y se descubrió. Saltar. Correr. Gritar. Gritar coma grita la muerte y dejar que la ira dirija las balas como un diablo bien entrenado. Una mano invisible empujó aquel brazo hacia atrás proyectando gotitas escarlatas en el aire. El fusil cayó de su mano. Me prometí el trofeo al tiempo que ganaba una buena posición de tiro tras un afloramiento de pizarra. Cargar con rapidez. Cuando el negro cañón buscó a su víctima, ésta corría sin mirar atrás.
El fusil fue mío en un instante. Observé el pequeño cargador mientras cruzaba la escopeta sobre el pecho. Ahora os vais a enterar... Alguien aterrizó a pocos metros protegiéndose en una pequeña hondonada. Le apunté instintivamente hasta que vi su fusil enfilado hacia abajo. Nos miramos un segundo y luego me hizo una señal apuntando el índice hacia una pequeña formación de cuarzo poco más abajo. Asentí buscando la ruta más corta y más segura. Levantó un dedo en el aire y luego dos señalando la cadencia. Correr sorteando los árboles mientras su fusil bramaba fuego con un ritmo pausado. Hacerse cargo de la situación desde la atalaya. Un cuerpo cayó al suelo como un fardo después de atacar sin sentido uno de los troncos castaños allá abajo. Casi no daba crédito a mis ojos cuando aquel tipo pálido levantó las manos a su lado, petrificado por el pánico. Detrás de las ramas verdes brotó un estampido levantando una columnita de humo mientras se venía a tierra desmadejado. Alguien estaba disparando a los que huían. Disparé dos veces levantando astillas de los árboles y observando como mi compañero corría hasta alcanzar un parapeto seguro. No hizo falta más. Las manos se alzaron en el aire y arrojaron al suelo un revólver de buen tamaño. Luego el cuerpo emergió de su escondite. Llegamos a su altura al mismo tiempo.
El escasísimo tiempo que se me fue en comprobar que no había amenaza inminente a nuestro alrededor fue suficiente para el golpe que dio con él en tierra. Grité a tiempo de impedir que la bala pusiera fin a su historia.
– ¡No!
Observé despacio a mi compañero. Todo en su expresión rezumaba un odio concentrado y bien alimentado. Le había crecido la barba desordenadamente, dejando algunos mechones blancos bajo la boca. Pensé en la mujer.
– Es más útil vivo.
Me miró largamente mientras el índice temblaba en el gatillo. El cautivo tuvo tiempo apenas de adelantar el antebrazo para protegerse de la tremenda patada. Emitió un quejido desde el suelo y se aprestó para protegerse otra vez. Miraba como un animal acosado y no demostraba ni mucho menos pánico.
– Ojo que no haya alguno de los suyos por ahí.
La advertencia pareció serenar los ánimos de mi compañero, que ahora revisaba la verde espesura con el fusil atento a cualquier acontecimiento. Se hizo con el revólver y descendió unos pasos recogiendo la munición de los dos caídos para examinar después con atención los fusiles recuperados del suelo. Escogió uno y se echó el propio a la espalda. Luego subió hacia mi posición y me alcanzó un par de aquellos cargadores mirándome con ojos curiosos.
- Soy Carlos.
- Lito
Guardé los cargadores y até al faccioso a un pino joven con sus propios correajes. Luego ascendimos siguiendo el eco de las descargas más arriba. No era buena señal que aquello durara tanto tiempo y quizás sería buena idea aparecer de improviso para aprovechar alguna debilidad de los uniformados.
El imberbe nos esperaba al otro lado de la carretera con su cara de asombro sempiterno. Carlos corría delante de mí soltando bufidos a diestro y siniestro. Costaba trabajo seguir su estela, pero llegados a un pequeño claro, miró hacia atrás y nos esperó. Los dos bandos parecían bien asegurados en sus posiciones y sólo de vez en cuando salía algún disparo de las filas enemigas.
– ¿Quién es la mujer?
– Es hermana de este.
– Sería mejor negociar, no vaya a ser que vengan más.
– Yo no puedo tomar decisiones.
– Pues ve y consulta rápido. Yo seguiré aquí.
De tanto en cuanto echaba un vistazo al camino al fondo. Aquello tenía que haberse oído en mucha distancia y ya no era seguro quedarse allí. El imberbe me miraba como asustado.
– ¿Se puede saber cómo te llamas?
– Me llaman Toño.
– Pues no estaría mal vigilar el camino un poco más abajo, Toño. Donde puedas verme.
Obedeció. Corría bien, con los brazos pegados al cuerpo y las rodillas cerca del suelo. Se levantó un viento fresco que parecía querer ahuyentar las malas horas y esconder el olor de la muerte. La luz clara de la mañana tenía algo de falso o quizás me negaba a admitir que todo aquello fuera verdad. Allá arriba se intercambiaban insultos entre los dos bandos. Toño se agazapó en la cuneta uno cien metros más abajo y levantó una mano. Respondí con el mismo gesto y esperé.
No tardaron mucho en aparecer. Había visto a aquel hombre el alguna ocasión aunque nunca había surgido la oportunidad para la charla. Estaba más delgado y parecía atento al más mínimo movimiento. Me estrechó la mano mientras escudriñaba con la vista entre los árboles.
– Creo que nos conocemos. Yo soy el Ruso... ¿Dónde lo tenéis?
Señalé con la cabeza hacia abajo sin contestar a su observación. Se volvió hacia Carlos y este emprendió una carrerilla sin entretenerse. Me sentí observado inmediatamente.
– No llegarás lejos con esos zapatitos. Si no tienes calzado no tienes pies.
Miré hacia abajo estúpidamente, como queriendo comprobar si mis pies seguían conmigo. Luego pensé que no acababa de entender cabalmente la situación y enseguida hice propósito de cambiar mis zapatitos por las botas de alguno de los que dormitaban para siempre más abajo. Él seguía observándome.
– ¿Se puede saber qué haces tú por estos andurriales?
– Me lié a tiros en Vega.
– Vaya, así que fuiste tú... La liasteis buena. Pena del Herminio, que no era mala gente. Tenía la cabeza demasiado caliente.
Dejaba un espacio de silencio entre frase y frase y no paraba de mirar alrededor. Carlos ascendía empujando al faccioso no muy amablemente con dos pares de botas colgando de los hombros. Y tener que soltar a este mal bicho... Se le escapó la frase como sin querer entre los labios prietos y luego le dio la espalda y se dirigió a los árboles. Se inició una conversación a voces que terminó con los dos prisioneros en los límites del claro. Alguien dijo "¡Venga"! Luego los dos comenzaron a caminar. La voz de Toño rompió el tenso silencio cuando estaban a punto de cruzarse.
– ¡Apártate de él, Merche!
Merche pareció vacilar al cruzarse con aquel personaje y sentir su mirada o quizás escuchó algún comentario que los demás no oímos. Los dos aceleraron el paso apenas superaron el punto medio de la corta distancia y a punto de alcanzar ya a los grupos respectivos se desencadenó una lluvia de balas desde el otro lado.
Cuando cesaron los disparos y los insultos comenzamos a ascender. Miré al rostro de la mujer. Le bailaba en la boca una mueca de repugnancia y llevaba los ojos como brasas. Toño se dirigió hacia ella y la tomó de los hombros pero ella rechazó el consuelo apresurando el paso y caminó delante de todos, probablemente ocultando las lágrimas. Continuamos caminando en silencio con la respiración levemente agitada por la ascensión. Otra mujer salió de entre los árboles y se abrazó a ella después de examinarme brevemente.
Fueron incorporándose más personas con el gesto sombrío pero entero. Algunos se palmeaban los hombros y otros sencillamente parecían comprobar que no faltaba nadie después de observarme con curiosidad. Carlos y el Ruso marchaban detrás de una pareja que parecía actuar de vanguardia, comprobando el terreno. Alguien hizo una señal que nos detuvo. Luego un hombre más menudo conversó brevemente con el Ruso, se palmearon los hombros y la partida se dividió en dos. Calculé que no habría más de siete u ocho unidades en cada una.
Unos pasos más adelante me encontré con Carlos a mi lado. Mi miró brevemente y habló en voz muy baja.
– Queremos que te quedes con nosotros de momento. Es una cuestión de seguridad. Luego haces lo que quieras, aunque serías una buena ayuda.
– ...
– Hay otras cosas que debes tener en cuenta. Es más fácil atender a tu propia seguridad dentro de un grupo. No puedes estar sin dormir, o sin comer... y esas cosas se hacen mejor organizadamente.
– Lo pensaré.
– Bien.

Caminamos durante un par de horas entre robles, hayas y pinos hasta que alguien del grupo trinó y otro pájaro respondió no muy lejos. El sol había subido a lo alto de su trono y la ropa empezaba a sobrar a causa de la caminata. La marcha se hizo más relajada. Habíamos llegado a destino. Atravesamos una mata plagada de espinas después de que alguien la dividiera en dos de forma casi milagrosa dando paso a un estrecho sendero oscurecido bajo unos riscos húmedos y adornados de mil tonos de verde. El terreno era arcilloso y resbaladizo. Matas de espliego y margaritas adornaban los contornos al alcance de la vista hasta que desembocamos en una especie de cueva de boca angosta y erizada de aristas de roca.
El espacio se hacía más generoso una vez dentro y la luz llegaba desde tres o cuatro aberturas en el techo. Las luces se filtraban desde arriba descubriendo miles de partículas suspendidas en el aire. Casi al final otro pequeño espacio se abría a la derecha. Un par de gotas descendían del techo regularmente marcando el ritmo lento del tiempo. Carlos avanzaba cuando me di la vuelta, con los dos pares de botas en las manos. Lo agradecí con la mirada. Descartadas las más grandes, el otro par pareció adaptarse aceptablemente a los pies doloridos.
El grupo se reunió para comer, si bien algunos optaron por sus propios espacios, sin que nadie pareciera molesto por ello. La exigua ración calmó razonablemente el grito del hambre. Todos hablaban en voz muy baja y las dos mujeres permanecían algo apartadas. Observé a Merche de nuevo y enseguida me sentí observado también, primero por su compañera y luego por ella misma. Parecía recuperada. Alguien mencionó el episodio de Vega, lo cual hizo nacer la curiosidad en los rostros. No hubo manera de ocultar los más insignificantes detalles. Debía ser importante mantener la moral alta en aquellas circunstancias.
Brotó con naturalidad la sonrisa cuando Toño comentaba la carrera desaforada del tipo que nos había disparado en la carretera. Alguien preguntó si me había visto en aquellos fregados antes. Contesté que sólo con algún conejo, lo cual arrancó algunas risas que fueron acalladas inmediatamente por Carlos. El silencio era una consigna clara.
– ¡Se os oiría desde el mar!
La pequeña bronca fue la señal para que todo el mundo se dispusiera a dormitar para recuperarse del esfuerzo. Carlos adjudicó la guardia a una de las mujeres y a un hombre fornido y callado y el silencio se hizo total. Sólo las goteras del fondo dieron testimonio de que la vida seguía su curso.






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