martes, 24 de agosto de 2010

Cap. III


L
legado el fin de semana y como quien no dice nada, padre me puso al corriente de nuestra próxima incursión por los montes. No se tomaba la molestia de avisar con mucha antelación, pero lo cierto es que en aquella ocasión, se lo agradecí, no sabría decir por qué. Al día siguiente pateábamos la tierra por entre las uces buscando alguna presa esquiva. Los conejos en particular solían aportar un complemento que no sobraba en la despensa.
Pasé bajo una cueva que frecuentaba durante la adolescencia, en los pocos ratos que los campos o el ganado dejaban libres. Sólo un par de amigos conocía aquel cubil secreto pero hacía tiempo que habían marchado a buscar mejor fortuna. Entre seguir camino o echar una mirada, algo me empujo a escalar aquellos riscos. Recordaba bien el camino, pero los rincones donde en otro tiempo encajaban los pies estaban llenos de musgo o hierba. No sé por qué pensé que tantas dificultades eran una especie de señal. Últimamente tenía extraños presentimientos. Por fin llegué a la pequeña plataforma a escasos metros del suelo. La vegetación se había enseñoreado de mi escondrijo, pero no tuve mayor dificultad en despejar el sendero con la escopeta. Todo estaba igual. Allí seguían aquellas piedras blancas que solía recoger por el camino y los restos de paja que usaba para acomodarme.
Qué extraño el tiempo... Todo permanecía tal cual lo había dejado, como si todos aquellos años pasados fueran una pura fantasía. Mientras bajaba retiré cualquier cosa que obstaculizara la ascensión y escarbé lo necesario para que los pies encontraran rápidamente su sitio. Me pregunté por qué lo hacía mientras buscaba con la vista el rastro de mi viejo. Estaba plantado a cierta distancia mirando en mi dirección. Eso significaba que estaba harto de esperar.
Volvimos con unas pocas piezas en el cinto, nada extraordinario, y entramos en la casa sin tropezar a nadie por el camino.
Pasaron los días sin más novedades que los rumores previstos, siempre imposibles de confirmar. La nieve hizo acto de presencia un Miércoles por la noche y permaneció en las calles apenas unas horas. Lo suficiente para complicarme la vida con el camión por aquellos caminos de arcilla.
El jueves amaneció espléndido y frío. Me puse en marcha con la vista puesta en cada uno de los baches traidores del camino. Acababa de vislumbrar las primeras casas de Vega cuando advertí en las curvas a la salida del pueblo el color violento de la bandera, amarrada a uno de los hierros que sujetaban la lona del camión. Delante iba uno de aquellos jeeps.
Aparqué el coche mientras Herminio subía la pesada persiana de la tienda. Cruzamos un buenos días rutinario mientras observábamos los movimientos de la gente que descendía del camión al otro lado de la plaza. El jeep se había buscado un espacio para llamar la atención lo más posible y sus ocupantes no tenían prisa en salir. Los del camión formaron militarmente siguiendo las órdenes de un tipo alto y desgarbado que les dejó plantados mirando al cielo mientras se dirigía hacia los del jeep. Se cuadró frente al que bajaba y quedó también petrificado.
Aquel tipo parecía no acusar el frío. Paseaba por la plaza con las mangas azules arremangadas examinando cada detalle del suelo o las casas o los tejados. Nos examinó a nosotros también, con igual atención, y después extrajo unas gafas negras para protegerse del sol y avanzó hacia sus acompañantes. Hizo una breve señal y ancló en aquel lugar separando las piernas y cruzando los brazos sobre el pecho amplio. Un tipo se levantó sobre el piso del jeep con un altavoz y empezó a leer con ciertas dificultades una proclama más torpe que patriótica.
Se nos invitaba enérgicamente a colaborar con las nuevas autoridades advirtiéndose muy claramente de los riesgos que implicaba prestar cualquier tipo de colaboración a los "enemigos de la patria liberada". Siguió un necesariamente escueto relato de las hazañas de los ejércitos liberadores no exento de cierta comicidad porque el rudo barítono se dejó en el limbo a la pobre erre que debía acompañar a la prosperidad anunciada, y aquella "posperidad" resonó entre las viejas piedras de muy mala manera.
El discurso terminó con un viva a la patria liberada que sonó como un latigazo y fue acompañado casi tímidamente por las estatuas salidas del camión que no parecían tan entusiastas.
Algunas ventanas, las menos, se fueron abriendo conforme el discurso avanzaba. Para cuando las estatuas abandonaron su incómoda postura siguiendo las correspondientes órdenes, ya algunos ciudadanos estrechaban la mano del impasible mocetón de las negras gafas.
Sonreí al reconocer a Mario, el de los piensos y al "Pelotas", que no iba a ningún sitio sin él. Allí estaban también Araújo, Claudio el "Pitoño" y don Marcial, todos gente de orden. Al poco se les fueron uniendo algunas damas, casi tímidas al principio pero más confiadas una vez cruzaron las primeras palabras con el fornido militar, después de una reverencia que a punto estuvo de hacer reír a mi jefe, cosa difícil de conseguir.
La escena no dejaba de tener cierta similitud con cualquier amable recepción, de no ser porque la mayoría de las ventanas de la plaza permanecían cerradas a cal y canto y poca gente se atrevía a circular demasiado cerca de los uniformados. Entonces vi al chaval, agazapado tras una de las columnas de los soportales, con la honda asesina atravesada en la cinturilla del pantalón. Pronto se sintió observado y me miró.
Todos le llamaban Cuco por la habilidad que exhibía a la hora de imitar el canto de los pájaros. Tenía los sentidos de uno de aquellos aguiluchos que hacían ronda en el cielo ajenos a nuestros conflictos. Por alguna razón había decidido que mis regañinas eran soportables. Hay que decir que las más de las veces pagaba las culpas de otros y jamás contaba una mentira. Le hice una señal y esperé.
Herminio preparaba ya la tarea del día, pero no tenía muchas esperanzas de que echara mano a los sacos. Normalmente me costaba iniciar la tarea, pero aquel frío animaba a poner los músculos en acción. Cuco apareció a mi lado. Como esperaba, nadie le había visto cruzar la plaza. Era un genio a la hora de desaparecer, cosa que no hacía tanta gracia a su madre, y conocía cada rincón de aquel lugar olvidado.
– No se te ocurrirá tirarle al aguilucho con eso, ¿verdad?
Negó con la cabeza, muy serio, y luego continuó inspeccionando a la gente de la plaza.
– Y a esos, ¿les tirarías?
Asintió con la cabeza después de pensárselo y liberó una sonrisa al entender la mía como una autorización.
– Necesito que me digas qué hace toda esta gente, ¿vale?
Me miró expectante y tímido al mismo tiempo.
– Conozco un rincón donde se pescan buenas truchas con la mano.
Se le iluminó el rostro y la sonrisa. Tenía la cara sucia y los mocos asomando eternamente. Señalé hacia la plaza con el pulgar y levanté las cejas. Meneó la cabeza arriba y abajo y desapareció como por ensalmo. Me eché el primer saco a la espalda mientras alguno de los soldaditos miraba como preguntándose la razón de mi extraña actividad. Prefería marchar antes de que aquella gente empezara a meter la nariz donde no le importaba.
Mejor que Herminio se entendiera con ellos. Con la mercancía a buen recaudo aguardé las últimas instrucciones. Nunca faltaba algún cobro atrasado.
 





  * 

lunes, 23 de agosto de 2010

Cap. IV


A
quellos malditos jeeps empezaban a pulular por todas partes. Estaba a punto de entrar en San Miguel cuando uno de ellos se me atravesó en el camino. Bajó un tipo sobrealimentado y empezó a dar vueltas al camión mientras el que conducía me miraba con la mano en la funda del pistolón. Tenía una expresión que hacía dudar de su inteligencia por mucho que intentara asustar a nadie. El gordo se paró ante la puerta del coche indicándome que bajara la ventanilla.
– ¿A dónde vas?
– A trabajar
– Te he preguntado a dónde, listo.
Decididamente tenía cara de puerco y seguramente su misma inteligencia. Me pregunté si convenía hacérselo saber y pensé que no era el momento. Señalé con el dedo las primeras casas del pueblo pensando si sería capaz de entenderlo. Seguía mirándome fijamente. Como su cara no tenía nada de interesante enfilé la mirada hacia su compañero. Era difícil saber cuál de los dos era más desagradable. Volvía a dar vueltas alrededor del camión sin dejar de mirarme. Al poco volvió a aparecer por el mismo sitio.
– ¿Qué llevas ahí atrás?
– ¿Quién lo pregunta?
Se le puso cara de estúpido, por difícil que pudiera parecer. Entonces apareció el mocetón de las gafas negras.
– ¿Va todo bien, Hernández?
– No colabora, capitán.
– ¿Cómo?
Era a mí a quien preguntaba. Se había colocado una expresión divertida pero no le quedaba nada bien. Decidí correr un pequeño riesgo.
– No sé con quién hablo.
Asintió con un gesto burlón mientras examinaba el camión de arriba a abajo. Otro que se ponía a dar vueltas. Completada la gira alrededor de la chatarra, se detuvo ante el gordinflón y le habló con gesto teatral.
– Te he dicho que debes identificarte, Hernández. ¿Es que tienes vergüenza de hacer lo que haces?
La última parte de la frase la pronunció elevando la voz sin mucha sutileza. Pensé que me gritaba a mí, pero fue Hernández el que se cuadró y se quedó inmóvil. Luego me interpeló de nuevo.
– Soy el capitán Céspedes, de la cuarta de infantería de montaña. Déjeme ver su documentación.
Le entregué mis documentos mientras observaba al del jeep rascarse la entrepierna. Los repasó por delante y por detrás y me los devolvió sin más.
– Continúe, don Manuel.
– Lito para los amigos.
– Me gusta más Manuel. Nos iremos viendo.
Volvieron los papeles a su lugar habitual mientras esperaba a que el del jeep dejara de rascarse. Debí poner cara de impaciencia porque el tal Céspedes miró hacia el mismo sitio.
– Joder, Hernández, ¿de dónde has sacado a ese?
"Ese" se espabiló en cuanto vio que el de la camisa azul le miraba más de lo que juzgaba recomendable y retiró el coche del camino con cierta precipitación. La entrada en el pueblo me despertó una sensación de alerta que iba a durar mucho tiempo. Allí estaban el dueño de la fábrica y el cura. En medio de la plaza, con las manos a la espalda y una sonrisa condescendiente iluminando el semblante. Y las ventanas cerradas a cal y canto. Empezaba a ser una costumbre.
Había que entrar en la tienda de comestibles a dejar un par de garrafones de vino y ver si necesitaban algo más. Saludé al viejo un poco sorprendido de no ver allí a Lola. Contestó con un monosílabo que no entendí. Parecía disgustado.
– ¿Y Lola?
– A saber dónde se habrá metido.
Había cierta timidez en la respuesta y aquel hombre tenía poco de tímido. Pagó la mercancía e inició la retirada precipitadamente. Algo iba mal.
– ¿Va todo bien?
Se detuvo y se apoyó en las estanterías con un gesto de cansancio. Luego buscó con la vista la silla que Lola solía ocupar, se sentó y suspiró profundamente. Me acerqué más y le interrogué con la mirada.
– No sé donde está.
– ¿Ha ocurrido algo?
Suspiró de nuevo y luego arrancó a hablar como quien se quita una espina hundida profundamente en algún lugar sensible.
- Se la llevaron ayer por la tarde al despacho de la fábrica. El día anterior se llevaron a su hermano y nadie sabe nada de él.
– ¿Y ella no ha vuelto?
– Se habrá quedado en casa.
Aquella frase no explicaba su intranquilidad. Nadie sabía la historia completa, pero era de dominio público que el tal Adolfo, el dueño de la fábrica, perseguía a la mujer desde hacía tiempo. Y su hermano era de los que también daban la cara. Me propuse averiguar algo más de mejor fuente. Algo me dijo que el hombre se sintió aliviado cuando dejé de hacer preguntas y me despedí.


Terminada la jornada y mientas echaba las cuentas con Herminio, vi asomar al Cuco por los cristales sucios de la ventana. Al salir se me pegó a los pantalones. Extraje del bolsillo lo que me quedaba del paquete de galletas con el que venía engañando al estómago y se lo entregué. Curioseó entre los vivos colores del envoltorio y luego habló con aquella voz gangosa de pillo incorregible.
– Están en el molino del Braulio.
Así que vienen para quedarse, pensé. No habían escogido el mejor sitio. A aquel arroyo se le hinchaban las narices de cuando en vez, como bien sabía el Braulio, que ya no paraba mucho por allí. Me entretuve con un par de viejos conocidos antes de volver para casa y pregunté por Lola y por su hermano. Nadie sabía nada de él, y ella no salía de casa.






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domingo, 22 de agosto de 2010

Cap. V


L
a gente empezó a acostumbrarse a aquella nueva situación que no parecía incomodar más que a las familias de quienes habían sido detenidos por una u otra razón. Los uniformados informaban de que tenían causas pendientes con la justicia y ahí quedaba la cosa. Cuando parecía que todo se reduciría a esperarlos, empezaron a llegar más camiones con gente uniformada. Lo sorprendente fue ver a algunos de los alrededores vestidos de azul. Me disponía a salir un día con el camión tramino de Trabadelo cuando vi a Herminio mirar hacia afuera sorprendido.
– ¿Ese no es Julio el de Carracedo?
- El mismo, pero con traje nuevo, respondí, sarcástico.
– ¿Te ha pagado lo que debía?
– Pues no. Yo que tú aprovechaba para recordárselo.
No contestó. Terminó de llenar un par de botellas de aceite, se limpió las manos al delantal y salió buscando con la vista al tal Julio. La proliferación de uniformes en la plaza era más que disuasoria, pero Herminio era así. Les vi hablar unos instantes y enseguida empezaron a alzar la voz hasta que el de azul le dio un pequeño empujón, amparado por algunos compañeros. Era un tipo grande y se le había agriado la expresión. Al poco Herminio caminaba hacia la tienda con el semblante serio y un par de azules detrás. Entraron pisando fuerte y mirando para todas partes como buscando una mínima huella del delito.
– A ver dónde está esa deuda.
Herminio pasó detrás del mostrador, sacó la libreta donde apuntaba lo que se le debía, la abrió por la página adecuada y señaló el apunte.
– ¿Cuánto es?
– Dieciocho pesetas.
– ¿Cuánto tiempo he sido cliente tuyo?
– No lo recuerdo.
– Yo sí. El tiempo suficiente para que me hayas robado esa misma cantidad.
Herminio cerró la libreta y no dijo nada. Pero el otro no estaba aún conforme.
– Así que apunta ahí debajo lo que me robaste, espabilao. ¡Venga, escribe!
Herminio lo miró fríamente, sin contestar. Entonces el otro de azul echó a hablar entre risitas.
– Yo creo que te ha deber un par de botellas de vino por ser tan atrevido.
Identifiqué inmediatamente aquel castellano recién estrenado y el acento que me era tan familiar en boca de mi abuela. El tal Julio pasó detrás del mostrador y se hizo con dos botellas de vino mientras el otro reía por lo bajini. Confié en que mi jefe no perdiera su habitual sangre fría. Antes de salir miraron en mi dirección y oí lo que era de esperar.
– ¿Aún tienes a este rojo contigo? No pareces muy listo...
Quedé mirando a Herminio mientras salían y me pregunté hasta qué punto podía esperar algo de él. Era imposible saberlo.
En los días posteriores las cosas se fueron complicando aún más. Los mandos de aquel pequeño ejército fueron buscando acomodo en las casas del pueblo pero llegó un momento en que no había sitio para todos. Algún deudor de Mario tuvo que ceder su pajar poco menos que por la fuerza y en pocos días la presión se acentuó sobre quieres dependían económicamente de las fuerzas vivas.
Un frío viernes apareció un bando reclamando el derecho de la soldadesca sobre los bienes inmuebles que fueran necesarios para "la patria". Quiso el azar que la primera víctima fuera Lucio, el suegro de Herminio, un hombre poco a dado a ceder nada de lo suyo.
La mayor parte de la tropa había salido en los camiones aún de madrugada, y con las primeras luces dos uniformados se presentaron en su casa acompañados de don Marcial, reclamando toda la planta baja de la casa.
En poco tiempo las voces se oían en la calle. Los de azul, sorprendidos por la determinación del viejo, no sabían muy bien qué hacer. El tal Marcial intentaba calmar la furia de aquel hombre pero no lograba convencerlo. Llegado un momento se retiró dejando el fregado en manos de la supuesta autoridad. Apenas paré la moto ante la tienda, observando la escena, cuando vi a Lucio por los suelos. Enseguida entró en la casa seguido de los uniformados. El tipo de las gafas negras apareció en el omnipresente jeep y se precipitó también dentro del local.
Siguieron algunas órdenes  y los gritos del viejo. Después se oyó el estampido familiar de la escopeta de caza y un sinfín de disparos secos y distantes. Herminio salió disparado de la tienda con la escopeta en la mano. Lo seguí sin pensar lo que hacía. Corrió por el callejón posterior y entró por la parte de atrás de la vivienda.
Lo alcancé justo a tiempo de situarme ante él y señalarme la sien con el índice, pero lo que vi en su mirada era todo lo contrario de la locura. En la casa no se oía nada. Abrimos la puerta sigilosamente. El cuerpo de Lucio yacía descompuesto sobre la mesa y en el piso de arriba se oían los sollozos ahogados de su mujer. Afuera el faccioso escupía amenazas fuera de sí mientras los otros dos le guardaban las espaldas. Ni siquiera habían retirado la escopeta del viejo y quedaban cartuchos desparramados por todas partes. Había un no sé qué de irrealidad en su cuerpo inerte.
El estampido de la escopeta de Herminio me volvió al presente.
Disparó dos veces protegido por la columna de la entrada y se echó la mano al bolsillo para cargar de nuevo.
Siguiendo un puro instinto me hice con el arma del muerto y recogí cuantos cartuchos pude mientras escuchaba el intercambio de fuego afuera. La figura petrificada de Herminio buscaba de nuevo más munición. Parecía una estatua estremecida por el estruendo.
Los estampidos secos de las pistolas eran menos frecuentes. Alguno había caído. Entonces vi que su mano no llegaba a salir. Cayó casi a plomo sobre la balaustrada de madera y quedó allí colgando como un espantajo. El militar seguía disparando mientras corría hacia él bufando como un toro. Vació el cargador hasta que el percutor hizo un ruido absurdo justo cuando su cara quedó frente al punto de mira de mi escopeta. Lo dejé sin pensamientos sin pensarlo.
Luego me levanté del suelo extrañamente tranquilo y observé el panorama en la plaza. Un caído que no se movía y otro agarrándose el estómago con una queja casi inaudible. Y una quietud que nadie creería.
En un par de minutos todas las dudas eran ya cosa del pasado. A punto de dejar aquel sangriento escenario me di cuenta de que no podía irme de cualquier manera. Para empezar la escopeta no podía quedar allí. Crucé la correa sobre el pecho y con los bolsillos de cartuchos corrí como si me llevara el diablo hasta donde me esperaba la moto.
La plaza permanecía desierta y el otro herido había dejado de quejarse. Mi cabeza comenzaba a asimilar lentamente la situación. Nada menos que tres muertos. Probablemente cuatro. Cabía la posibilidad de que Herminio se llevara todas las culpas, pero no me fiaba. Había que largarse y rápido. Arrastré la moto como pude hasta una pequeña pendiente a la salida del pueblo y no encendí el motor hasta tomar la primera curva.

sábado, 21 de agosto de 2010

Cap. VI


M
i padre se llamaba Manuel, como yo. Y como su padre, que murió joven en las minas, en Fabero. Aquella ausencia le había marcado de una forma dramática. Es difícil saber por qué algunas personas nos resultan tan imprescindibles.
Se casó relativamente mayor con una mujer aún mayor que él. Aquel enlace fue una sorpresa para todos. Se les vio juntos en un par de celebraciones muy próximas en el tiempo y poco después se casaron en la pequeña iglesia de Vega, con poca familia de compañía y sin ningún tipo de celebración. No hubo luna de miel y yo siempre pensé que tampoco hubo noche de bodas.
Había algo en el comportamiento de los dos que me lo decía, aunque Marta, que era quien me contaba todo en las noches largas y frías del invierno, nunca quiso soltar palabra de aquella historia. "Non son cousas túas".
A aquella mujer se la llevó una enfermedad cuando yo tenía 11 años. No entregaron grandes afectos ninguno de los dos, quizás por culpa de aquella extraña relación. Me crié entre tareas no siempre apropiadas a mi edad y aprendí a arreglármelas sin depender de nadie. Su ausencia no me dolió más de lo que sentiría la falta de comida o de calor en aquel clima despiadado. Él si lo acusó. Se volvió aún más taciturno y más insociable, si ello era posible.
Cuando llegué a casa el sonido de la piedra de afilar se hizo presente de nuevo, pero tenía cosas más importantes de que ocuparme. Por un momento estuve tentado de marchar sin decir ni palabra. Pero él apareció de improviso y se quedó mirando fijamente la correa de la escopeta cruzada sobre mi pecho. Mi cara debía ser un poema. Omitiendo los cruentos detalles, le expliqué que tenía que irme. Preguntó a dónde y no supe qué decir.
– Te lo haré saber en cuanto pueda.
Con alguna ropa en la mochila, aquel gastado impermeable y el dinero que quedaba en la mesilla de noche salí al exterior. La silueta asombrada de aquel hombre incomprensible se recortó en el hueco de la puerta contra la luz amarillenta de la cocina. Arranqué sin encender la luz y tomé camino de Villafranca después de colocarme el impermeable contra el pecho y calzarme los guantes de lana.
Apenas coronado el pequeño alto a la salida del pueblo apagué el motor. Los neumáticos necesitaban presión y hacían un ruido exagerado para lo poco que avanzábamos, pero era mejor que atronar el aire con aquel estruendo. Fue una buena idea. Enseguida oí voces y distinguí el haz tímido de alguna linterna. El saberse fuertes no invita a la discreción. Apenas vi el haz de luz rozarme otra vez me eché a la cuneta, extendí el impermeable sobre la máquina y me fundí en la tierra lo mejor que pude. Cuando el camión pasó a mi lado, luego de un buen rato, la noche era casi impenetrable. Sentí que las nubes eran mis únicas amigas. Y el frío me abrazó también con entusiasmo. Fue un consuelo pensar que podría ser peor. Mucho peor.






  * 

viernes, 20 de agosto de 2010

Cap. VII


H
ay dos formas de esconderse. La soledad y la multitud. Aquel Julio con su flamante camisa azul nació en el recuerdo y permaneció allí como la imagen de una pesadilla. Un vecino, como quien dice.
La multitud ofrecía poca seguridad. Y el monte no era amable, pero al menos lo conocía. El vivir entre los demás planteaba también el problema de implicar a quien me diera cobijo. Así que estaba decidido.
Sería un lobo más. Sólo necesitaba una buena guarida. Un territorio bien conocido y difícil de peinar. Lo suficientemente amplio como para poder cambiar de cobijo si las cosas se ponían difíciles. La escopeta y la munición quedaron escondidas en el tronco imponente de un castaño relativamente alejado del camino, envueltos en un trapo seco, y al abrigo de aquel árbol antiguo fueron madurando poco a poco los pensamientos.
Necesitaba sentirme entre gente de ley y eso planteaba problemas. De tal tenía fama la gente de Trabadelo y en particular aquel maestro que había visto con la expresión perdida y el pelo revuelto en aquel maldito jeep. No estaba muy lejos el lugar. Por el momento no había visto mi rostro por las paredes, lo cual me permitía conseguir alimento sin grandes dificultades, aquí y allá, pero sin permanecer más que unas horas en los sitios habitados. El cansancio era una tortura los primeros días. Al poco los pantalones se me escurrían y el cinto necesitó un par de agujeros nuevos. La higiene era otro problema. Empezaba a oler como el ganado.
La pensión de la Paca en Vilatorbes fue mi escondite durante un par de días que empleé en asearme con agua congelada y lavar la escasa ropa interior y la camisa que llevaba conmigo. Después me dirigí a Trabadelo a pesar de no conocer a mucha gente allí.

Apenas había hecho un par de viajes en todo el año pasado para algún particular, pero tenía algún conocido de juventud. Algo me dijo que debía prescindir en lo posible de aquella manía de esconderme de todo el mundo que empezaba a adueñarse de mí. Aún quedaba dinero pero no sería eterno. El pequeño bidón de gasolina que llevaba siempre conmigo se estaba quedando vacío.
Aparecieron las primeras casas aconsejando apagar el motor y dejar la moto trabada detrás de un muro de piedra. Concederse permiso para disfrutar de los rayos del sol sin pararse a pensar quien pudiera observar o no. Caminar con las manos en los bolsillos de la chaqueta con el pensamiento detenido. Hay momentos en que la seguridad depende de la suerte. Necesitaba suerte.
No ladraron los perros, lo cual era una novedad sorprendente. El pueblo era poco más que un par de hileras de casas a ambos lados del camino. Un sendero conducía a la parte de atrás de las viviendas. Tierra arada, las flores amarillas de las "peliqueiras" y un hombre tirando de una yunta de bueyes con el arado separando la tierra seca, avanzando en mi dirección. Paró cuando llegó a mi altura.
– Buenos días.
No hubo contestación. Echó mano a las astas de uno de los animales deteniendo su avance perezoso y volvió a mirarme sin hablar.
– ¿Conoce usted al Germán?
Siguió mirando con una expresión que era mucho más que desconfianza y luego meneó la cabeza a ambos lados. Me pregunté si sería mudo. Casi estaba a punto de seguir camino cuando recordé al maestro. Estaba convencido de que era de allí.
– ¿Alguna noticia del maestro?
Se relajó su expresión antes de fijarse en mis zapatos llenos de polvo. Avanzó despacio mientras extraía un pitillo ya liado de un pequeño envoltorio y ofrecía otro hurgando en mis pupilas. Tenía los ojos negros y el pelo desordenado. La zamarra ya gastada transmitía el olor del sudor antiguo mezclado con el frío seco. Un olor rotundo a tierra y esfuerzo inacabable. Rechacé la invitación con la cabeza.
– ¿Lo conocía usted?
Me alarmó que hablara en pasado.
– Lo vi en el coche cuando se lo llevaban. ¿Han sabido algo de él?
Nació como con desgana un suspiro profundo mientras encendía el pitillo con un fósforo y se colocaba a mi lado mirando hacia los bueyes.
– No hemos sabido y no creo que lleguemos a saber. Dicen que lo iban a llevar a juicio, pero últimamente aparece gente muerta en las cunetas. No creo que los juzguen.
– ¿Había hecho algo?
– Pues claro que había hecho algo.
Su mirada se perdió en aquellos montes cubiertos de castaños y robles desnudos. Salió al aire el humo del pitillo y después una risa amargada.
– Enseñar al que no sabe, que hoy es el peor pecado.
Quedamos los dos callados disfrutando del sol mientras los bueyes meneaban las cabezas vencidas por el peso de la yunta. Olía al humo de las cocinas de leña y en el ambiente había un silencio que en otro momento de la vida hubiera parecido pacífico.
– ¿Puedo saber de qué conoce al Germán?
- Solíamos buscar moza juntos en las fiestas, ya sabe. Aquí mismo nos hemos marcado más de cuatro bailes. A los cojos les encanta bailar.
Un detalle así, deslizado inocentemente en la conversación servía como confirmación. Asintió con la cabeza.
– El año pasado se fue para Sotelo. No está muy lejos, pero tienes que subir todo el monte que tienes enfrente. Puedes seguir por aquí, no hace falta que pases por el camino.
Aquello debía decirlo por algo que seguramente tenía que ver con mis polvorientos zapatos. Los bueyes lo miraron indiferentes mientras volvía hacia ellos y yo daba las gracias. Por toda contestación se limitó a manejar la vara para obligar a los animales a dar la vuelta y yo me alejé por donde había venido. Tronó el motor de la moto y arreció después a fin de conseguir la energía necesaria para subir aquel monte.
Sotelo era como un cuento de hadas. Casitas aisladas entre árboles recios de copas redondas y fumarolas ascendiendo en el frío de la mañana. Montones de leña a los lados del camino y algún perro ladrador. Trabar la moto tras una hilera de chopos y tranquilizar al chucho inclinándome para ponerme a su altura, pan comido. Una vez me olisqueó cuanto quiso se quedó más tranquilo.
Había un hombre ya entrado en años recogiendo pequeños troncos de debajo de la escalera que conducía a su hogar. Buenos días, ¿sabe usted donde vive Germán? Señaló una casa al fondo de un estrecho sendero que ascendía entre pastos y algún frutal y se quedó observando mientras me alejaba.
La casa fue haciéndose más real a medida que la distancia iba muriendo. Una edificación simple en planta baja con un pequeño voladizo para protegerse de la lluvia. Sencilla y no demasiado grande. Un poco más lejos lo que debía ser un pequeño granero.
El perro se levantó del suelo sin hacer el más mínimo ruido y avanzó hacia mí hasta que los dos concordamos en detener nuestros pasos. Se agitaron brevemente unas cortinas y la puerta se abrió. Acuéstate, Tas. Se me quedó mirando largamente, como si no me conociera y luego su sonrisa creció despacio.
– ¿Será posible...?
Aquellos andares de cojo acostumbrado a la cojera se me fueron haciendo familiares mientras avanzaba a mi encuentro. Nos saludamos con esa efusión tímida que es propia del tiempo que pasa y enseguida debió notar algo en mi expresión que lo obligó a echarme las manos a los hombros. Debí recordar entonces la caricia del calor humano porque se me humedecieron los ojos y hubo que disimular fijando la atención en la casita y lo que la rodeaba.
Al rato estábamos sentados a la mesa con una jarra de tinto fresco y unas rodajas de chorizo picantón. Seguía soltero. No acabo de entenderme con las mujeres, dijo, con una expresión como ausente. No era un hombre muy comunicativo con según qué temas. De ahí pasamos a comentar un poco como iba la familia y más tarde a los últimos acontecimientos. Parecía contagiado de la apatía que sufría todo el mundo a la hora de hablar de ciertas cosas. O del miedo. Al final le conté que estaba en dificultades sin ser mucho más concreto. A punto de terminar con el vino, pregunté si seguía cazando.
– Han requisado todas las escopetas aunque sé de algunos que no la han entregado. La mayoría de las casetas están abandonadas. No sé si recuerdas la del Carballón. Al final sólo la usaba yo y terminé por cansarme de que nadie me acompañara. Muchas de las de por aquí están así.
Asentir con la cabeza y alabar el chorizo para cambiar de tema. Aquello eran buenas noticias. Recordaba aquel pequeño refugio por alguna invitación de alguien del lugar.
Aquel día los conejos tuvieron una mala experiencia. El acceso no era fácil, pero había agua muy cerca. Y si no era el único en la zona, era justo lo que me convenía.
– Oye, puedes quedarte unos días si lo necesitas.
– Dormiré hoy si no te importa. Lo que sí te agradecería es que me consiguieras un poco de comida mañana.
No quiso aceptar el dinero que le entregaba. Dormí aquella noche en una cama estrecha que hacía miles de ruidos y al día siguiente me fui con una buena provisión de cecina, chorizo, alguna fruta y un pan de hogaza que debía administrar bien. Seguramente eran de su propia despensa, pero no era necesario hacer preguntas. Miradas francas al despedirnos.
– Cúidate, amigo.
– Lo haré. Y si necesitas algo ya sabes dónde estoy.
– Te lo agradezco. Es suficiente con que no lo comentes.
– No hay necesidad. Cuidate tú también.
Me eché el impermeable por encima deshaciendo el camino que me había llevado hasta aquel hombre, atento a los ruidos del bosque y aprovechando los senderos que circulaban más o menos distantes, por precaución, anotando mentalmente los pequeños detalles. Pequeñas represas para el regadío, casetas para la herramienta, cruces de caminos, lugares sin posible escapatoria, abundancia de aves rapaces... No estaba claro qué hacer con la moto. Por un lado era un medio de transporte más que interesante y por otro una rémora que impediría moverse con libertad.
El sol estaba en lo más alto cuando hice una pausa para dar cuenta de una modesta ración, con la espalda recostada contra un enorme pino. Apenas había visto un par de camiones de reparto en toda la mañana. Terminado el modesto ágape se impuso la conveniencia de dar una vuelta por el espeso pinar. Pinos viejos y robustos.
El terreno se inclinaba ligeramente hacia el norte y abajo corría un arroyo más bien exiguo. El suelo estaba regado de aquellas agujas ya descoloridas que por la zona llamaban "pinaveta". Ascendí hasta el punto más alto, donde una formación de pizarras sobresalía del terreno formando un pequeño abrigo natural orientado al sur.
Aquel pequeño castillo natural merecía un examen más detenido. En su centro había una pequeña hondonada imposible de cubrir con pocos medios, pero imposible también de ver desde el exterior. Por de pronto parecía buena idea recoger de los alrededores un pequeño garrafón de cristal con la habitual funda de caña bastante estropeada, y algunos palos de cierta altura que podrían servir en su momento para levantar una modesta cubierta. Bautizar un lugar. " La Cuevona". Allí quedó la mayor parte de la comida lo mejor oculta que se pudo antes de emprender de nuevo el camino.
Renunciar a la moto. O quizás no. Al final se impuso una solución intermedia. Ocultarla. Trabadelo me recibió en un estado mental muy próximo a la confusión absoluta. Miles de preparativos intentaban hacerse hueco como si nada pudiera quedar en el aire. Un buen momento de recuperar la escopeta y la munición.
Quedó atrás el pueblo siguiendo el camino donde me había encontrado al hombre de los bueyes y en poco tiempo más nació al contraluz la silueta del enorme árbol. El cansancio comenzaba a hacerse sentir. Me recosté contra el dios vegetal pensando en los próximos pasos a dar mientras oteaba el horizonte visible. Apenas alguna gente en los campos.
Recuperada la escopeta se hizo evidente que disimular aquel artefacto no era tarea fácil.

Aún liberada del cierre y doblada sobre la báscula seguía asomando aquel negro cañón por algún sitio. Me eché el impermeable por encima y la colgué del hombro con el cañón apuntando hacia el suelo.
No tardaría en anochecer. Atravesaba el pueblo por aquella senda tras las casas cuando observé a un par de paisanos charlando tranquilamente y liberando una columnita de humo al cielo de cuando en cuando. Remolonear entre los árboles, fijando la atención en cada detalle del entorno por si pudiera servirme de ayuda en el futuro hasta que aquellos dos se despidieron. Quedaba en el aire el rastro del humo de los cigarrillos.
Me sobresaltó aquel papelajo al caer inopinadamente al camino desde una de las ventanas, justo enfrente del terreno marcado por los surcos del arado. Lo habían doblado con energía de forma que los signos, muy marcados en tinta negra, fueran visibles. Aquel "coba" que se adivinaba entre los pliegues arrugados me resultó más familiar de lo apetecido.
Mirando como por casualidad hacia las ventanas fui extendiendo aquel galimatías con los pies, como un crío curioso, hasta que todo quedó claro. El retrato era muy defectuoso pero el nombre era bien reconocible. Manuel Vieitez Corcoba. Ese soy yo. El paso se hizo más vivo.






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